Guadalajara, Jalisco. El Museo Cabañas de esta ciudad es el punto de encuentro, de manera inédita, entre el público mexicano y el arte aborigen australiano contemporáneo, sus sueños, sus arraigos, sus pesares, sus luchas y sus transformaciones, a través de la exposición “Tiempo de soñar: arte aborigen contemporáneo de Australia”, que desde el pasado 7 de mayo se exhibe en cuatro salas del recinto patrimonial, como parte de la edición 22 del Festival de Mayo, que, precisamente, tiene al país insular como invitado de honor.

Son en total 41 piezas, pictóricas en su mayoría que abarcan casi 50 años se arte, en manos de 34 artistas originarios que son herederos de una tradición de más de 40,000 años de disciplina pictórica, de esencia mística en su mayoría, creada por rigor de manera cenital . Así lo confirmó la directora del Cabañas, Susana Chávez, en un recorrido de El Economista por dicha muestra.

Evocaciones y reinterpretaciones

En la primera sala, cinco piezas reciben al espectador. Están hechas con pigmentos naturales sobre corteza de eucalipto, la técnica milenaria del arte originario australiano. Las piezas pictóricas, con interpretaciones predominantemente zoomorfas y fitomorfas. Sus pigmentos conservan la esencia de la tierra, sus tonos, desde los más pálidos hasta los escarlatas, propios del terreno sagrado del desierto.

Serpientes, sapos, aves, humanos, con deformaciones típicas de los sueños. En una obra se observa la interpretación de un canguro y su interior, la lectura de la más profunda intimidad del animal australiano, las entrañas. A un costado, un texto titulado “El arte no es una invención europea”, dice cómo los artistas aborígenes nunca han visto a Europa como el centro del universo, sino que este se ubica en el lugar en el que cada uno ha crecido y vivido; es por ello que este tipo de creación dista mucho de las estéticas occidentales.

La exposición, además de preocuparse por lo estético, lo hace por lo antropológico. Cada pieza tiene información detallada del artista que la ha creado y la ubicación de su hogar, en su mayoría, al norte del país, donde predominan el desierto y sus mitologías.

En la sala contigua se ofrece una combinación un poco más heterogénea, con piezas de materiales que sin bien algunos son sintéticos, conservan los colores terrosos del arte ancestral. Hay grabados en aguafuerte, serigrafía y litografía, todas, creadas a partir de los años 90.

Sintéticas o naturales, las piezas hablan por sí mismas sobre los procesos, prácticamente autómatas, de cada autor. El choque cultural parece innegable en el proceso expositivo: mientras que una figura puede parecer una abstracción para el espectador, hay un significado ancestral y místico para el que la ha plasmado.

Es por ello que en ese mismo espacio, el equipo curatorial, encabezado por el brasileño Clay d’Paula, ha colocado una lista de simbologías comúnmente usadas en el arte indígena australiano: las representaciones, algunas advertidas y otras más abstractas, de la mujer y del hombre, la lluvia, las estrellas, los hormigueros, las huellas de un canguro, las hormigas.

Esta simple explicación detona, pues, una revolución en la significación de quién ha visto una pintura antes de conocer la simbología y de quien es capaz de hacer una nueva interpretación después de instruirse sobre esta manera de fabricar un discurso pictórico.

En la sala contigua se ofrece un acercamiento a un arte que quizás puede llenar más el ojo occidental, con composiciones más coloridas, contrastantes; muchas de ellas que podrían pasar en una galería como obras abstractas modernas. Se exhibe una obra de la artista Emily Kame, fallecida en 1996 y llamada “La reina del desierto australiano”, quien inspiró a un gran número de mujeres indígenas a pintar. Su producción artística ha sido comparado con la de maestros como Claude Monet o Jackson Pollock; además ha sido expuesta al lado de otros como Vasili Kandinski y Piet Mondrian, en el MoMA, de Nueva York.

Por último, se incluyen piezas que han sido trabajadas por artistas originarios pero con interpretaciones claramente que dialogan ya con el arte occidental, desde una composición en la de nombre ”Michael y yo vamos a ir al bar un minuto”, de Lin Onus, del año 2000, en la que se observa a un perro surfeando sobre una mantarraya, montados en “La gran ola de Kanagawa”, que Katsushika Hokusai inmortalizó en el siglo XVIII.

Es una lectura, pues, de casi cinco décadas de interpretaciones, colores y visiones del arte aborigen australiano que permanecerá en el Museo Cabañas hasta el próximo 11 de agosto.

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