No soy religiosa, pero siempre me ha llamado la atención esa pulsión morbosa que tiene la Iglesia católica de coleccionar los restos mortales de sus santos. Les llaman reliquias al dedo carcomido de santo Tomás apóstol o al cuerpo bien conservado de algún viejo cardenal. Es mórbido, es oscuro y al mismo tiempo tiene la luz de la santidad: si vale la pena conservar tus restos mortuorios, es porque tienes la magia de hacer milagros.

Esta semana, nuestro clavado en el Archivo Gustavo Casasola nos entrega algo igual de extremo que la cabeza de san Juan Bautista, pero más sutil: la ficha de encarcelamiento del Padre Pro.

Como cualquier buen católico sabrá, el Padre Pro es como se reconoce a Miguel Agustín Pro Juárez. Jesuita de cepa, el Padre Pro es algo así como un santo contemporáneo. Fue ejecutado por Plutarco Elías Calles en la época de la Guerra Cristera. Exactamente se le fusiló el 23 de noviembre de 1927. El gafete de la foto se expidió apenas unos días antes de su muerte.

Pro, junto con otros religiosos, se había organizado para mantener la profesión cristiana a espaldas del gobierno, en una época en que ser católico equivalía a ser enemigo del Estado mexicano. Su figura, la de un hombre joven y carismático, pronto fue reconocida como la de un líder entre el movimiento cristero.

Según apunta la foto del Gustavo Casasola, se le acusó a Pro de sedición en contra del gobierno de Calles. Se le fusiló, cuenta la historia y la leyenda, sin juicio y sin pruebas, y por murió con olor de santidad.

En 1988 Juan Pablo II lo beatificó. Si usted quiere ir a adorarlo, la iglesia de Sagrada Familia, en colonia Roma, es el lugar.

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