Lectura 7:00 min
La tribuna grita gol: Eduardo Sacheri y su tiro de castigo
Hoy comienzo La tribuna grita gol, serie muy mundialista y literaria sobre algunos autores que escriben como quien entra al área y hace tres gambetas, o tiran un fierrazo que no lo para ni Lev Yashin, o que saben repartir el juego con generosidad. El primero, el argentino Eduardo Sacheri.
Opinión
Esta temporada mundialista ha sacado lo peor de la Ciudad de México. A menos de dos semanas de la inauguración el 11 de junio en el Azteca (todos sabemos que siempre y ad aeternum será el Estadio Azteca) la capital es un desastre.
Me dirán que está ciudad lleva años manteniendo a sus habitantes en modo supervivencia. Bueno, ahora está peor. Supongo que Clara Brugada invita a los visitantes el combo perfecto de conozca-la-CDMX-como-los-locales: comida de barrio que induce alucinaciones de los dioses aztecas, surf en el metro, tirolesa en el cablebús, hiking en Tlalpan a hora pico bajo lluvia y el tráfico parado. Los ajolotes morados ya son su propio género artístico. Ustedes que coleccionaron los billetes de cincuenta pesos tienen la culpa.
Pero el futbol es lo que importa. Deberíamos estar contentos, es el tercer Mundial en nuestro país. Venga, gente, un poco de espíritu. El Panini siempre es un buen termómetro del entusiasmo. El álbum está en todas partes y veo el mismo furor por llenarlo como en cada copa que he vivido, así que supongo que ahí la llevamos.
Vamos a hablar del jogo bonito en la página, de la literatura del futbol, que para eso los traje acá. Y les voy a contar de un héroe reciente, la nueva adquisición del club: el argentino Eduardo Sacheri. Digo que el fichaje millonario es nuevo porque, ja, lo acabo de descubrir en el llano de mis libros por leer.
A Sacheri lo conocí en persona en la Feria del Libro de León, Guanajuato. En una pequeña sala de prensa en la que estábamos unos cuantos periodistas, Sacheri fue sencillo y divertido. Le pregunté si la vida era diferente después del Oscar (El secreto de sus ojos, del director Juan José Campanella, basada en una novela de Sacheri, se llevó la estatuilla a mejor película extranjera; Sacheri también ejerció de guionista). Palabras más o menos, Sacheri: “Fuera de que gané dinero, sigo dando clases en la misma escuela, apoyando al mismo cuadro y durmiendo con la misma mujer”. Sacheri le va a Independiente, por cierto. Es fanático sufridor.
Cae bien, ¿no? Pues sí, compré un librito, La vida que pensamos: cuentos de fútbol (Alfaguara) y me lo llevé con la idea de leerlo en el camino de regreso. Soy infiel a mis promesas: lo metí en la maleta y llegando a casa simplemente lo puse en la pila. Tardaría varios años en hacerle caso. Idiota que soy porque son cuentos chulos.
¿De qué van los cuentos de Sacheri? De gente común, o debo decir, de hombres comunes—porque eso sí, el libro es una carni-salchichonería donde las salchichas están al dos por uno, ni una mujer a la vista excepto como objeto de deseo o cable a tierra: madres, esposas, abuelas, novias— a quienes el futbol les ha hecho vivir. Experimentar la propia mortalidad, o la mortalidad de los padres. El riesgo de ser un fan kamikaze. Crecer, aprender a amar, rescatar algo. Los goles a favor y los penaltis en contra de la vida. Sentir sentir sentir.
Porque en la cancha se vale llorar, enojarse, gritar. Llama sobre todo la atención el llanto. Se puede decir que los argentinos son cursis en lo tocante al futbol (“el fulbito”, como le dicen ellos, aunque Sacheri nunca usa el término en sus cuentos, no sé si le cause escozor), pero esos rosarios de emociones y desfiguros llorantes se han visto en las canchas de todo el mundo. Hasta Cristiano Ronaldo, siempre tan compuesto, lloró cuando Portugal ganó la Liga de Naciones en 2025. Se puede concluir que a los hombres les gusta llorar cuando hay una pelotita en movimiento que se mete en la portería.
En los cuentos de Sacheri hay, por decir algo, un padre e hijo que no pueden estar en la misma pieza sin lastimarse uno al otro. Pero hay una radio, un partido contra Boca, y un amor tenso sin expresarse entre ambos hombres. O un chamaco (disculparán el mexicanismo, no le voy a decir pibe) que dice ser de River pero, con el padre fanático de otro equipo, descubre sus verdaderos colores cuando hay un robo de último minuto. Están los adolescentes que juegan juntos durante cinco años sólo para ser las leyendas de su preparatoria o los que buscan que un entrenador los descubra y los salve de la pobreza, la desesperación. Las promesas postreras que hay que cumplir porque el honor—el amor—está en juego. El viejo que va enfermo grave al estadio o el otro viejo que se pone de pie cuando descubre un verdadero crack en la cancha de tierra de un pueblo perdido.
Hay comedia. Mi cuento favorito es “El Apocalipsis según el Chato”, sobre dos primos que se odian a muerte, no dejan de competir, de sabotearse. Qué digo sabotearse: de destruirse hasta hacerse mierda uno al otro. La apoteosis llega, como siempre, en una cancha. Hay un plan que incluye a unos aleluyos. No le estoy haciendo justicia pero solté la carcajada un par de veces.
En estos cuentos casi perfectos, Eduardo Sacheri hace que el lector se enamore del juego. Quizá estoy exagerando porque a mí me gustan los deportes (el fut es el que me gusta menos, pero mi sangre es azul y mi piel dorada, puma por herencia y convicción) y tengo el punto de vista deformado por mi afición. Me gustaría saber qué opinaría alguien ajeno al juego, que incluso lo deteste.
En Goodreads leí la reseña de una lectora que se quejaba que no había cuentos sobre Boca o River, como si el libro les faltara al respeto a los fanáticos argentinos xeneizes o millonarios. No estoy de acuerdo, en Argentina hay cientos de clubes y creo que Sacheri hace bien en dedicar espacio a equipos pequeños pero grandes en fervor. Quizá también sea un coraje entripado y soterrado porque Sacheri, como ya dije, es de Independiente, rival histórico de Boca y River por los campeonatos de la liga, y suele perder. Pero da gusto que los cuentos sacherianos mencionen a equipos como San Lorenzo, Huracán, Gimnasia o, mi favorito, el Club Deportivo Morón (“el Gallo”) y su rivalidad amarga con el Chicago en la segunda división argentina.
Justo en estos días mundialistas se lanza en México El fútbol, de la mano (Debolsillo), compilación de las columnas de Sacheri en El Gráfico, el periódico definitivo del futbol argentino. El primer texto trata del insomnio del escritor y el absurdo de contar ovejas. No, Sacheri tiene una hipnosis mejor: perfilarse para tiros de castigo. Planear tiro a tiro, pero planearlos completamente: si de zurda o diestra, a primer palo o a segundo, apuntar por encima de la barrera, tirar un buscapiés o aventurarse con un chanfle. Con el estadio lleno o en la soledad del llano. Un tiro tras otro, uno y otro, uno y otro…
A Sacheri lo voy a leer completo. Sus novelas La noche de la Usina, El secretos de sus ojos y Demasiado lejos (todas en Alfaguara) ya están en la fila. Nada más termino las memorias de José Ramón Fernández y me voy a ensacheriar, se los advierto por si me vuelvo repetitiva. Los juegos hay que jugarlos y a Sacheri hay que leerlo.