A unos importa que el mercado anide en nosotros códigos culturales y de consumo, a otros no. La W y Televisa. Telmex y Sanborns. Microsoft, Google, Facebook. Aurrerá y luego Walmart. La lista pasa por Procter & Gamble, Universal Studios, toallas La Josefina, librerías Gandhi, Casa Veerkamp. OCESA y con ella, la Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE). ¿Somos por ello buenos (mejores) o malos (peores) mexicanos?

El 22 de noviembre de 1992, fui uno de los miles que iniciamos el aprendizaje que impone asistir a conciertos masivos. Debutaba U2 en México, en el Palacio de los Deportes, gracias al permiso de usufructo del espacio público otorgado por el regente Manuel Camacho. The Zoo TV Tour. Aquí tengo la colilla del boleto, como docenas de otros. Tenía 31 años.

El sábado fui al Estadio Azteca con mi hija de 14 aceleradas primaveras. No es poca cosa: también Bono y sus compañeros son distintos. Vaya que saben de ingeniería empresarial, de colocación de fondos, fideicomisos e inversiones fuera de Irlanda para evitar la desventajosa tributación en su tierra (ver Expansión, mayo del 2007).

Dos décadas de por medio, ya no somos los de entonces. En los 90, como clientes de lo que hoy es la empresa dominante del espectáculo en vivo, éramos ante todo un puñado generacional de admiradores de culto. Lo siento, pero así fue en un inicio. Cosa increíble si nos atenemos a que en 1997, para U2 bastó el foro del Autódromo de los Hermanos Rodríguez. A 19 años, el crecimiento de la masa de consumidores, de fans de ocasión, de gente de diversa ralea dispuesta a pasarla bien y adquirir un souvenir, creció exponencialmente. De menos de 20,000 espectadores en el 92, al Tour 360º que superó los 300,000.

Es evidente que la oferta de esparcimiento, cultura o recreación se multiplicó fundamentalmente gracias a la inversión privada y de forma relevante en el ámbito de las músicas. Significa que se ensanchó la franja poblacional del nicho, que hubo un incremento del gasto por persona, la diversificación del mismo o el ajuste de hábitos. Se implantó un cluster con una cadena generadora de bienes y servicios, muchos de ellos impregnados de corrupción cobijada por el Gobierno del Distrito Federal: desde los tiempos de Camacho hasta los de su pupilo Ebrard.

Pocos dudan de que tal fenómeno se traduzca en ostentar la altura de las grandes capitales y que por ello habrán de seguir desfilando las figuras emblemáticas de la cultura global. Pero el privilegio de este insaciable mercado no entrega más y mejores consumidores. No evidencia pautas de conducta social que revelen mayores niveles educativos. Como tampoco el amplio catálogo de entretenimiento es garantía de una vigilancia de ley por parte de las autoridades.

Al recordar mi asistencia aquella noche de debut y al contrastarla con la jornada del sábado, advierto que las oportunidades de masificación son directamente proporcionales a la suma de incompetencias y riesgos. Lo sentí al proteger con desesperación a mi hija de la turba que luchó por acceder y salir del estadio. Denuncio que los innovadores de CIE/OCESA, como los directivos de toda empresa que opera concentraciones de miles de espectadores, como el gobierno de la capital y de otras ciudades con empaque para permitir multitudes, cometen excesos en la comercialización, ponen en peligro a los asistentes y dan rienda a las corruptelas.

El caso típico: a cuenta de la voracidad de marcas con o sin fronteras convierten los recintos de sano esparcimiento en cantinas. Sobre una estadística de consumo en un Clásico de futbol, en los tres días de U2 se bebieron alrededor de 200,000 cervezas. A golpe de ganancias, propician corrales donde la amenaza de una tragedia asoma. Y abonan el territorio de la piratería que al tomarse explanadas y pasillos provocan un alud de atropellos, de robos y de mordidas a inspectores.

No me cabe duda de que habré de seguir acumulando colillas de boletos. CIE/OCESA se incorporó al cotidiano de la nación. Agregó valores a nuestros códigos culturales y de consumo. Pero tiene deudas con la sociedad a la que se debe, como muchas más que acumula el gobierno capitalino.