Nos recibe en su cubículo en la torre de investigación del Cenart. Nos advierte que el espacio es pequeño, pero nos ofrece, amable siempre, una silla y un banquito. El banco es una obra artesanal, hecho por rarámuris chihuahuenses.

No es la única pieza de artesanía mexicana en la breve oficina de Anadel Lynton (Nueva York, 1938). Lleva un collar de cuentas huichol. En un estante reposa una máscara de diablo que usó para un taller y se quedó por su voluntad , dice y se ríe. Anadel no ríe todo el tiempo pero cuando lo hace es como si se contara un chiste a sí misma.

De México tiene recuerdos, muchos. Pero el primero es de una foto: lleva un sombrerazo sombrero zapatista , dice muy seria , hay cactus a su espalda y monta un burro. Tiene tres años de edad y está en Tijuana, a donde su familia había ido de paseo en una mudanza larguísima: de Washington DC a California, a la prestigiada Stanford University.

Dice que desde ese momento el destino la agarró y le dijo que México era su norte, aunque estuviera al sur.

La bailarina de la escuela Graham

Fui muy rebelde desde niña, fui tan rebelde en el kínder que me tuvieron que cambiar de escuela , comenta. Pero aquello fue una fortuna porque entró a la única escuela racialmente integrada de Washington DC.

La danza le dio cauce a esa niña intempestiva. Su sueño: ir a Nueva York a una conquista que tiene nombre de mujer: entrar a la compañía de Martha Graham.

Graham es la leyenda de la danza contemporánea, quizá la coreógrafa más importante del siglo pasado. En Nueva York tiene su altar, la Martha Graham School, donde lo más granado de los bailarines de la generación de Anadel iban a medir fuerzas.

Entró a la escuela. Vivió en Manhattan en un departamento, compartido y de un cuarto, que era horrible, afuera olía a puros orines viejos . También consiguió un trabajo en un hospital de Brooklyn como asistenta de terapia ocupacional.

El panorama era difícil. En la Escuela Martha Graham el ambiente era muy competido, mucha competenciatodo el tiempo (...) la gente se daba de codazos . En esa lucha a brazo partido Anadel conoció bailarines latinos que le parecían cálidos, atractivos. Recuerda a las bailarinas mexicanas, que llevaban trenzas con listones de colores. Le parecieron de lo más bonitas.

Yo creo que lo que más me gustaba de México era la calidez de su gente. Aunque es cierto que en Estados Unidos también hay gente cálida, así como en México hay gente terrible, como los 20 más ricos .

En México, Anadel ha sido muy activa. En 1966 cofundó el Ballet Independiente que todavía sigue existiendo, un milagro , dice ella. En 1983 también fue fundadora del Centro de Investigación del INBA. Ha dado talleres en la UAM y en el Museo del Chopo, por mencionar un par de sitios. En el 2014 ganó el Premio José Limón.

Lo que más le gusta es sacar la danza de los espacios tradicionales. Caro es su recuerdo cuando bailó en la boca de una mina en Coahuila.

La mexicana zapatista

Pero vamos atrás. A los 18 años Anadel regresó a México, a un campamento. De ese viaje tiene un souvenir que la acompaña en su cubículo, un cucharón de madera con su nombre que le hizo un artesano de Villa del Carbón.

En ese viaje conoció a Rosa Reyna, coreógrafa inmortal de la danza moderna mexicana, quien la invitó a participar en su compañía. Pero Anadel tenía metida entre cejas a Martha Graham.

Sin embargo, cada vez que en Nueva York el panorama se mojaba como un periódico bajo la lluvia, pensaba en el soleado sur. En 1958 se decide y se muda a México.

En 1960 participa en el Ballet Nacional. La obra Paraíso de los ahogados , cómo olvidarla, con otra leyenda de la danza: Guillermina Bravo.

El relato de Anadel continúa en una especie de stream of consciousness. Regresa a su infancia. Recuerda que era gran admiradora de Carmen Miranda. Jugaba a ser Carmencita, reina de Marte , una reina benévola. Bromea: Desde ahí me viene lo latina .

Le vienen también sus convicciones políticas. En una pared, en el lugar de honor, tiene una foto de Emiliano Zapata. Anadel apoya el movimiento neozapatista desde su inicio. Nos enseña una foto en la comunidad zapatista La Garrucha, Chiapas, a unos kilómetros de Ocosingo. La foto es del taller de cargar leña. Cargar leña es una labor de mujeres ahí. Hasta las niñas cargan leña. Yo aguanté apenas (...) claro que me iban quitando ramas en el camino .

Estudió antropología en la ENAH, donde terminó de formular su ideario. Es lectora empedernida de La Jornada, le gusta leer el periódico aunque casi siempre traiga malas noticias, dice.

Entre sus cosas hay un cartel de los 43 de Ayotzinapa. Ojalá estuvieran con nosotros .

Sobre Donald Trump su opinión es inequívoca: Es inverosímil que un demagogo como él haya ganado. Es un peligro para la humanidad, el bully de la escuela .

Sobre si teme por su país su primer país, en realidad; señala a las reporteras entrevistándola que llevo más años viviendo en México que ustedes dos combinadas , y tiene razón , la maestra Lynton dice que no. Hay que responder y no tener miedo. No podemos quedarnos sentados con el miedo .

Su familia en Estados Unidos está ¿asustadísima? ¿azotadísima? Las dos cosas , y se vuelve a reír. Algo de duende tiene Anadel.

Anadel Lynton es una máquina de movimiento perpetuo. Sigue bailando lo que puedo bailar . Parece frágil pero es fiera. El 26 de febrero, en el Teatro Benito Juárez, se presenta el festival Cuerpos al descubierto, encuentro dancístico de piezas de una sola persona, o solos. También estará en el Festival de Danza y Música el 16 y 18 de marzo.

Una nota más: ¿le molesta la palabra gringo ? No me parece despectiva, creo que es uno de esos términos que se desgastaron . Lo que sí le molesta es el racismo de los ojos . ¿O sea? Anadel tiene los ojos azules y siempre que alguien se lo hace notar, ella se siente señalada. Hoy, cuando fui a comprar el periódico, el vendedor me dijo que qué bonitos mis ojos y yo en vez de verlo como un cumplido lo siento como discriminación. Impacta mucho eso de los ojos claros , dice y no se ríe. De todos modos, algo de duende tiene.

concepcion.moreno@eleconomista.mx