La exposición Flujo Mundo, que a partir de este jueves está abierta para el público en la Celda Contemporánea de la Universidad del Claustro de Sor Juana, fue una oportunidad para el reencuentro de su creador, el pintor tapatío Roberto Rébora (Guadalajara, 1963), y la obra que había pintado unos 25 años atrás, la cual desde entonces había permanecido en colecciones privadas.

Flujo Mundo también fue una oportunidad para que el pintor presentara ante sus coleccionistas, colegas, miembros del patronato de la institución académica y al público en general su nueva obsesión: un mundo pictórico tomado por la interpretación visual sobre la red de señales radioeléctricas que lo atraviesan todo en todas las direcciones; un tratado sobre la luz y los colores, pero también una pregunta explícita sobre qué tanto ahora como seres humanos estamos condicionados por las redes de telecomunicación. Finalmente, una muestra de la hipersensibilidad del creador con casi cuatro décadas de trayectoria.

“La pintura es un hecho tan sensible que, si tiembla la Tierra y encuentra a un pintor en su oficio, el pintor va a marcar el temblor de la Tierra”, dice Rébora durante su discurso de apertura de la muestra en el claustro.

El mundo anterior

Se trata de una exposición de 28 cuadros dividida en un antes y un ahora bien marcados. El primero, con esos cuadros pintados en los años 90, con la figura humana retratada como parte central de los argumentos. La segunda, correspondiente a la serie que da nombre a la muestra: “Flujo Mundo”, un juego de luces, colores y líneas que ahora condicionan la presencia humana y que son el resultado de los últimos cuatro años de trabajo.

Uno de los cuadros con los que Rébora se reencontró en la muestra fue “Ula-ula”, un temple sobre tela de 1994, el cual estuvo expuesto ya en el claustro en 1995 y, desde entonces, ya que fue adquirido para una colección privada, no se había reunido con su creador. Ésa es precisamente la primera obra exhibida en la muestra que ha sido curada por Daniel Garza Usabiaga.

“La idea era configurar una serie de cuadros para señalar cuál ha sido el objeto de interés de mi trabajo. Aquí hay cuadros de carácter social, como ‘Doña Mari’”, señala el artista, en un recorrido especial para El Economista, mientras sonríe frente a esa obra también trabajada con temple en 1997 que, de igual manera, había permanecido bajo resguardo de otra colección personal.

Hay piezas con grandes valores de ejecución, como lo es la serie erótica de cinco temples sobre madera, creados entre el 2017 y el 2019, que son prueba de su maestría como detallista de la pintura automática; con personajes de expresiones complejas, como sucede en “Atardecer” (2018), la imagen de una pareja abrazada frente a un bosque en un sol crepuscular que todo lo que toca lo baña de luz naranja, mientras que lo que no ha sido alcanzado por éste contrasta en colores como en un juego de dualidades que no por automático deja de ser preciso estéticamente.

“No son cuadros que nacen de un boceto previo sino que son cuadros que suceden”, precisa el artista mientras camina frente a dichas obras.

El mundo de las redes

“Toda esta serie parte de un cuadro del 2013”, asegura al entrar en ese espacio contiguo, donde Rébora y Garza Usabiaga han colgado el trabajo reciente, incluyendo la pieza de la que hace mención: “Inmaterial” (2013), una figura humana como eje central de la obra, receptora y emisora de una serie de vectores que son la lectura más honesta que Rébora hace sobre esta serie de espectros invisibles que rigen el mundo hoy en día y que, en la obra del tapatío, son líneas de energía gracias a las cuales el contorno, el halo del ser humano, toma forma, porque éste ya no depende de su propia materialidad sino de esa influencia de señales intangibles pero omnipresentes.

“Durante los tres o cuatro años anteriores quise disolver la representación (del ser humano) para, exclusivamente, generar la virtualidad en el plano”, explica, pero agrega: “hasta esta exposición para la que he tenido la necesidad de representar nuevamente al individuo en las redes, que son éstos”, dice y señala sus cuadros más recientes, composiciones que advierten la presencia humana en distintas circunstancias, desde las más rutinarias hasta algunas caricaturizadas, pero definidas totalmente por esas redes materializadas por el artista como si fueran delgados hilos de viento que le van dando sentido a los relieves anatómicos de quienes se aparecen en sus cuadros. Y añade: “Privilegio el hecho de que estamos disueltos por las redes”.

Una de las obras que destacan de dicha propuesta es “Las uñas de Madame Poupoule” (2019), el momento cotidiano de una mujer mirándose las uñas, con las palmas de las manos hacia arriba y los dedos flexionados, cuyo rostro está prácticamente invisibilizado por la invasión de líneas en todas las direcciones que alteran su figura hasta casi borrarle el rostro, pero no así las manos que observa.

Rébora asegura que para él hoy en día es inconcebible pintar imágenes en donde está la tradición de la pintura, pero no se toma en cuenta al mundo contemporáneo. “Considero que el tiempo y el espacio hoy en día son distintos al que había cuando yo era niño”, dice en referencia a muchas de las obras lúdicas, como “Ula-ula”, que pintó en sus primeros años de trabajo y que de muchas maneras fueron evocaciones de la percepción de juventud, en comparación con sus obsesiones actuales que le parecen irrenunciables.

Si algo distingue ambas facetas en las que Roberto Rébora ha insistido en hacer distinción, es que ambas son hechas bajo la misma técnica, con un temple elaborado por él mismo, de manera artesanal, a partir de materiales orgánicos, una técnica que, asegura, aprendió de su maestro, el pintor ruso-mexicano Vlady. Esa técnica, explica, permite que las obras parezcan frescos, con una riqueza lumínica y capas delgadas que las hace parecer pinturas al fresco.

Flujo Mundo permanecerá en la Celda Contemporánea de la Universidad del Claustro de Sor Juana hasta el 24 de mayo.

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