Un equipo de mexicanas, liderado por la arqueóloga Marcela Zapata Meza, de la Universidad Anáhuac, con el apoyo de más de 700 voluntarios y el respaldo de una decena de prestigiosas universidades del mundo cumple diez años revelando los secretos de la ciudad israelí de Magdala, en busca del rastro arqueológico de Jesucristo y de María Magdalena, pero también de la vida cotidiana, económica, cultural y social de una población cuya huella se perdió en el siglo IV de nuestra era.

Corría el año de 2009 cuando Juan Solana, legionario de Cristo, sintió el pálpito divino de construir un centro de espiritualidad y peregrinación a orillas del mar de Galilea, y compró un terreno.

Una sinagoga del siglo I a.C.

Como sucede en estos casos, cuando se presupone la presencia de vestigios arqueológicos, la Autoridad de Antigüedades de Israel -equivalente al INAH en México-, antes de autorizar la construcción del complejo, realizó pozos de sondeo en el predio y encontró nada menos que los restos de una sinagoga del siglo I antes de Cristo. El hallazgo no era menor. Se trataba de una de las siete sinagogas de esa temporalidad que hay en todo el territorio israelita, y la única encontrada hasta ahora en Galilea, al noroeste de Israel, donde dicen los evangelios que pasó Jesús de Nazaret los tres años de su vida pública predicando en todas las sinagogas de la región.

Entre los objetos más relevantes hallados en el recinto judío destaca una piedra cúbica conocida ahora como ‘la piedra de Magdala’, con relieves en sus cuatro lados que hacen alusión al segundo templo de Jerusalén y una flor de roseta en la superficie.

Se encontraron también vestigios de un piso formado por un mosaico de teselas y restos de pintura de estilo pompeyano adosados a los muros que sobrevivieron al paso de las centurias, según relata la arqueóloga Marcela Zapata, directora del Centro de Investigación en Culturas de la Antigüedad de la Universidad Anáhuac México.

El descubrimiento dio paso a un proyecto de investigación extensiva para desenterrar la antigua ciudad de Magdala, que desde 2010 encabeza la Universidad Anáhuac con la colaboración del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM y, en concreto, la asesoría metodológica de la arqueóloga mexicana Linda Manzanilla, un referente sin duda cuando se habla de Teotihuacán, que fue mentora de Marcela Zapata en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), y quien acompañó el proyecto de Magdala en 2010 y 2012.

El equipo arqueológico de la Anáhuac, del que también forman parte la arqueóloga Andrea Garza Díaz Barriga, igualmente egresada de la ENAH, y Rosaura Sanz, investigadora de arte antiguo, egresada de la Universidad Anáhuac, han encontrado en estos años distintos objetos que revelan la vida doméstica y la dinámica económica de la antigua ciudad, como los restos del puerto, el mercado y cuatro baños de purificación que se creían inexistentes en esa demarcación.

“Es la primera vez que una arqueóloga mexicana dirige un proyecto arqueológico en el extranjero y somos el único equipo mexicano que trabaja en Israel”, me dice con satisfacción la maestra Marcela Zapata.

Al equipo se han sumado a lo largo de los años especialistas de distintas disciplinas y centros de investigación mexicanos y extranjeros. Destacan, por supuesto, investigadores de la UNAM, la ENAH y la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM), de México; también de las universidades de Harvard y Wheaton College, de Estados Unidos; las de Tel Aviv, Haifa, Ariel y Hebrea de Jerusalén, de Israel; la de Valencia, España; de la Autoridad de Antigüedades de Israel y del Museo de Israel.

Hallazgos del equipo mexicano

La arqueóloga Zapata refiere que se han realizado nueve temporadas de campo, durante las cuales se han podido excavar 5,400 metros cuadrados de una superficie total de 3 hectáreas, es decir el 15 por ciento.

Detalla que en los restos del mercado se hallaron unas tinajas que las hipótesis sugieren que fueron usadas para salar pescado (se sabe por las fuentes históricas que Magdala era un enclave importante dedicado a la pesca); “sin embargo, en las piscinas no hemos encontrado restos de sal ni espinas de pescado para corroborarlo”, dice Zapata.

Respecto al puerto marítimo, cuyo uso data de los años I a.C. al II d.C., la especialista dice que se localizó un muro rompeolas y algunas artes de pesca antiguas como anzuelos, plomadas, fragmentos de redes, unos aros donde se amarraban las barcas, y una barca de madera del siglo I d.C., a la que llaman ‘la barca de Jesús’, en alusión a su temporalidad.

También dicen algunas fuentes que en Magdala se teñían telas, pero Zapata refiere que no hay evidencia arqueológica aún que confirme esta actividad. Lo que sí se han encontrado son pigmentos que pudieron ser usados en las pinturas murales localizadas en la sinagoga y que podrían haber extendido su uso hacia los telares, pero falta un elemento esencial para constatarlo: la sal.

Sin embargo, una actividad que hasta ahora se desconocía era la preparación de ungüentos medicinales. “Hemos hallado materias primas y componentes químicos que sugieren la elaboración de estos ungüentos, e incluso unos objetos de cerámica donde se depositaban”, dice la arqueóloga.

Otro descubrimiento importante fueron cuatro baños dedicados al rito de la purificación en la religión judía. Estos son únicos pues se surten con agua de manantiales, explica Zapata. Históricamente, en la tradición hebrea, se consideraba que el agua del mar de Galilea, proveniente del río Jordán, era pura, por lo cual se creía poco probable que hubiera baños de purificación cerca de la afluente. La evidencia arqueológica ha echado por tierra esta creencia.

La especialista dio cuenta del hallazgo de una espada romana tipo ‘Gladius’ que podría estar relacionada con una rebelión israelita contra el imperio registrada en el año 67 d.C., pero esto es aún una hipótesis muy temprana, aclara.

Luego de diez años de excavaciones y registro sistemático de los materiales diversos como cerámica, monedas, objetos de vidrio, lámparas de aceite, entre otros, aún no aparecen las huellas de Jesucristo, ni las de María Magdalena, pero se ha ido esclareciendo cómo era la vida doméstica y comercial de aquellos habitantes de la ciudad perdida, y aún hay mucho por descubrir en la siguiente temporada de excavación, programada para el verano de 2022, adelanta Zapata.

La arqueóloga reconoció la aportación de los equipos de voluntarios de distintas universidades del mundo que han colaborado en el proyecto arqueológico de Magdala desde 2010.

“La labor de los voluntarios ha sido pieza clave para que hayamos hecho estos descubrimientos. Hemos tenido la presencia constante y apoyo de voluntarios de la Facultad de Vitoria en España, las Universidades de Harvard, Oslo y Lund, quienes con su trabajo han enriquecido los descubrimientos arqueológicos que son el corazón del proyecto para descubrir cómo vivían las personas en Magdala hace más de 2 mil años”, precisó.

Marcela Zapata y el equipo de la Universidad Anáhuac seguirán intentando corroborar lo que consignan veladamente los evangelios, el probable paso de Jesús por Magdala, de la que no hay mención precisa en la narrativa bíblica como sí la hay de Cafarnaúm, ciudad situada a 5 kilómetros de Magdala.