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Eusebio, el cleptómano
El respetable Ruvalcaba, autor de casi un centenar de libros, es un cleptómano confeso que sólo ha entrado a la cárcel para dar talleres de literatura a los presos.
Patricia Castillejos y Rolando Rosas Galicia, dos de los hacedores de la revista texcocana Molino de Letras, me escribieron para pedirme un artículo sobre Eusebio Ruvalcaba, a quien le piensan rendir un homenaje en su próximo número.
De Eusebio, lo primero que se me viene a la mente es que, de las tres veces que recibí la beca de Jóvenes Creadores del Fonca, él fue el único jurado-tutor que me dio el apoyo sin que fuera mi amigo, es decir, sin conocerme y, por lo tanto, se valió para emitir su dictamen sólo con el proyecto que mandé al concurso.
Esto no sé si hablé bien o mal de Ruvalcaba, puesto que me pudo becar como aquel gran escritor mexicano pero mala persona que, antes de que existiera el Conaculta, le solía dar los apoyos de aquel entonces no a quienes considerara los mejores escritores de tal o cual generación, sino a los más malos para que, en un futuro, ningún aprendiz de literato le pudiera hacer sombra.
Ya becado, cierto detalle me reveló que ésa podía ser la intención de Eusebio: uno de mis compañeros era Leo Eduardo Mendoza que es tan malo o, incluso, peor que yo, así haya sido el más joven autor que ganara el Premio Nacional de Cuentos San Luis Potosí, así yo le haya publicado libros -si no nos publicamos entre nosotros, ¿entonces quién?- y así sea uno de los guionistas cinematográficos que ahora están de moda.
Pero allí no queda la cosa. Después de las becas, Eusebio nos siguió apoyando en cuanto periódico y revista trabajara, siempre dándonos un espacio, hablando bien de nuestras obras y, conforme pasaba el tiempo, llevándonos por los senderos del vicio y la perdición: no sé cuántas veces nos manipuló para que bebiéramos con él, para que cayéramos en las redes de equis o ye bella muchacha y, cuando editábamos la Biblioteca de Cuento Anís del Mono, llegamos a pedirle un libro para la colección, por lo que Ruvalcaba nos dio una antología personal sólo, pienso, para que supiéramos de qué lado masca la iguana.
Con las reuniones de trabajo, de presentaciones de libros, de cantinas o de lo que fuera, vinieron las cenas familiares, las citas en casa y, por el propio Eusebio me enteré de otra de sus enfermedades, misma que tuvo el descaro de anunciarla en un periódico de circulación nacional: la cleptomanía. Sí, tal como se lee: el respetable Ruvalcaba, autor de casi un centenar de libros, es un cleptómano confeso que únicamente ha entrado a la cárcel para dar talleres de literatura a los presos y no por los robos frecuentes que sufre su círculo cercano.
Me explico: si invita a Eusebio, por ejemplo, a cenar a su casa, tenga la seguridad de que le va a robar algo; por lo general, una nimiedad sin mayor costo económico, como la latita de crema Nivea que usted trajo de Egipto o el bolígrafo con el que aquel dibujante famoso escribió una dedicatoria, cualquier cosa que el otrora dueño del objeto no se percatará de su ausencia sino al cabo de unos días.
Al principio, cuando me enteré de, digamos, este exceso ruvalcabeano, pensé que lo hacía para montar un museo de artistas; luego creí que era la manera en la que se estaba apoderando -de latita en latita, de bolígrafo en bolígrafo- del mundo. Pero cuando le pregunté por el sitio que ahora ocupan estas piezas, Eusebio no tenía -ni tiene- la menor idea, porque se trata de una broma que realiza simplemente por cábula.
La última vez que vi a Eusebio me obsequió un libro titulado 57 hombres y una mujer, en el cual me escribe un soneto lleno de elogios inmerecidos, por lo que aquí digo que yo no me sumo a su homenaje -pues los homenajes son para los muertos- para proponerles a mis amigos los molineros un anti-homenaje.