Se esmeró mucho el maestro José Areán para su concierto Danzas Sinfónicas en el Auditorio Nacional la tarde del domingo 19 de enero, pero las cosas no salieron todo lo bien que se esperaba. La asistencia del público fue escasa: sólo la sección Preferente estuvo llena; la Luneta mostró completa únicamente una fila y gente regada por ahí. Además, una Orquesta Sinfónica de Minería (OSM) enclaustrada tuvo problemas con el sonido y la coreografía de la maestra Ruby Tagle nada más no funcionó.

La selección del programa estuvo bien hecha, con piezas festivas de calidad que muestran que Areán conoce a su público y que lo procura. Desafortunadamente, el sonido de la Sinfónica de Minería de las mejores del país se escuchó metálico en gran parte del concierto; al parecer la sonorización no fue la correcta o le afectó que el ensamble haya sido confinado al fondo de un escenario tan grande.

Para seguir con las desventuras, en el Danzón No. 2 del maestro Arturo Márquez faltó pasión, esa sensibilidad tan especial que tienen estas piezas tropicales que conmueven el espíritu y hacen mover los pies del público.

CÓMO CHÍCHAROS EN BANDEJA

Luego tenemos que la coreografía de la maestra Tagle no acompañó con eficacia este concierto. En primer lugar, mientras la orquesta fue replegada hacia atrás, contra la pared, en una mitad del escenario, a los bailarines les asignaron un espacio que pareció enorme: la mitad del escenario del Auditorio Nacional. El problema es que la troupe era pequeña y el resultado fue que los 10 elementos se veían como chícharos en bandeja.

Quisieron remediar este problema con el truco de reducir el proscenio, quitándole cinco metros a cada lado con una especie de deprimido o desnivel al cual se accedía por escalones; es decir, un escenario dentro del escenario…

Aún así se veían mal los bailarines: eran pocos y no conservaban la formación. Abrían espacios irregulares entre ellos, eso aumentaba el efecto de caos y que se vieran huecos en el grupo; faltó armonía y el vestuario fue de plano pobre.

En cambio, si uno veía las pantallas electrónicas y no hacía caso de lo que estaba pasando en el escenario, las cosas mejoraban notablemente: al cerrar la toma a un espacio más pequeño se quitaba tanto aire inútil a los lados del grupo de artistas. Entonces sí parecía un ballet de primera.

Fue un error dejarles tanto espacio a los bailarines: se veían mal comparados con una orquesta apiñada y replegada: holgura contra confinamiento fue la tónica.

Luego, en la parte culminante cuando presenciamos un dueto, los bailarines estaban logrando su mejor actuación (en la Danza de los siete velos ), pero hacia el final, cuando ella tiene que rematar en puntas, la artista perdió el equilibrio tres veces. Lamentable.

Claro que hubo momentos muy brillantes por parte de la orquesta cosa que hay que reconocer (sus músicos son unos maestros) pero en general el resultado fue magro, y se reflejó en los aplausos desganados.

El principal problema de la coreografía fue pensar que ésta era la parte más importante del espectáculo y la música debía funcionar simplemente como un fondo, cuando en realidad es al revés.

Por cierto, en el Mambo de West Side Story, de Bernstein, poco faltó para que el maestro José Areán nos mostrara su vena de mamboleto.

ricardo.pacheco@eleconomista.mx