Fue borracho, mujeriego y cleptómano. También, hombre disciplinado, cuya grandilocuencia era no ser grandilocuente. Durante 40 años, que son los que le dedicó a la literatura, Eusebio Ruvalcaba escribió más de 60 libros, publicó en no pocos periódicos y revistas e impartió innumerables talleres literarios.

Hijo del violinista Higinio Ruvalcaba y de la pianista Carmela Castillo, Eusebio nació en el año 51 del siglo pasado, en Guadalajara, no porque así lo planearan sus padres, sino porque los habían contratado para dar un concierto en el Teatro Santos Degollado y al neonato se le ocurrió ser sietemesino.

La profesión de sus progenitores lo marcó de por vida, pues se convirtió en melómano de Brahms, Mozart y Bach; en ese orden. Don Higinio le enseñó asimismo las bondades del humor, del saber reír de casi todo y, sobre todo, de sí mismo. Pero a la muerte de su padre, Eusebio, que a sus 25 conocía algo de historia, algo de mecánica, algo de vender autos, decidió mientras que le escribía poemas a la novia en turno convertirse en escritor bajo la tutoría de su amigo y posterior editor Jaime Aljure.

Para la década de los 90, Eusebio ya era más o menos conocido por Un hilito de sangre (Premio Nacional a Primera Novela Agustín Yáñez, 1991), que, a la postre, Alejandro Lubezki convirtiera en guion cinematográfico de una película de Erwin Neumaier, en la que el protagonista, León, fue el entonces desconocido Dieguito Luna; por Jueves Santo (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, 1992) y, para 1995, siendo jurado y tutor de Jóvenes Creadores del Fonca tuvo el buen tino de darme mi primera beca literaria.

A partir de entonces nos convertimos en amigos y Eusebio fue siempre generoso conmigo: escribió, por ejemplo, el que sería el primer elogio que no crítica de mi primer libro de microrrelatos; luego, cada vez que tenía oportunidad, me invitaba a colaborar en tal o cual periódico o revista; una vez que fundé mi editorial, en el 2002 me ofreció el libro Desde el umbral. Antología personal, en el que seleccionó los que consideraba sus 19 mejores cuentos de 139 publicados hasta entonces y, en el 2012, lo reeditamos, corregido y aumentado, en libro electrónico.

A Mónica y a mí nos dedicó el cuento Un hombre , que también aparece en La Puerta de los sustos. Panorámica del cuento taurino contemporáneo. Luego, en el libro 57 hombres y una mujer, publicado en el 2009, me escribió un soneto cuyo título lleva mi nombre y comparto páginas con Rolando Rosas Galicia, Vicente Quirarte, Javier García-Galiano, José Buil, Ignacio Trejo Fuentes, Eduardo Antonio Parra, Moisés Zurita, David Magaña y Alfredo Giles-Díaz, entre otros amigos de Eusebio que, a últimas fechas, con la cejas y patillas canas, estaba por convertirse en un sátiro, alegría de las cantinas de Tlalpan.

De su literatura sólo diré que, así como fue su vida, su obra es la de un escritor todo terreno, de ahí que ningún género literario le fuera extraño para ir a fondo de la conciencia e inconsciencia humana, de su condición como hombre, de saberse un campo experimental que, cuando escribía ficción, afloraba historias de realidades crudas, incluso un poco en el tono del realismo sucio, donde predominaba el sentimiento de los personajes por encima de la razón.

Por sus vicios invitar a Eusebio a casa, por ejemplo, era saber que se robaría algo de poco o nulo valor económico, y se lo robaba no para hacer un museo, no porque el objeto le sirviera para algo, sino porque no lo podía evitar , por sus virtudes, lo lloramos y reímos en su velorio, en el que no faltó el trío de dos, Los calavera, que pidieron permiso y cantaron un bolero meloso y cursi que nos rompió a los presentes; el mago que no lo pudo resucitar; los poetas; la amante joven a la que no le permitieron que se acercara al féretro; las quinielas de quién sería el próximo; las bebidas espirituosas e, incluso, el tuit de Peña Nieto en el que lamentaba su fallecimiento.