Dicen que se tardaron un mes en decidir. Que había 22 propuestas de igual número de ilustres personajes que merecían recibir la medalla Belisario Domínguez, la más alta presea que otorga el Senado de la República. Ojalá y todo fuera como eso. Porque nadie como Ernesto de la Peña.

Considerado uno de los 16 sabios de fin de milenio, Ernesto de la Peña, sucumbió desde niño a los libros, la música y las palabras bien dichas. Estudió en escuelas particulares hasta la preparatoria y después cursó la carrera de Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Poco después-porque era curioso, porque no era suficiente- se inscribió en el Colegio de México y estudió chino y sánscrito.

Escuchó y se enamoró de toda la poesía del mundo y su diversidad de mapas; las mitologías china, hindú o grecolatina, las religiones judeocristianas, las enseñanzas musulmanas y de las muchas maneras de nombrar a la gloria y al infierno.

Hasta escribió en uno de sus libros, para quien se atreviera a la cocina celestial, la receta para la confección de ángeles. (Tómese un dios que ame las jerarquías y un teólogo asesor que las defina. Constrúyase un modelo a escala de los siete cielos. No deje de rodearlo de un cíngulo de estrellas fijas y remátelo con un lugar llamado Empíreo. Piense y, de ser posible, sienta la música de las esferas y perciba los arquetipos de Platón.)

Poeta, traductor, un erudito inútil como se nombró y lo nombraron varios, además de filólogo y lingüista fue también ejemplar hablante como comunicador, pues compartió horas de sabiduría con sus radioescuchas durante más de 20 años, respondió todas las preguntas de buena gramática y sintaxis, así se ocuparan de temas sencillos o complejos (el amor o los textos apócrifos de Santo Tomás, por ejemplo).

A pesar de ser amante de la palabra escrita, conocedor de literatos, poetas y filósofos publicó su primer libro Las estratagemas de Dios hasta 1988, a la edad de 61 años. Con él ganó el Premio Xavier Villaurrutia e inauguró un género literario en México: la teodicea lúdica, decía, mostrando la sonrisa cobijada por su esplendorosa barba blanca.

Leyéndolo, algunos reconocieron muchas y distintas interpretaciones de clásicas metáforas, parábolas impecables pero divertidas, la diferencia entre las palabras mágicas y la palabra sagrada y cómo ambas son capaces de transportar el alma a otras humanidades y deseos. Incluso después de deshacer el pacto con el Diablo.

Más de ochenta años de vida y vinieron premios, conferencias, cursos, exposiciones y muchos libros más, todos de títulos perfectos: Las máquinas espirituales, El indeleble caso de Borelli, Mineralogía para intrusos, Los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, con traducción directa del original griego al español; El centro sin orilla, Las controversias de la fe y La rosa transfigurada.

Pero con el maestro siempre había más. Todo el tiempo algo que nos faltaba porque no le faltaba nada. En una de las últimas entradas de su blog escribió que en su libro Palabras para el desencuentro (de poesía insólita, desgarradora, bella e increíble), la presencia de la muerte se integraba a sus palabras.

Porque tendía un velo incómodo en las noches de sueño, porque la muerte también puede ser una anfitriona permanente para involucrarnos con pensamientos más elevados. Y escribió al final que hay mucha poesía en la imagen de un hombre que trata de explicarse las cosas.

Y que nadie crea que el maestro, el ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes, del Premio Alfonso Reyes, con tantas menciones, certámenes y medallas vivía en el Topus Uranos de Platón, porque se equivocarían rotundamente.

Ernesto de la Peña, si acaso,-y porque sabía decir el nombre de Dios en treinta lenguas- fue un ser casi transfigurado, que logró bajar a la Tierra, con el alma a la intemperie , desde el altísimo mundo de las Ideas, para mezclarse entre nosotros. Los demás. Los que deslumbrados por la grandeza siempre hemos mirado todo desde abajo.