Lectura 6:00 min
El triunfo de un populismo saludable
Si bien las recientes movilizaciones políticas en Hungría, Albania y otras partes de Europa Central y Oriental podrían describirse como populistas y nacionalistas, tienen poco en común con el etnonacionalismo agresivo que profesa MAGA. ¿Podrían servir de modelo para una nueva forma de hacer política?
Project Syndicate
PRINCETON—Según la opinión generalizada, la política del siglo XXI está marcada por una reacción autocrática y etnonacionalista contra el capitalismo global y la democracia liberal. Sin embargo, los últimos acontecimientos han puesto de manifiesto que esta revuelta política presenta matices más complejos. En una era de rápidos cambios tecnológicos y económicos, la gente recurre invariablemente al pasado. Pero la nostalgia puede inspirar tanto a los etnonacionalistas como a quienes buscan resistirse a la autocracia.
Esta perspectiva puede ayudarnos a comprender por qué Donald Trump ha llegado al poder en dos ocasiones en Estados Unidos con la promesa de restaurar la grandeza nacional. Mientras muchos se debaten con la paradoja de un presidente antiglobalista que persigue constantemente “acuerdos” por todo el mundo, Europa Central y del Este podría tener la clave para replantear la cuestión. Entre 1989 y 1991, esta región fue escenario del terremoto político más trascendental de finales del siglo XX. La población se movilizó en torno a una visión del liberalismo y la democracia mezclada con el nacionalismo para rechazar el internacionalismo comunista de la era soviética.
Hoy en día, la región constituye el epicentro de una nueva afirmación del nacionalismo contra la autocracia, pero también contra las intromisiones extranjeras. Las dos señales más llamativas de este nuevo reajuste político son la aplastante derrota de Viktor Orbán frente a Péter Magyar en las elecciones húngaras de abril y la resistencia de Albania a los planes de la familia Trump de convertir la isla de Sazan en un llamativo destino turístico.
Aunque no existe una única explicación para la victoria de Magyar, no se puede ignorar su énfasis en la identidad nacional, la corrupción y las intervenciones extranjeras en la política húngara. Trump, el vicepresidente de EU JD Vance, Tucker Carlson y otros populistas de derecha estadounidenses querían claramente utilizar Hungría para internacionalizar el movimiento MAGA, y la injerencia del presidente ruso Vladimir Putin en los asuntos húngaros no era ningún secreto. En vísperas de las elecciones, los manifestantes húngaros retomaron un eslogan asociado a la revuelta antisoviética de 1956: Ruszkik haza! (¡Rusos, a casa!).
En Albania, la ciudadanía se está movilizando contra el plan de Ivanka Trump y Jared Kushner de construir un complejo turístico de lujo en Sazan, así como de urbanizar las playas de lo que actualmente es una reserva natural costera en Pishë Poro-Narta. La esperanza de Ivanka de atender a la élite mundial recuerda inmediatamente la propuesta insensata e inmoral de su padre de convertir Gaza en un complejo turístico de playa de lujo. Los albaneses se han dado cuenta y han lanzado una campaña populista para preservar tanto sus playas vírgenes como sus valores. Consideran que los proyectos turísticos para la clase multimillonaria son una maldición, no una bendición. Los nuevos proyectos de desarrollo e inversión deberían promover el bienestar de los albaneses, en lugar de beneficiar a una monoindustria explotadora.
Estas recientes revueltas contra las intromisiones extranjeras y corruptas pueden apuntar a un nuevo modelo de movilización política. Lo que estamos presenciando no es una expresión del mismo etnonacionalismo agresivo que profesan muchos seguidores de MAGA, sino algo diferente.
Consideremos otro paralelismo histórico. En Vilna, la capital lituana, donde a muchos les preocupa que puedan ser el próximo objetivo del Kremlin, este mes se celebrará una exposición en la que se mostrarán coronas funerarias recientemente redescubiertas del Gran Ducado de Lituania del siglo XVI, un estado que en su día se extendía desde el Báltico hasta lo más profundo de la actual Ucrania. Tres figuras destacadas ocupan un lugar central en esta exposición: Alejandro Jagellón, rey de Polonia y gran duque de Lituania; su madre, Isabel de Austria, que acabó dando a luz a cuatro hijos que se convirtieron en reyes; y Bárbara Radziwiłł, la segunda esposa de Segismundo II Augusto, rey de Polonia y gran duque de Lituania. Las tres coronas proceden, por tanto, de la edad de oro de una dinastía que unía gran parte de Europa Central.
Los hallazgos tienen su propia y fascinante historia. Aunque los restos mortales de los miembros de la realeza polaco-lituana fueron encontrados, por casualidad, en 1931, en el entonces Estado independiente de Lituania, fueron ocultados al estallar la Segunda Guerra Mundial y no se redescubrieron hasta 2024. Ahora, las insignias reales no solo son símbolos nacionales, sino también recordatorios de un pasado compartido. Cuando estaban en uso, las coronas representaban la autoridad legítima ejercida en lo que los estudiosos modernos denominan “monarquías compuestas”: las complejas redes matrimoniales que unían a Castilla, Aragón y Cataluña, o a Inglaterra, Gales y Escocia.
Para Magyar, la corona de San Esteban, del siglo XI, es también un punto de referencia fundamental. Después de que se hiciera viral una foto suya rezando frente a la vitrina donde se exhibe la corona en la Sala de la Cúpula del Parlamento húngaro, aprovechó ese momento para insistir en que todos los nuevos diputados prestaran juramento sobre el artefacto sagrado.
La corona de San Esteban es, asimismo, un símbolo de la monarquía compuesta y de la resiliencia de Hungría frente a las derrotas y reveses del pasado. La llevaba puesta el último rey jagellónico de Hungría, Luis II, cuando murió en una zanja durante la batalla de Mohács en 1526. Después de que sus sirvientes encontraran la corona en el barro del arroyo Csele, pasó a ser lucida por casi todos los monarcas de la dinastía de los Habsburgo hasta el fin de la monarquía (solo José II, de carácter abiertamente laico, rechazó la tradición). Posteriormente, la corona fue sacada de contrabando de Hungría al final de la Segunda Guerra Mundial y se conservó en Fort Knox, Kentucky, junto con las reservas de oro de Estados Unidos, hasta su devolución en 1978.
En todos estos casos, los Estados europeos más pequeños están promoviendo la idea de que la autoridad legítima puede derivarse de una historia compartida. Han encontrado una herramienta poderosa con la que contrarrestar un proyecto etnonacionalista extranjero que, en realidad, está impulsado por intereses comerciales, políticos y militares. Si se comparan con auténticas coronas medievales que aún conservan su significado político en una era de cinismo, las llamativas y doradas propuestas de Trump pueden tener pocas posibilidades.
El autor
Harold James, catedrático de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, es autor, entre otras obras, de Seven Crashes: The Economic Crises That Shaped Globalization (Yale University Press, 2023).
Copyright: Project Syndicate, 1995 - 2026
www.project-syndicate.org