Si usted ha paseado por la sección infantil de una librería, lo más probable es que se haya sentido atraído por esos libros de pasta dura en los que, al pasar las hojas, se encuentra con una, dos, tres, veinte ilustraciones y, quizás, unas pocas palabras.

Estos hermosos objetos son los famosos álbumes ilustrados. El Fondo de Cultura Económica tiene una colección fantástica, Los especiales de A la orilla del viento. En ella puede encontrar a los más selectos ilustradores y escritores, pero también a otros no tan conocidos, que al ganar el concurso anual convocado por la misma institución se abren espacio entre los grandes.

Los álbumes ilustrados son un dispositivo perfecto para que los padres compartan tiempo con sus hijos y se acerquen al arte y a la literatura. Ideales, además, para que los niños aprendan a mirar y descubran que las imágenes también cuentan historias.

Estos extraños artefactos, incluso, estimulan el diálogo y la imaginación. No es raro que cuando se leen estos libros surjan preguntas como: ¿Qué crees que va a suceder después? ¿Qué harías tú? ¿Qué pasará al voltear la página? Los huecos que hay entre una ilustración y otra (porque no se trata de una secuencia cuadro por cuadro como la que se utiliza en las animaciones para dar sensación de movimiento) ponen a trabajar la imaginación del lector que debe recrear lo que ocurre en esos espacios vacíos .

Parece increíble que unas cuantas páginas con dibujitos puedan enriquecer tanto la experiencia lectora de los niños, pero así es. Los álbumes ilustrados pueden contar historias solamente a través del color, las secuencias y la composición plástica. Algunos ni siquiera requieren texto. A diferencia de los libros ilustrados, que lo que intentan es reproducir con dibujos lo que está escrito. Por eso, este género, cuando implica texto, forma una simbiosis poco común ya que -imagen y palabra- se unen en un todo indisoluble e indispensable. Por ejemplo, si a usted le leyeran un libro álbum en voz alta pero no le mostraran las imágenes, no entendería nada.

Un buen ejemplo de este tipo de libro es El corazón en la botella. En apenas 32 páginas, Oliver Jeffers nos cuenta la historia de una niñita vivaz y curiosa por el mundo y con una entrañable relación con su padre, quien siempre la acompaña. Pero un día, cuando descubre que su papá ya no está, la chispa que la caracterizaba se esfuma. Ha descubierto que hay situaciones que duelen y busca una solución.

Pero, ¿cuál puede ser el remedio de una niña cuando le duele corazón? Para saberlo tendrá que dirigirse a la sección infantil de una librería y hojear este libro, pero ¡ojo!, ya que en muchas ocasiones, los libros álbum comienzan en la portada y terminan en la contratapa, por eso no hay que perder detalle y hay que permitir que la mirada recorra libremente cada página porque, por lo general, los autores se divierten haciendo guiños o dejando pistas autorreferenciales que, ya sea niño o adulto, quien las detecte se regocijará sin la menor duda.

Déjese, pues, seducir por este formato y descubra junto con sus hijos cómo funcionan estos dispositivos pensados y diseñados para contar historias, divertir, hacer reír, llorar o pensar.

Y todo, sin necesidad de conectar aparatos, recargarle las pilas o apretar botones y, aún así, ofrecen la garantía de que los personajes saltarán de la páginas cada vez que se les vuelva a hojear.

Verá cómo con simples dibujitos (sumamente sencillos en el caso de este autor) y unas cuantas palabras es posible contar una conmovedora historia de autoprotección y crecimiento.