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El amor por las antigüedades y por los edificios históricos
El arquitecto y restaurador Rogelio García Mora Pinto nos platicó sobre su vocación por las antigüedades urbanas.

Aarón Borrás
El restaurador Rogelio García Mora Pinto está convencido de que su gusto por las antigüedades viene desde niño: “Trataba de cuidar y conservar los juguetes viejitos para que no se fueran a la basura, ya fueran de mis tíos o de mis papás”, recuerda Rogelio, quien estudió arquitectura en la Universidad Iberoamericana: para luego perfilarse hacia el mundo de la restauración llevado por un impulso interior por conservar la historia de la ciudad.
Otro de los “amores antiguos” de Rogelio son las bicicletas antiguas. Es uno de sus hobbies. Tan es así, que fundó un grupo de ciclistas: El club de bicicletas antiguas y clásicas de la Ciudad de México, con presencia en Facebook, con el que organiza rodadas en bicicletas de colección y algunas veces se visten de época. Al igual que sus restauraciones arquitectónicas, el tema de la bicicleta también está ligado a la historia de nuestra ciudad. Pero esa es otra historia.
Durante sus años de universidad, el restaurador recuerda otro detalle que le ayudó a comprender el oficio que actualmente desempeña: En la Ibero había una opción de pedir un subsistema para especialización. Rogelio eligió la rama de la restauración y en su primer día, uno de sus profesores comentó que la mayoría de los que elegían ese subsistema, lo hacían porque habían vivido en una colonia con valor histórico y la había visto destruirse.
“Yo me quedé pensado y dije sí, yo viví en una cerrada que ya no existe, que se llamaba Constantinopla, la cual ocupó Gobernación en el 82, creo. Yo vivía en la colonia Juárez antes del sismo del 85. Era una colonia muy bonita y de ahí nos fuimos a la Del Valle. Tenía seis años de edad”, nos dice Rogelio.
El restaurador y arquitecto hizo su servicio social en el Instituto Nacional de Antropología e Historia en la coordinación de Monumentos Históricos, donde aprendió gran parte de su oficio, y posteriormente entró a la maestría de Restauración y conservación de monumentos en la UNAM, a sus 29 años. Fue en esta época en que montó su propio despacho.
“Del INAH salí más convencido de la causa. Y me ayudó a aterrizar el discurso porque a veces crees que hay que salvarlo todo. Y ahí encontré un equipo fuerte, que está comprometido… la gente que trabaja ahí tiene la camiseta bien puesta. Hacen maravillas con tres pesos. En el instituto trabajé en el Castillo de Chapultepec durante cuatro años. Me salí del instituto persiguiendo un proyecto que no se hace, fue un proyecto de restauración en el edificio Vizcaya. Y puse mi despacho con un escritorio, era como investigador privado, yo sólo”.
“Comencé primero con cosas pequeñas, con una casita… luego te empiezan a conocer y comienzan a soltarte cosas más grandes. Estuve haciendo chambas intermedias y de pronto me surge la oportunidad de restaurar un convento en Coyoacán, en la calle de Francisco Sosa: le puse ese empeño que le ponemos todos cuando sentimos que nos acaba de hacer nuestra primera chamba independiente. Fue algo que cuidé demasiado. Actualmente no tendría tiempo de cuidar tal grado de detalle, ahora me apoyo en otras personas, en ese momento hice todo yo”.
Años después, Rogelio tuvo la oportunidad de restaurar de nueva cuenta el edificio Vizcaya, ahora sí “de a de veras”. Los trabajos los realizó en conjunto con su socio Marco Batiz (ingeniero civil). Rogelio reestructurar una parte importante de las vigas y la recuperación de la fachada: “Ahorita le estoy haciendo el trabajo de inyección de grietas después del sismo. A la vuelta hay un edificio importante, donde está la Copred, donde está la Casa del periodista… nos tocó restaurar la fachada y reestructurar el edificio, el proyecto arquitectónico es de otro arquitecto… Esos dos edificios, son algo más reciente… y de alguna manera vamos avanzando a un lugar de restauración de nivel. Pero pasamos por la curva de aprendizaje de estar en una gran institución, después de estar independientes y después ir consiguiendo proyectos que son de buen nivel y bastante importantes”.
Rogelio nos explica que todo proyecto de restauración lleva una investigación de cómo era el proyecto. Se deben conseguir fotos, grabados, relatos de la época y planes originales, etc... Todo lo que pueda decirnos cómo era ese edificio. Luego se hace una relación del estado actual para ver qué deterioros puede tener y con eso se hace una comparativa entre el estado original y el actual para hacer un diagnóstico y encontrar cómo se pueden resolver esos daños de tal manera que el edificio en cuestión no pierda su esencia.
Ante las preguntas de “¿Por qué conservar?” o “¿Por qué restaurar y preocuparnos por lo viejo? “, el restaurador contesta: “Si te fijas, en el tema de las ciudades, más allá de los hechos y lo que está escrito, las ciudades están hechas de historias. ¿Por qué va la gente a Berlín? Va a buscar historias: ¿En dónde estaba el muro? ¿En dónde estaba el check point Charlie? Y esas historias ¿dónde las ves? En los monumentos construidos… en la arquitectura en general”, concluyó Rogelio.
@faustoponce