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Trump, tarjeta roja
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay personas que confunden el poder con una llave maestra. Creen que sirve igual para abrir una puerta, una caja fuerte o un reglamento. Donald Trump pertenece a esa selecta especie de seres humanos convencidos de que el universo entero es un club privado del cual él es presidente honorario, socio vitalicio y dueño del estacionamiento.
Por eso no sorprende que haya querido meter las manos —penalty— en un asunto disciplinario de la FIFA. Estados Unidos es país anfitrión—pensó Trump— ¿por qué no habría de ser también propietario del reglamento? En su lógica, organizar un torneo equivale a comprarlo.
La historia gira alrededor del delantero estadounidense Folarin Balogun, sancionado con tarjeta roja y, conforme al reglamento futbolístico, suspendido para el siguiente partido. Una norma tan vieja como el futbol mismo.
Pero las reglas tienen un problema, suelen estorbar a quienes están acostumbrados a vivir por encima de ellas. Así que apareció Trump. No como aficionado, no como comentarista, sino casi como abogado defensor del delantero. Una apelación presidencial para que la FIFA reconsiderara el castigo. Como si el reglamento pudiera modificarse con una llamada desde la Casa Blanca. ¿Amenazaría con el cobro de un arancel al elemento con el que están inflados los balones: el aire?
Del orate anaranjado puede esperarse cualquier ocurrencia, y eso dicho sin hacer referencia a su cabellera, que desde hace años desafía simultáneamente las leyes de la gravedad y del buen gusto.
El problema no fue la petición de Trump. El problema fue la actitud de Gianni Infantino. Hay dirigentes que representan instituciones. Otros representan intereses. Infantino, tal parece, representa la avidez económica y la genuflexión frente al poder.
Su apelativo parece una ironía involuntaria. Se apellida Infantino y termina tratándonos como si los infantes fuéramos nosotros, incapaces de distinguir entre la autonomía del deporte y la obediencia al poder político, lo cual es un desatino,
La FIFA presume que el futbol está blindado frente a las interferencias gubernamentales; prohíbe en los estadios mexicanos el grito homofóbico y si éste se presenta cobra una multa, sin embargo, permitió hacer un Mundial en Rusia donde el Movimiento LGBT es ilegal; y en Qatar país que cataloga la homosexualidad como delito.
Pero basta una llamada desde Washington para que esa fortaleza moral empiece a derrumbarse cual castillo de naipes. No importa si Trump consiguió o no modificar la sanción. Lo relevante es que el presidente de la FIFA estuviera dispuesto siquiera a escuchar una gestión política sobre una decisión deportiva. Porque hay puertas que una institución seria ni siquiera debería entreabrir.
En el futbol, como en la justicia, la apariencia también importa. La confianza no sólo depende de que las decisiones sean imparciales; depende de que parezcan imparciales. Y cuando la máxima autoridad del balompié transmite la impresión de que las reglas pueden discutirse en función del tamaño del despacho presidencial, el daño está hecho aunque el marcador no cambie.
Las redes sociales hicieron el resto. Los aficionados comenzaron a preguntarse cuántas tarjetas valía una llamada de la Casa Blanca. Otros propusieron que el “fuera de lugar” existiera a criterio presidencial. No faltó quien sugirió que el VAR debería mudarse a la Oficina Oval para ahorrar tiempo.
El Mundial de 2026 llegó con una extraordinaria expectativa. Millones de aficionados esperaban una fiesta del futbol. Un torneo capaz de unir países, pasiones y culturas alrededor de una pelota. Lo último que necesitaba era sembrar la sospecha de que el árbitro más influyente no lleva silbato, sino título de presidente.
El verdadero examen fue para la FIFA y cuando llegó la hora de defender su independencia, su presidente pareció más dispuesto a inclinar la cabeza que a levantar la tarjeta roja.
Las reglas del futbol son sencillas: el árbitro manda en la cancha. Las de la FIFA, al parecer, son todavía más sencillas: depende de quién llame por teléfono.
La verdadera expulsión es la del sentido común.