Estoy especialmente agradecido con el Concilio de la Reunión de Ganadores del Nobel en Lindau y con la Fundación para los Encuentros de Ganadores del Nobel en Lindau por invitarme a dar esta conferencia porque, de acuerdo con el perfil que hacen de mí, me consideran no sólo por mi trabajo sino también por mis ideas y convicciones políticas. Esto es nuevo. En donde usualmente soy invitado como orador, en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, donde individuos e instituciones rinden homenaje a mis novelas o ensayos literarios, típicamente agregan como introducción aunque no estamos de acuerdo con él , aunque no siempre concordamos con él o esto no significa que avalemos sus críticas y sus (mis) ideas políticas . Después de haberme acostumbrado a esta bifurcación de mi persona, me siento feliz de ser reintegrado en una sola pieza por esta prestigiosa institución que, en vez de someterme a ese proceso esquizofrénico, me ve como un sólo individuo, un hombre que escribe, piensa y participa en el debate público. Quiero pensar que ambas actividades, la literaria y la política, forman una sola e inseparable realidad.

Ahora, para ser honesto y responder a esta amable invitación, me siento obligado a explicar mi posición política a detalle. No es una tarea sencilla. Temo que no es suficiente declarar, o al menos decir que creo que soy, un liberal. El término mismo sustenta una primera complicación. Como bien saben, liberal tiene varias definiciones, muchas veces antagónicas, dependiendo de quién lo dice, cómo y en dónde. Por ejemplo, mi amada abuela Carmen solía decir que liberal era todo aquel caballero de conductas disolutas, alguien que no sólo no iba a misa sino que se atrevía a hablar mal de los sacerdotes. Para ella el prototipo del liberal era un legendario antepasado mío quien, en un buen día de mi Arequipa natal en Perú, le dijo a su esposa que iba por el periódico y nunca volvió. La familia no volvió a saber más de él hasta 30 años después, cuando el caballero apareció muerto en París. ¿Por qué ese tío liberal se fue Francia, abuelita? ¿Para qué otra cosa, hijo? Para acabar de corromperse . De aquella historia, quizá, viene el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.

En Estados Unidos, y el mundo anglosajón en general, la palabra liberal tiene connotaciones de izquierda y a veces se le asocia con ser un socialista radical. Por otro lado, en Latinoamérica y España, donde la palabra se acuñó en el siglo XIX para designar a los rebeldes que lucharon contra la ocupación napoleónica, me llaman liberal (o peor, neoliberal) para exorcizarme o desacreditarme porque la perversión de nuestra semántica ha transformado el significado original de la palabra (alguien que ama la libertad, una persona que se levanta contra la opresión) para convertirlo en un sinónimo de reaccionario o conservador, que, cuando viene de la boca de un progresista, significa ser cómplice de los poderes que explotan y cometen injusticias contra los pobres del mundo.

El liberalismo en Latinoamérica fue, en el siglo XIX, era un filosofía política e intelectual progresista que se oponía al militarismo y a los dictadores, quería la separación del Estado y la Iglesia, y pugnaba por la creación de una sociedad civil y democrática. En la mayoría de los países, los liberales eran perseguidos, encarcelados, expulsados y asesinados por los regímenes brutales que, con pocas excepciones (Chile, Costa Rica, Uruguay y nada más), florecieron en la región. Ya en el siglo XX, la revolución, no la democracia, era la aspiración de las élites intelectuales de avanzada; aspiración compartida por miles de jóvenes que querían imitar el ejemplo guerrillero de Fidel Castro y sus barbudos de Sierra Maestra. Marx, Fidel y el Che Guevara se volvieron iconos de la izquierda y la extrema izquierda. En ese contexto, los liberales eran considerados conservadores, defensores del statu quo. Desfigurados y caricaturizados, los liberales y sus ideas sólo penetraron en pequeños círculos y estaban lejos del alcance de la mayor parte de la gente. La confusión sobre el liberalismo estaba tan extendida que los liberales latinoamericanos tuvieron que dedicar mucho tiempo y esfuerzo en desmentir las distorsiones y ridículas acusaciones que les caían por izquierda y por derecha.

Sólo hasta las últimas décadas del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar en Latinoamérica y los liberales son reconocidos como algo profundamente diferente a la izquierda marxista y a la ultraderecha, y es importante decir que gran parte del mérito, al menos en la esfera cultural, es del poeta y ensayista Octavio Paz y de Plural y Vuelta, las revistas que él publicó. Tras la caída del muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y la conversión de China al capitalismo (un capitalismo autoritario), las ideas políticas también evolucionaron en América Latina y la cultura de la libertad tuvo importantes victorias en toda la región.

Dicho esto, es difícil todavía para mucha gente ponerse de acuerdo en el significado de la palabra liberal . Para complicar más el asunto, los mismos liberales no se ponen de acuerdo en qué es el liberalismo y qué significa ser liberal. Todo aquél que haya tenido la oportunidad de ir a un encuentro de liberales sabe que suelen ser muy divertidos, porque hay más desacuerdos que coincidencias y porque, como sucedía con los trotskistas cuando existían, cada liberal es potencialmente y de manera simultánea un hereje y un sectario.

Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión dogmática, sino una doctrina abierta y evolucionada que cede ante la realidad en vez de esperar que la realidad ceda ante ella, hay diversas corrientes y profundas discrepancias entre liberales. En lo que se refiere a la religión y los temas sociales, liberales como yo, que somos agnósticos, apoyamos la separación iglesia-Estado y defendemos la legalización del aborto, las drogas y el matrimonio gay, somos duramente criticados por otros liberales que tienen ideas contrarias en estos tópicos. Estos enfrentamientos son sanos y útiles porque no violan los preceptos fundamentales del liberalismo, que son la democracia, la economía de mercado y la defensa de los intereses del individuo por encima de los del Estado.

Por ejemplo, hay liberales que creen que es en el plano económico en el que se pueden solucionar todos los problemas y que el libre mercado es la panacea para todo, desde la pobreza al desempleo, la discriminación y la exclusión social. Estos liberales, auténticos algoritmos vivientes, le han hecho más daño a la causa de la libertad que los marxistas, primeros campeones de la absurda teoría de que la economía es la fuerza detrás de la historia y la base de la civilización. Simplemente, no es cierto. La ideas y la cultura son las que diferencian a la civilización de la barbarie, no la economía. La economía por sí sola, sin el soporte de ideas y cultura, puede parecer ideal en papel, pero no provee de un sentido de la vida a las personas; no ofrece razones individuales para resistirse a la adversidad ni para mantenernos unidos con compasión; tampoco nos permite vivir en un ambiente penetrado por la humanidad. Es la cultura, un cuerpo de ideas compartidas, creencias y costumbres -entre las cuales ha de incluirse la religión, desde luego- la que da calor y vida a la democracia y salva a la economía de mercado, con sus frías matemáticas que recompensan el éxito y castigan el fracaso, de convertirse en una batalla darwiniana en la que hay, como dijo Isaiah Berlin, libertad para los lobos y muerte para los corderos . El libre mercado es el mejor mecanismo existente para producir riqueza y, acompañado por otros mecanismos e instituciones democráticas, puede hacer despegar el crecimiento material de una nación a las alturas espectaculares que conocemos. Pero es también un instrumento implacable que puede reducir la vida a una lucha feroz en la que sólo el más fuerte sobrevive, si no es acompañado por el componente intelectual y espiritual que la cultura representa.

Así, como liberal aspiro a considerar la libertad como un valor fundamental. Gracias a la libertad, los seres humanos han sido capaces de alzarse de las cuevas a las estrellas y a la revolución de la información; al progreso de varias formas colectivistas y despóticas de asociación a los derechos humanos y la democracia representativa. Los cimientos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho; este sistema garantiza la menor cantidad posible de injusticias, produce el más grande progreso material e intelectual, de manera más efectiva mantiene a raya la violencia y provee el más grande respeto a los derechos humanos. De acuerdo con este concepto de liberalismo, la libertad es un único concepto unificado. Las libertades políticas y económicas son tan inseparables como los dos lados de una medalla. Como la libertad no se ha entendido así en Latinoamérica, la región acumula varios intentos fallidos de democracia. Esto fue porque las democracias que emergieron tras las dictaduras respetaron las libertades políticas, pero no así las económicas, o porque dieron lugar a regímenes autoritarios convencidos de que sólo la mano dura y la represión podían garantizar el funcionamiento del libre mercado. Esta peligrosa falacia fue demostrada en países como Perú durante la dictadura de Alberto Fujimori y en Chile, bajo el régimen de Augusto Pinochet. El verdadero progreso nunca ha surgido de este tipo de gobiernos. Esto explica el fracaso de las llamadas dictaduras libremercadistas . Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia independiente y eficiente, y ninguna reforma puede funcionar sin la crítica de la opinión pública que únicamente la democracia permite. Aquellos que creen que el general Pinochet es la excepción de la regla porque su régimen tuvo éxito económico, han descubierto después, con las revelaciones del asesinato de miles de sus ciudadanos y de cuentas secretas y millones de dólares acumulados en el extranjero, que el dictador chileno, como tantos de sus colegas, fue no sólo un asesino sino también un ladrón.

Democracia, libertad de prensa y libre mercado son las bases de la posición liberal. Pero, así formuladas, estas tres expresiones tienen una cualidad abstracta, algebraica, que las deshumaniza y aleja de la gente común. El liberalismo va mucho, mucho más allá. Básicamente, es tolerancia y respeto por los demás, especialmente por aquellos que piensan diferente, que tienen otras costumbres y adoran a otro dios o no son creyentes. Cuando aceptaron vivir con aquellos que son diferentes, los seres humanos tomaron el más extraordinario paso en el camino de la civilización. Es una actitud o voluntad que precedió a la democracia y la hizo posible, contribuyendo más que cualquier otro descubrimiento científico o sistema filosófico para contrarrestar la violencia y calmar el instinto asesino en las relaciones humanas. Es también lo que despertó la desconfianza natural en el poder, en cualquier poder, que es algo así como una segunda naturaleza para nosotros los liberales.

No podemos existir sin el poder, excepto por supuesto en esas adorables utopías de los anarquistas. Pero puede vigilarse y tener contrapesos para que no se convierta en un exceso. Es posible retirarle sus facultades ilegales que oprimen al individuo, cuya libre existencia es la piedra de toque de la sociedad, según lo creemos nosotros los liberales, y cuyos derechos deben respetarse y garantizarse. Violar esos derechos inevitablemente genera una serie cada vez mayor de abusos, que como ondas concéntricas van barriendo la mera idea de la justicia social.

Defender al individuo es la consecuencia natural de creer en la libertad como un valor individual por excelencia dentro de la sociedad; la libertad debe medirse por el nivel de autonomía que los ciudadanos disfrutan para organizar su vida y perseguir sus objetivos sin ninguna injusta interferencia, esto es aspirar a la libertad negativa , tal como la definió Isaiah Berlin en su celebrado ensayo. El colectivismo fue inevitable en el nacimiento de la historia, cuando el individuo era simple pieza de una tribu y dependía de toda la sociedad para sobrevivir, pero comenzó a declinar cuando el progreso material e intelectual permitieron al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, las bestias, lo desconocido y lo diferente: aquél con un color de piel distinto, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a través de la historia en esas doctrinas e ideologías que ponen el valor supremo del individuo en su pertenencia a un grupo específico (una raza, clase social, religión o nación). Todas esas doctrinas colectivistas -nazismo, fascismo, fanatismo religioso, comunismo y nacionalismo- son enemigos naturales de la libertad y amargos adversarios de los liberales. En toda era, ese defecto atávico, el colectivismo, ha alzado su fea cabeza para amenazar a la civilización y regresarnos a la edad de la barbarie. Antes se le llamó fascismo y comunismo, hoy es el nacionalismo y el fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, siempre se opuso a la existencia de partidos liberales pues creía que esas agrupaciones políticas, en su intento de monopolizar el liberalismo, terminaban desnaturalizándolo, dándole un enfoque reduccionista, forzándolo en los moldes estrechos de la disputa de poder partidista. En vez de ello, Mises creía que la filosofía liberal debería ser una cultura general compartida por todas las corrientes políticas y movimientos que coexisten en una sociedad abierta que apoya la democracia, una escuela de pensamiento que alimenta lo mismo a socio-cristianos que a radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas demócratas. Hay mucha verdad en esta teoría. Así, en el pasado reciente, hemos visto casos de gobiernos conservadores, como el de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar promoviendo profundas reformas liberales. Al mismo tiempo, hemos visto líderes nominalmente socialistas, como Tony Blair en el Reino Unido, Ricardo Lagos en Chile, y en estos días, José Mujica en Uruguay, implementar políticas económicas y sociales que únicamente pueden definirse como liberales.

Aunque el término liberal sigue siendo una palabra malsonante que toda persona políticamente correcta en Latinoamérica tiene la obligación de detestar, esencialmente las ideas y actitudes liberales han comenzado a contaminar tanto a la izquierda como a la derecha en un continente que, hasta ahora, ha sido de ilusiones perdidas. Esto explica por qué, en años recientes, las democracias latinoamericanas no han colapsado ni han sido sustituidas por regímenes militares, a pesar de las crisis económicas, corrupción y el fracaso de tantos gobiernos de cumplir su potencial. Por supuesto que siguen ahí: Cuba tiene sus fósiles autoritarios, Fidel Castro y su hermano Raúl, quienes después de 54 años de esclavizar a su país son los líderes de la más longeva dictadura en América Latina; la malhadada Venezuela hoy sufre a manos del presidente Nicolás Maduro, el heredero elegido por Hugo Chávez, estatismo y marxismo pronto convertirán a Venezuela en una nueva Cuba. Pero hay dos excepciones en un continente que, y en esto he de ser enfático, nunca había tenido tantos gobiernos civiles nacidos de elecciones relativamente libres. Ahí están los interesantes y prometedores casos de Brasil, donde primero Lula da Silva y luego Dilma Roussef, antes de convertirse en presidentes, enarbolaron la doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda contra el libre mercado, pero que, después de tomar el poder, practicaron la disciplina fiscal y promovieron la inversión extranjera, la inversión privada y la globalización, aunque ambos gobiernos han estado profundamente invadidos por la corrupción, como siempre sucede con los gobiernos populistas, y han fracasado en sus intentos para continuar con las reformas.

Populismo más que la revolución es hoy el mayor obstáculo para el progreso en Latinoamérica. Hay muchas maneras de definir al populismo, pero quizá la más adecuada es la clase de demagogia social y económica que sacrifica el futuro de un país en favor del presente efímero. Con una retórica furiosa, inflamada con bravuconería, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner ha seguido el ejemplo de su esposo, el fallecido presidente Néstor Kirchner, con nacionalizaciones, intervencionismo, control, persecución de la prensa independiente, políticas que han llevado al borde de desintegración al país, potencialmente uno de los más prósperos del mundo. Otros tristes ejemplos de populismo son la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Nicaragua del comandante sandinisita Daniel Ortega, quienes, de varias maneras, siguen implementando la receta estatista y centralista que ha causado tanta devastación en nuestra región.

Pero ellos son la excepción, no la regla, como fue el caso hasta hace no mucho en Latinoamérica, donde no sólo los dictadores están en vías de extinción, también la política económica que mantienen a nuestros países en retraso y pobreza.

Inclusive, la izquierda ha sido renuente a renegar la privatización de las pensiones -que ha sucedido en 11 países latinoamericanos a la fecha- cuando la izquierda más atrasada de Estados Unidos se opone a la privatización de la seguridad social. Éstas son señales positivas de cierta modernización de la izquierda que, sin reconocerlo, admite que el camino para el progreso económico y la justicia social pasa por la democracia y el mercado, lo que los liberales llevan largos años predicando. Si de hecho la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, aunque enmascaradas en una retórica que lo niega, qué mejor. Es un paso adelante que sugiere que Latinoamérica ha finalmente vencido la tara del subdesarrollo y la dictadura. Es un avance, como la emergencia de una derecha civilizada que ya no cree que la solución de los problemas es tocar a la puerta del cuartel militar, sino aceptar el voto y las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otro signo positivo en el panorama lleno de incertidumbre la Latinoamérica contemporánea es que el viejo sentimiento antiestadounidense que impregnaba la región ha ido disminuyendo notablemente. La verdad es que hoy el antiyanquismo es más fuerte en ciertos países europeos como Francia y España que en México o Perú. Ciertamente, la guerra en Irak, por ejemplo, movilizó a grandes sectores a través del espectro político europeo, cuyo único denominador común pareció ser no el amor a la paz sino el resentimiento hacia Estados Unidos. En Latinoamérica, esta movilización fue marginal y prácticamente confinada a la izquierda dura y extrema, a pesar de que en fechas recientes el apoyo de Estados Unidos a la invasión israelí de Gaza y la feroz masacre de población civil que ha tenido lugar han despertado ese sentimiento antiestadounidense que parecía haberse desvanecido.

Hay dos razones para el cambio de actitud hacia Estados Unidos, una pragmática y otra moral. Latinoamérica ha mantenido su sentido común y entiende que por razones geográficas, económicas y políticas, un fluido y robusto comercio con Estados Unidos es indispensable para su desarrollo. Además, la política exterior estadounidense, en vez de dar el espaldarazo a las dictaduras como hizo en el pasado, ahora apoya de manera consistente a las democracias y rechaza las tendencias autoritarias. Esto ha contribuido significativamente a reducir la desconfianza y la hostilidad de las democracias latinoamericanas hacia el poderoso vecino del norte. El acercamiento y colaboración son cruciales para Latinoamérica a fin de rápidamente avanzar en su lucha contra la pobreza y el subdesarrollo.

En años recientes, el liberal que ahora les habla ha sido frecuentemente involucrado en polémicas porque ha defendido la verdadera imagen de Estados Unidos, la cual ha sido obnubilada por pasiones y prejuicios políticos hasta el punto de la caricatura. El problema de nosotros los que tratamos de combatir esos estereotipos nos enfrentamos al hecho de que ningún país produce tanto material artístico e intelectual antiestadounidense como Estados Unidos mismo -el país, no lo olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky- tal que uno debe preguntarse si el antiamericanismo no es uno de esos ingeniosos productos de exportación creados por la CIA para permitir que el imperialismo manipule ideológicamente a la masas del tercer mundo. Previamente, el antiamericanismo fue especialmente popular en Latinoamérica, pero ahora ocurre en algunos países de Europa, especialmente en aquellos que se aferran a un pasado que fue y que se resiste a la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, en un tiempo sólidas e inexpugnables, se han vuelto cada vez más porosas y tenues. Por supuesto, no me gusta todo lo que ocurre en los Estados Unidos. Por ejemplo, lamento el hecho de que varios estados aún apliquen ese horror que es la pena de muerte, así como otras muchas cosas, como que la represión le gane la partida a la persuasión en la guerra contra las drogas, a pesar de las lecciones que dejó la Prohibición. Pero tras hacer las sumas y restas, creo que Estados Unidos tiene la más abierta y funcional democracia del mundo y es la que tiene una mayor capacidad para la autocrítica, lo que le permite renovarse y ponerse al día más rápido, en respuesta a los retos y necesidades del momento histórico presente. Es una democracia a la cual admiro por las mismas razones por las que el profesor Samuel Huntington le temía: la formidable mezcla de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que han logrado subsistir en coexistencia sin destruirse unas a otras, gracias a la igualdad ante la ley y la flexibilidad del sistema, que permite la diversidad en su centro, con el común denominador del respeto a la ley y a los demás.

En mi opinión, la presencia en Estados Unidos de 50 millones de personas de origen latinoamericano no amenaza la cohesión social ni la integridad del país. Al contrario, fortalece la nación al contribuir con una energía cultural y vital en la cual la familia es sagrada. Con su deseo de progreso, capacidad de trabajo y aspiraciones de éxito, esta influencia latinoamericana beneficiará grandemente a la sociedad abierta. Sin renegar de sus orígenes, esta comunidad se integra con lealtad y afecto a su nuevo país y forja unos lazos firmes entre las dos Américas. Esto es algo que yo he conocido de primera mano. Cuando mis padres ya no eran jóvenes, se convirtieron en dos de esos millones de latinoamericanos que migraron a Estados Unidos en busca de las oportunidades que no encontraron en sus propios países. Vivieron en Los Ángeles por casi 25 años, ganando el sustento con sus manos, algo que nunca tuvieron que hacer en Perú. Mi madre trabajó varios años como obrera en una fábrica de ropa llena de mexicanos y centroamericanos, entre los cuales hizo excelentes amigos. Cuando mi padre murió, pensé que mi madre regresaría a Perú, como él se lo había pedido. Pero decidió quedarse allá, vivir sola, e inclusive solicitó y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Después, cuando los dolores de la edad avanzada la obligaron a volver a su país natal, siempre recordó a Estados Unidos, su segunda patria, con orgullo y gratitud. Para ella nunca hubo nada incompatible entre ser peruana y estadounidense; no había ni el más mínimo conflicto de lealtades. Y creo que el caso de mi madre no es excepcional, que millones de latinos sienten lo mismo que ella y son los puentes vivientes entre las dos culturas del continente que hace cinco siglos se integró a Occidente.

Quizá este recuerdo sea algo más que evocación filial. Quizá podamos echar un vistazo al futuro en este ejemplo. Soñamos, como suelen hacer los novelistas: un mundo sin fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de diversas razas, credos y tradiciones coexistiendo en paz gracias a una cultura de libertad en la que las fronteras se convierten en puentes que hombres y mujeres pueden cruzar en búsqueda de sus fines, con ningún otro obstáculo que su libre albedrío.

No será necesario hablar de libertad porque estará en el aire que respiramos y porque seremos todos auténticamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal impregnada por el respeto a la ley y a los derechos humanos se habrá convertido en realidad.

Lindau, agosto 2014.

(Traducción: Concepción Moreno)