Hace una semana comencé a cavar un agujero. No sabía qué profundidad debía tener, pero pensé que no sería una tarea que me ocupara más de una noche. Dos a lo sumo. Han pasado siete días y no sé cuánto tiempo más tardaré en terminar. Ni siquiera sé si terminaré.

Los ratones de ciudad no solemos cavar agujeros, más bien los rellenamos con cemento. Además, vivo en un tercer piso, así que no hay hacia dónde cavar. Al hablar de cavar me refiero a leer y al decir agujero, estoy hablando de la más reciente novela de Haruki Murakami, La muerte del comendador. Libro 1, publicada en español en la colección Andanzas de Tusquets Editores.

La nueva novela de Murakami es un agujero que ahonda en las profundidades de sus personajes, de su autor y de su lector. Tal vez me equivoco, pero creo que esta obra desentierra lo más recóndito de las culturas occidental y oriental en una mezcla poco común. Si no es así, ¿qué tendría que ver la música germana de finales del siglo XIX con la pintura japonesa del siglo XIV? Tampoco la pintura abstracta y el retrato convencional son muy cercanos, pero aún así Murakami los hace convivir de una forma de lo más natural.

Pese a su fama, Murakami es un escritor singular. En todo el mundo —ha sido traducido a más de 40 lenguas desde el japonés— es depreciado y alabado por igual. Sus libros causan enojo y fascinación y su nominación al Nobel de Literatura provoca cada año expectativa y burla al mismo tiempo. Hay quienes piensan que ha traicionado a la literatura japonesa con un estilo pop nada complejo; a otros tan sólo les aburre dicho estilo y tampoco faltan quienes han podido hacer de la lectura un hábito gracias a su obra.

La historia parece simple: un pintor al que su esposa ha dejado decide recluirse en una casa en la montaña alejada de la civilización. Deja también su trabajo como retratista de “los pilares de la sociedad”, como les llama el personaje principal con un dejo de ironía: empresarios, presidentes de corporaciones, miembros destacados de instituciones académicas, miembros del Parlamento y personalidades de distintas provincias, “a pesar de que el grosor de esos pilares variaba considerablemente”, remata el protagonista.

Como es normal en el escritor japonés autor de novelas como Tokio Blues (Norwegian Wood), la trama comienza a tomar caminos no inesperados sino aparentemente arbitrarios. La vida del protagonista fluye en un sentido y, como en la mayoría de las pinturas, se entrecruza con otras vidas reales e imaginarias, vidas que no caben en el cajón de la cotidianidad.

En La muerte del comendador, Murakami depura a tal grado ese estilo que lo caracteriza hasta dar la sensación de que el lenguaje desaparece. En su lugar, comienzan a brotar imágenes que recuerdan, sí, a la pintura tradicional japonesa, de trazos y líneas delgadas, pero también a algunos cuadros de Alberto Giacometti, Francis Bacon y Edward Hopper, entre otros pintores occidentales.

Después del segundo día de excavación, cuando detenía por momentos el movimiento de la pala, también comencé a notar en sus palabras pequeñas referencias a cuentos e historias de otros escritores. Aparecían ahí El corazón delator, El pozo y el péndulo y Conversación con una momia de Edgar Allan Poe; también El Retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde y, por supuesto, Don Giovanni, la ópera de Mozart, cuyo primer fragmento da nombre al libro.

En lugar de “pintar” un retrato, Murakami escarba en el lienzo de la página, donde “no había nada, pero eso no quería decir que estuviera vacío”. ¿Qué diferencia hay entre pintar y excavar? Para el escritor japonés no parece haber ninguna, por el contrario mientras más se remueve la apariencia de una persona, comienzan a emerger las virtudes y los defectos que le dan vida.

Murakami ha escarbado en su nueva novela su propio retrato y lo ha dejado inconcluso. Tendremos que esperar hasta el 2019 para saber cómo es que lo termina.

rodrigo.riquelme@eleconomista.mx