Hoy es el día. No hay nada que hacer. Puede, quizá, entrar en rebeldía y negarse a las flores, las tarjetitas, las lociones y otros obsequios de colesterol probado que endulzan las amarguras.

O también ser valiente. Salir con su adorado tormento, ignorando el gentío, el tráfico, la Cuaresma y quizá hasta la falta de invitación.

Porque ya no hay remedio. No hay modo de librarse. Ni siquiera con la lectura o acudiendo a los grandes pensadores. No hay a cuál irle: Si a Ortega y Gasset, que era serio y progresista cuando dijo que el enamoramiento es un estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza; o bien, a Einstein, quien, a pesar de ser científico, dijo del enamoramiento que al principio todos los pensamientos pertenecen al amor, pero que después todo el amor pertenece a los pensamientos (y ya en ese orden de las cosas, a ver quién se atreve a explicar qué quiso decir Confucio cuando escribió que en cuestión de amores debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano…).

Mejor acuda al género epistolar. Regálese dos cartas ajenas y, por añadidura, de dos personajes nacionales. El primero, Justo Sierra, porque era alto, guapo, inteligente, histórico y de genética impecable. Aquí, una misiva escrita a su amada Luz Mayora en plena etapa de conquista.

He comprendido la emoción que me causa la presencia de usted-escribe a los 23 años en una carta de abril de 1873. He procurado y conseguido hacer hablar a mi razón en estos días en que me veo próximo a una época decisiva de mi vida. Y de confesarlo lealmente, me siento débil y desalentado porque me hace falta la seguridad de que usted se crea capaz de corresponder a mi cariño. (…) Así pues, piense con ánimo sereno sobre mi súplica y dígame libremente la verdad, como si la oyeran dios y sus padres. Si me fuere favorable, bendeciré al cielo por haber realizado el mejor ensueño de mi juventud, si adversa, quizá pueda arrancar de corazón mi pobre pasión de un día, pero lo que en él vivirá siempre, y en todo caso, será mi inalterable estimación y mi respeto por usted . Ésta fue una historia feliz. Tras semejante declaración no hubo remedio: el amor arrasó. Luz le dio el sí, se casaron al año siguiente y, claro, vivieron felices para siempre.

Pero no todas las cartas de amor tienen la buena ventura de conducir a finales felices. El segundo personaje, Felipe Carrillo Puerto, fue protagonista de otro gran amor también con remitente en la península de Yucatán, con la periodista Alma Reed. La historia de amor correspondido, engrandecida por la distancia y la fatalidad, es casi legendaria. Felipe, a quien le decían el dragón rojo de los ojos de jade, le escribe a su amada en julio de 1923 unas letras de pasión y ausencia y le dice: Los sufrimientos del Tántalo resultan insignificantes a lado de los míos: estar cerca del cielo y no poderlo contemplar, saber que estás cerca de mí y no estar a tu lado para ver tus lindos ojos que son dos estrellas; estar cerca de mí y no poder aspirar el perfume de tu hermoso pero escultural cuerpo; estar cerca de mí y no poder oír tu deliciosa voz, como cuando nos hablábamos cariñosamente: no puedo perdonarme esta ocasión que he perdido por mis obligaciones para con el pueblo. Pero te ofrezco, vida mía, que estaré a tu lado mucho tiempo en México, allí desquitaré mis penas con la delicia de verte y sentir tus frases, aunque no sean de amor, por si no lo sientes por mí, pues amándote yo me consuelo. Con Manuelito te envío un ramillete de flores, en sus pétalos te envío todo mi cariño y en sus perfumes toda mi alma enamorada.

El final fue muy triste. Carrillo Puerto murió asesinado justo cuando ya no había obstáculos mientras ella preparaba la boda de ambos en San Francisco. Quedan las cartas que se mandaron: Tuyo hasta que me muera es el nombre del epistolario de Reed y Carrillo Puerto, a la usanza de como él rubricaba sus cartas. Ella también lo amó toda la vida. Desde siempre supo, todo fuera como eso, lo que a su amada le escribía Musset: que la ausencia y el tiempo son nada cuando se ama de verdad. Hoy no escriba ni lea poemas, regale una carta.

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