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Gritarle al vecino
Opinión
Hay una frase que delata más de lo que pretende. Cuando Claudia Sheinbaum advirtió desde el Monumento a la Revolución el fin de semana que Estados Unidos "viene por unos, luego por otros, hasta que el Departamento de Justicia se vuelve el principal elector en México", no defendía a la patria: defendía a su partido. Y la distinción lo es todo.
La soberanía tiene dos rostros. Uno es un principio jurídico legítimo y centenario: la no intervención, la autodeterminación, la Doctrina Estrada, el ADN de un país que conoce en carne propia la asimetría con países más poderosos. El otro es más viejo que el derecho: es el dispositivo que Carl Schmitt describió con frialdad. La política se constituye trazando la línea entre amigo y enemigo, y nada cohesiona a "el pueblo" como un enemigo externo. Ese segundo rostro no protege fronteras: produce obediencia. Convierte al crítico en cómplice del agresor, y a la disidencia en traición.
La izquierda latinoamericana domina ese segundo rostro como nadie, y no por cinismo, sino por genealogía. El antiimperialismo es su mito fundacional (Lázaro Cárdenas, la teoría de la dependencia, Cuba), y por eso lo activa con una credibilidad emocional que a otros les cuesta. Es en realidad un nacionalismo con raices de derecha disfrazados de dignidad nativista. El problema empieza cuando el mito se usa para tapar una herida que no vino de fuera. Es gritarle al vecino por la podredumbre en casa propia.
Y la herida de la 4T es interna. La fiscalía de Nueva York acusó al exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, al alcalde de Culiacán, a un senador y a un presidente municipal en funciones, todos de Morena, de cooperar con el Cártel de Sinaloa. No es un agravio a México: es la factura de la narcopolítica que el movimiento toleró durante años. Pero el gobierno hizo el movimiento de siempre: reencuadró la corrupción como agresión a la soberanía. La denuncia se volvió "campaña mediática"; el acusador, "la ultraderecha estadounidense". Y, revelador, el enemigo terminó con rostro doméstico: la oposición mexicana, supuesta aliada de esa ultraderecha rumbo a 2027.
Ahí está la trampa. Sheinbaum exculpó a Trump y apuntó a sectores difusos para que el verdadero blanco, los críticos internos, quedara envuelto en la bandera. Por si fuera poco, propuso blindar el recurso: una reforma electoral que vuelve la "injerencia extranjera" causal de nulidad. Cuando la soberanía sirve para anular elecciones, dejó de ser diplomacia y se volvió arquitectura de poder. Y no es la primera vez: ya en 2025, cuando Trump ofreció enviar tropas, la respuesta fue el mismo reflejo de dignidad nacional. La diferencia es que entonces el adversario estaba afuera; hoy buena parte está adentro.
El riesgo para la 4T es que la coartada tiene fecha de caducidad. La presión de Washington no cesará: la narcopolítica es uno de los pocos consensos bipartidistas que quedan en Estados Unidos. Cada extradición, cada nuevo nombre en la lista, erosiona el relato de un movimiento "del pueblo y para el pueblo". Llega un punto en que envolverse en la bandera ya no esconde la mancha: la subraya. Y un movimiento que se fundó prometiendo acabar con la corrupción no puede sobrevivir indefinidamente acusando al espejo de injerencia.
Porque la soberanía auténtica se defiende con hechos al sur del Bravo, procesando a los narcopolíticos propios, no solo con discursos dirigidos al norte. Lo demás es patriotismo en la plaza mientras, puertas adentro, se cede lo que de verdad importa: la decencia.
Y de esa cesión ningún enemigo extranjero tiene la culpa.