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Palabras vacías
Lucía Melgar | Transmutaciones
Las promesas de cambio, las reformas legales, la emisión de nuevas leyes siguen siendo palabras huecas con que las autoridades pretenden sosegar a una población cada día más golpeada por la crisis de seguridad, las dificultades económicas, el desorden urbano y el peso del autoritarismo. En esta época de discursos mentirosos, de descarada demagogia, donde los líderes del país todavía más poderoso pretenden actualizar el lenguaje de las Cruzadas o dar clases de teología al Papa, las manipulaciones del lenguaje del gobierno mexicano pueden parecer vicios menores, clichés de un discurso populista dizque de izquierda.
Presentarse como progresista en el ámbito internacional y defender al pueblo cubano sin condenar a su ignominioso gobierno dictatorial (que encarcela y tortura a la disidencia, como en Nicaragua, tampoco mencionada); apelar al nacionalismo ante el embate neoimperial, mientras se sigue atacando desde las “mañaneras” a los “adversarios”, las voces críticas y a los organismos y ONGs que señalan graves violaciones a los derechos humanos; seguir prometiendo justicia, verdad y “todo el peso de la ley” a una sociedad harta de crímenes, sin haber reformado las fiscalías ni investigado y sancionado a funcionarios ineptos, posiblemente coludidos con criminales de todo tipo, sin aclarar el caso Teuchitlán, sin ocuparse de prevenir, investigar, castigar la trata de personas que está detrás de feminicidios y desapariciones de mujeres y niñas; asegurar al mundo que este “gobierno del pueblo” trabaja por el “bienestar” de todos y “primero los pobres”, cuando se siguen dilapidando recursos públicos en obras faraónicas mal construidas o se deja al garete el mantenimiento de infraestructura básica y estratégica, y se tolera la corrupción de los cercanos al régimen, no es sólo caer en contradicciones circunstanciales: es optar por una estrategia de negación y elusión de la realidad y de las responsabilidades del Estado.
Con mayor o mayor ahínco, gobiernos locales, como el de la CDMX, han optado por reproducir esta estrategia discursiva que secuestra el sentido original de las palabras, incluso liberadoras, en su pretensión de dominar el discurso y el pensamiento colectivo. Así, no sólo deberíamos creer que la presidentA y la jefa de gobierno son “feministas” sino que vivimos en una capital “feminista” y de “derechos humanos”, donde se hace Justicia, dicen, aunque arrastremos una fiscalía incapaz y corrupta, con funcionarias/os que obligan a las familias a “esperar 72 horas” antes de iniciar una denuncia de desaparición, que exigen dinero para investigar (el caso terrible de Edith Guadalupe no es único); una ciudad donde las autoridades se felicitan a sí mismas por reducir homicidios y feminicidios (aunque aumenten las desapariciones o los asesinatos por razones indefinidas) y donde, para mayor tranquilidad de la ciudadanía, se responde a las necesidades y demandas sociales inaugurando “utopías” (según la propaganda continua en el Metro), ampliando banquetas en calles estrechas (como Avenida de la Paz en San Ángel y muchas otras) , “preparándonos para el Mundial” que, suponen, traerá ingentes recursos y felicidad a los/as capitalinos/as (aunque muchos ya preparen protestas).
Torcer el sentido de las palabras forma parte de la tradición política mexicana (reléanse “El gesticulador” de Usigli o los discursos de Echeverría y AMLO), lo cual no implica que debamos seguir tolerando la mentira y la manipulación en la política. Ni el actual régimen es progresista, ni la presidenta o la jefa de gobierno o la secretaría de las mujeres o la fiscalía son feministas o promueven la igualdad, libertad y seguridad de las mujeres. Aumentar las penas por feminicidio, como se ha hecho, sin prevenir y sancionar la violencia – incluyendo el acoso sexual en instituciones gubernamentales, sin transformar la educación, es mera demagogia punitivista.
Si contáramos con una oposición organizada, en el sentido original de la palabra, podríamos al menos vislumbrar una transición política viable. Por desgracia, ahí también abundan los gesticuladores. Empecemos entonces por rechazar la manipulación autoritaria; recuperemos la palabra para decir nuestra realidad. Y cambiarla.