Es un pleonasmo: el Estado mexicano es un Estado asesino. Se trata de una realidad que, no obstante, se acendró la noche del viernes 26 de septiembre de 2014 en Ayotzinapa, Guerrero, y en cada día que ha pasado desde entonces.

Cuando Achille Mbembe llamó «necropolítica» al concierto de políticas estructuradas por parte de un Estado para administrar la muerte más que la vida. Cuando David Harvey se refiere al binomio finance-state como la razón de la sobreacumulación de ingentes recursos en unas poquísimas manos, a costa de la depauperación de la mayoría. Cuando José Manuel Valenzuela llama «juvenicidio» a la criminalización, y luego asesinato, de juventudes pobres y morenas-oscuras. O cuando Sayak Valencia resume todo esto como «capitalismo gore», en clara referencia a ese cine sangriento. Cuando leemos estos estos conceptos, resulta evidente pensar en el México de los últimos años.

Y Ayotzinapa concentra todo esto de forma trágica. Fue el conjunto del Estado —incluyendo no nada más a las policías municipales, sino también a la estatal de Guerrero, a la federal y al ejército— el responsable de la desaparición forzada de los 43 estudiantes. Esto lo han documentado desde el Equipo Argentino de Antropología Forense, hasta el grupo inglés Forensic Architecture, pasando por el archiconocido GIEI (Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes). Pero también está la documentación de libros como Ni vivos ni muertos: la desaparición forzada en México como estrategia de terror (2016) de Federico Mastrogiovanni, o de documentales como Mirar morir (2015) de Coizta y Témoris Grecko, entre otros.

Lo que resulta interesante es hablar de la reedición de Una historia oral de la infamia: Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa (Grijalbo-SUR+/2016; Sexto Piso/2020) del periodista John Gibler. Ya en su primera edición se trataba de un trabajo adelantado: en vez de caer en el error de Tryno Maldonado y su Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos (que despoja de voz a las víctimas) y yendo más allá de Ayotzinapa. La travesía de las tortugas, donde varios periodistas a distancia quisieron reconstruir las vidas de los 43 jóvenes antes de esa noche infame, Gibler lo que hace es no caer en la tentación de quitarle la voz a quienes ya les habían quitado todo: exclusivamente transcribe las entrevistas de los propios jóvenes, de periodistas del lugar, de madres y padres de familia, de algunos testigos.

Lo que teníamos en esa primera edición era lo que se busca en países como Chile, Argentina, Alemania, España, Colombia, donde la violencia, por decir, ya ha ocurrido: que la asimilación de los horrores pasados se vaya integrando a la vida diaria, con empatía y un esfuerzo social, teniendo como centro elemental en todo momento a las víctimas. Eso hacía Gibler en aquella edición.

Y en esta nueva edición, se incorporan también los testimonios de madres y padres durante estos años de búsqueda de sus hijos. Se actualizan las voces de las víctimas —como tendríamos que hacer todos los días hasta que aparezcan los 43 jóvenes. Gran aportación. Gibler incluye igual un ensayo donde incorpora, sin citarla, la explicación de esta violencia que han desarrollado investigadores como Oswaldo Zavala y Luis Astorga, Dawn Paley y Guadalupe Correa-Cabrera: la narrativa oficial según la cual el Estado es una cosa y los grupos violentos, el narco pues, es otra, aun cuando en realidad han sido exactamente lo mismo durante los últimos años, y Ayotzinapa es resultado de ello. Pero el principal aporte de Gibler es el que ya había hecho en 2016 y ahora actualiza: ceder el centro a la voz de las víctimas, cuya merecida justicia será lo que distinga el futuro proceso de reparación y memoria tan necesario en México. Eso hace de éste un libro adelantado.

Pero mientras ese momento llega, lo que sigue urgiendo es que el actual gobierno esclarezca lo ocurrido y avance los primeros pasos de justicia verdadera a las familias de los 43 jóvenes víctimas de desaparición forzada.

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