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Reflexiones sobre la democracia: nos divide el miedo
Augusto del Río | Columna invitada
América Latina lleva años describiendo su problema político como polarización. Pero la palabra se ha vuelto tan familiar que ya casi no dice nada. La usamos para hablar de todo: cuando la gente se pelea en TikTok, cuando los partidos no se ponen de acuerdo, cuando hay discursos que dividen. Y en ese uso indiscriminado perdemos lo que realmente está pasando, que me parece más preocupante que el fenómeno mismo.
En México, cuando se le pregunta a la ciudadanía cuál es su problema más urgente, el extremismo y la polarización política aparecen solo en el 6% de las menciones, según el estudio Latam Pulse de febrero de 2026. La corrupción llega al 46%. La inseguridad, al 39%. Es decir: la gente está profundamente dividida, pero no principalmente por ideología. Está dividida por hartazgo, por desconfianza y por problemas concretos que nadie ha resuelto en décadas.
Ahí está el nudo. Tendemos a leer la polarización como un fenómeno de ideas —derecha contra izquierda, conservadores contra progresistas— cuando es, sobre todo, un fenómeno de agotamiento social. La gente no se radicaliza porque de pronto descubrió la teoría política, se radicaliza porque lleva años esperando que algo mejore y nada mejora. Y en ese vacío, el discurso que señala a un enemigo es el libreto perfecto —el de allá, el del otro bando, el que tiene la culpa de todo—
El fenómeno no es exclusivo de México. Hace unos días, Perú celebró segunda vuelta presidencial entre dos candidatos que representan polos opuestos del espectro. Datos de DINAMIC revelan que durante la jornada, el 22% del debate a favor de Keiko Fujimori no hablaba de ella ni de sus propuestas. Hablaba de no querer parecerse a Venezuela, del comunismo, del terrorismo. La narrativa más poderosa a su favor no fue que ella fuera buena opción, sino que el otro era peor. Se trató de un voto de contención, no de convicción.
En Colombia, que va a segunda vuelta el 21 de junio, las cosas pintan igual.
El patrón es el mismo en muchos países de América Latina.
Me pregunto, ¿el significado de democracia está cambiando? Parece que votar ya no es un acto de construcción sino un acto defensivo. Donde no eliges lo que quieres, sino lo que menos te aterra. Ese desplazamiento —de la esperanza al miedo como combustible electoral— cambia algo más que el estado de ánimo. Cambia la calidad del mandato. Un gobierno elegido por miedo no recibe un encargo de transformación; recibe un encargo de contención. Y contener, tarde o temprano, no alcanza.
Lo peligroso no es solo la confrontación. Es lo que viene después de ella: la fatiga. Ciudadanos que se cansan, que se retiran emocionalmente, que dejan de creer que participar sirve de algo. Una democracia vaciada de participación genuina sigue teniendo sus formas —elecciones, partidos, congresos— pero pierde su sustancia. Las sociedades que se cohesionan por miedo tienen una historia bastante consistente de acabar mal.
Y hay un último detalle del caso peruano que me parece relevante: DINAMIC revela que 4% de las conversaciones en redes no apoyaba a ninguno de los dos candidatos. No al de izquierda, no a la de derecha. La salida que encontraron fue el voto nulo, el voto en blanco, la protesta silenciosa. Algunos pensarán que es un volumen bajo de usuarios, pero ese 4% me parece la señal más honesta de todas: la de quienes ya ni siquiera juegan el juego del miedo, los que se salieron de la cancha. Primero votamos por lo que nos aterra menos. Luego dejamos de votar. ¿A ello estamos condenados? ¿Cómo los modelos democráticos podrán resistir la fatiga?