Pregúntele a quien sea y le dirá que sí. Que nunca es tarde, que siempre hay una segunda y hasta tercera o cuarta oportunidad para todo. Que aunque nunca puede volverse atrás siempre es posible llegar al principio de un camino nuevo. O reemprender una más serena caminata por la misma ruta que nos negamos a emprender.

Y es muy cierto. Usted piense, porque es casi cierto, que aunque llevamos 10 días gastados de este 2013, es como si lleváramos nada más tres.

Apenas fue este lunes cuando se acabó -de verdad- la magia (o la monserga) navideña. Los niños sí entraron a clase, el tráfico ya volvió a su lugar de siempre -ya es la misma ciudad y con la misma gente-, hay que reportarse al trabajo y el camión de la basura volvió a tocar la campana todos los malditos días antes de las 6:30 de la mañana. Sin embargo, y aunque el panorama parezca tan desalentador como el del año pasado, conviene recuperar el ánimo de la dieta, el ejercicio y los pulmones libres para enfocarla hacia metas más realistas y libres de sufrimiento.

Todavía se puede escribir en una agenda nueva- con todas sus hojas lisitas y en blanco, como diría Susanita la de Mafalda- y empezar de verdad. Cambiar de propósito y proponerse, por ejemplo, adquirir cada día, algo de conocimiento.

Despójese del miedo, después de la soberbia y también de la flojera. Empiece callando al enano ignorante que vive en nuestro ser cuando grita que ya no tenemos tiempo para leer todo lo que jamás hemos leído, que de nada sirve saber la diferencia entre Aristóteles y Platón, que la Historia son sólo fechas que provocan sueño y que de nada sirve poder diferenciar a Brueghel de Plinio el Viejo si ninguno fue un gourmet.

Usted está muy bien informado. Aquello de ocupar un mínimo de 20 minutos de lectura al día es una estupidez a la que no puede dedicarle ni cinco minutos de su tiempo. ¿Acaso no se ha pasado horas leyendo todo lo importante del mundo desde hace años ya, primero en su Blackberry y ahora en su tablet nuevecita? Hace ya mucho que no lo escandaliza saber que los mexicanos sólo leemos medio libro al año. (¿Libros?, se pregunta usted, ¿esa pesada y anacrónica antigualla?)

Supere todo eso. Ha emprendido un camino que comenzará en el conocimiento y a lo mejor llega hasta la sabiduría. Resígnese. Porque el segundo paso, definitivo y trascendental es la lectura. No se agobie. No va a leer a los clásicos. Ni gastará un segundo buscando librería.

Ni siquiera tendrá que preguntar a nadie por títulos, autores, géneros o temas. Sólo mire a su alrededor. Estos libros ya los vio hasta en el supermercado. Tienen complejo de almanaque y en portada, la primera parte de su título indica: 365 días para… -y luego concluye con- …conocer la Historia de México ; …ser más culto ; …enriquecer su lenguaje . Y hasta …conocer a Dios (por si necesita diariamente también algo de sabiduría espiritual).

Pierda la vergüenza y deje de ningunear esos volúmenes. No piense en el qué dirán y en todo lo que usted se dice (aquello de que se parecen al muy socorrido tomo de Los mil libros multiplagiado en la prepa para entregar la tarea). Olvide esa suerte de incomodidad que produce tener un libro que parece lo resume todo, no es la verdadera fuente, y quizá sólo indica desidia o ignorancia, nada que ver con el sustento académico y ¿no irá justamente en contra de toda la cultura? Todo fuera como eso y las cosas nunca son lo que parecen.

Cada uno de estos libros, además de que están diseñados para la disciplina de leer los días, aseguran no retener la atención más de cinco minutos. Algunos son creaciones colectivas y otros dedican, además, un día de la semana a ciertos temas: 365 días para ser más culto es el más popular y socorrido porque se divide en Música, Religión, Historia, Filosofía, y Literatura en menos de una cuartilla; 365 días para conocer la Historia de México está escrito por Alejandro Rosas, un historiador famoso desde nuestra época del Bicentenario, ameno y moderno. Finalmente 365 días para enriquecer su lenguaje tiene el propósito de aumentar el horrible promedio de un vocabulario habitual de 700 palabras. (Usted, hablante de español, ¿sabe que es un litote o una caramayola?).

Al final es cierto que sabemos muy poco, aunque sea asombroso lo mucho que conocemos. Pero piense que la acción es producto del conocimiento. Que un conocimiento por muy pequeño que sea puede dar un gran poder y que las puertas de la sabiduría nunca están cerradas.