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Norteamérica rota: tres modelos ante la crisis
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
La oficina de estadísticas de Canadá confirmó que, durante el primer trimestre de este 2026, su economía se contrajo 0.1%, cifra que se suma a la caída de 1.0% al cierre del año pasado. Con esto, nuestro socio entró formalmente en una recesión técnica.
Y aunque suene como un problema lejano, este tropiezo va más allá de un fenómeno interno; es un recordatorio brutal para nosotros. Tanto Canadá como México compartimos una misma condición de vulnerabilidad estructural frente a las sacudidas políticas que emanan de Estados Unidos.
La desaceleración canadiense lleva el nombre de Donald Trump debido a la incertidumbre arancelaria que ha impuesto a sectores clave como el automotriz, metalúrgico, energético y forestal, entre otros. Estas medidas han afectado los flujos de mercancías y la confianza empresarial, asfixiada por la política comercial de su vecino del sur.
La propia economía de Estados Unidos sufre los impactos de la política comercial de su Presidente. Lo interesante ahora es la respuesta política que tendrán los tres países ante una crisis generada por estas estrategias arancelarias del republicano.
Los tres firmantes del mismo acuerdo comercial corren sobre vías ideológicas radicalmente opuestas, lo que perfila perspectivas de futuro diferentes.
En México, a las malas noticias comerciales se suman las nubes negras de un régimen que ya no esconde su vena autoritaria, que ha desmantelado los contrapesos institucionales y ahora electorales, lo que le permite navegar sin controles judiciales ni legislativos efectivos. Esta discrecionalidad expone a la economía a la inestabilidad de las decisiones ideológicas.
Así, cuando los capitales tienen que tomar decisiones de inversión en México deben sumar a su costo de oportunidad la incertidumbre comercial regional y la falta de certeza jurídica local, lo que claramente encarece cualquier decisión.
Estados Unidos opera bajo las reglas de un populismo de derecha. Trump acumula un poder que tiene pocos contrapesos reales y su agenda nacionalista hace de la economía más grande del planeta algo impredecible.
Mientras tanto Canadá, con todo y su recesión, contrasta con esos dos polos con un primer ministro, Mark Carney, que se aleja de las estridencias. El exgobernador del banco central de Canadá y del banco central de Inglaterra tiene a su favor la capacidad de dotar a la democracia parlamentaria de su país de una enorme sensatez técnica.
En el replanteamiento del T-MEC, México prometió “serenidad y paciencia”, una postura que se desmoronó ante la defensa del régimen a Rocha Moya; en contraste, Carney respondió con un agresivo plan de estímulo a la productividad y de atracción de capitales globales.
La recesión de Canadá es algo más que un problema de los canadienses es la primera grieta visible de una región rota, alterada por las presiones de Washington. Ante esa condición económica coyuntural podría parecer que ni la democracia parlamentaria, ni la respuesta en espejo a las políticas de Trump le han funcionado a Mark Carney.
Sin embargo, cuando la realidad de la economía estadounidense se imponga y quede en evidencia la dependencia comercial que tienen con sus dos vecinos, habrá que ver qué modelo político obtiene más ventajas: uno institucional y democrático o el del dogmatismo ideológico, lastrado por el debilitamiento del Estado de derecho y la infiltración de la delincuencia organizada en la vida pública.