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Opinión

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¡Qué lecciones debe aprender México del Mundial 2026?

José Nery Pérez Trujillo | Estado, Mercado y Sociedad

El Mundial 2026 no es solo un evento deportivo; representa un experimento de política económica a escala nacional. La organización y los resultados deportivos revelan principios aplicables a la competitividad y productividad de la economía mexicana. En términos macroeconómicos, el torneo se proyecta como un motor de crecimiento: análisis internos estiman que el Mundial puede añadir entre 42 y 62 puntos base al crecimiento del PIB en 2026, gracias al efecto combinado de inversión, consumo y turismo. Además, estimaciones de derrama sitúan el impacto en miles de millones de dólares para la economía mexicana (por ejemplo, entre 2,100 y 3,000 millones de dólares según distintas fuentes). Estos números demuestran que eventos concentrados generan flujos de demanda, pero la verdadera lección está en la sostenibilidad del beneficio.

Desde la teoría del comercio internacional y la ventaja comparativa, el fútbol ilustra cómo países y clubes explotan fortalezas relativas. Alemania y Bayern Munich han invertido décadas en academias y sistemas de scouting, generando talento exportable y retornos por transferencias; ese modelo es comparable al desarrollo de sectores de alto valor agregado para exportación. Corea del Sur y jugadores como Son Heung min muestran cómo disciplina, formación y redes internacionales convierten talento local en ventaja competitiva global. Estados Unidos, con inversión en infraestructura y ligas universitarias, ha creado un ecosistema que alimenta tanto el consumo interno como la exportación de servicios deportivos. Estos ejemplos subrayan la importancia de invertir sostenidamente en capital humano y en instituciones que conecten la oferta local con los mercados globales.

En productividad y planeación estratégica, clubes exitosos como Manchester City combinan datos, procesos y gobernanza corporativa para optimizar su rendimiento. México puede replicar ese enfoque: usar datos para priorizar inversiones, procesos estandarizados para operación y métricas claras de desempeño (KPIs). La experiencia de Brasil en exportación de talento recuerda que la especialización y la integración en cadenas globales generan ingresos recurrentes, no solo picos temporales.

Para capitalizar plenamente la oportunidad del Mundial 2026, habría sido fundamental que el gobierno diseñara un plan que transformara las inversiones en activos productivos y duraderos. Ese plan debió enfocarse en sectores clave como transporte, turismo y formación técnica, garantizando que cada proyecto tuviera indicadores claros y contratos por resultados. Solo así se habría asegurado que el impulso generado por el evento se tradujera en mejoras tangibles para la economía y la sociedad mexicana, pero esto no se hizo en su momento.

Las empresas también tuvieron una ventana única para invertir en la expansión de su capacidad exportadora y en programas de formación dual que vincularán academia con sector productivo. Estas iniciativas habrían elevado la productividad y monetizado el talento local, siguiendo el ejemplo de clubes y países que construyeron ventajas competitivas sostenibles mediante inversión constante en capital humano y conexión internacional. Sin embargo, estas acciones tampoco se emprendieron con la anticipación necesaria.

Asimismo, las instituciones educativas y academias deportivas debieron haber respondido creando programas modulares y certificados, alineados con las necesidades del mercado y con mecanismos efectivos de vinculación internacional. Becas, intercambios y convenios con clubes y empresas habrían abierto puertas para que el talento mexicano se integrara a redes globales, potenciando la especialización y competitividad del país. La colaboración entre gobierno, empresas y sector educativo habría sido indispensable para convertir el impulso temporal del Mundial en una estructura productiva sólida y de largo plazo, pero no se realizó a tiempo.

El Mundial 2026 deja claro que una oportunidad histórica como ésta solo se convierte en motor de desarrollo si se acompaña de inversión estratégica, fortalecimiento del capital humano y una gobernanza enfocada en resultados tangibles. México debe ir más allá del entusiasmo momentáneo y transformar el impulso del evento en una estructura productiva sólida, con visión de largo plazo, alianzas efectivas y políticas que aseguren que los beneficios se traduzcan en progreso real y duradero para la economía y la sociedad mexicana.

José Nery Pérez es economista por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (Tec de Monterrey) y maestro en Política Pública por la Universidad de Chicago. Tiene 20 años de experiencia profesional en las materias de competencia y regulación, análisis de mercados, planeación y evaluación.

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