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Envejecer antes de ser ricos
México envejece aceleradamente antes de enriquecerse, con baja natalidad, informalidad y presión fiscal creciente, sin instituciones sólidas para sostener pensiones, salud y cuidados.
Jorge A. Castañeda | Columna invitada
El Financial Times publicó hace un par de semanas un artículo sobre uno de los fenómenos más importantes que están sucediendo en el mundo y que afectará a todo el planeta: en dos terceras partes de los 195 países del mundo la tasa de fecundidad ya está por debajo del umbral de reemplazo de 2.1 hijos por mujer.
El autor dedicó un espacio a México como caso paradigmático de un fenómeno nuevo: países de ingreso medio que envejecen antes de “hacerse ricos”. Aquí casi nadie lo discute porque nos la vivimos viéndonos el ombligo y en las coyunturas inocuas de la politiquería (Luis Cárdenas dixit).
México cruzó la frontera del reemplazo en 2016 y ocho años después seguimos sin enterarnos. La tasa global de fecundidad, que en 1974 era de 6.7 hijos por mujer, cerró 2024 en 1.89, el mínimo histórico desde que el INEGI lleva registro. En 2023, por primera vez en la historia, la natalidad mexicana cayó por debajo de la estadounidense; en 2024 la brecha se amplió: 1,672,227 nacimientos, 4.5% menos que el año previo y casi 30% por debajo del pico de 2008. Lo que en Corea o Suecia tomó tres generaciones, en México sucedió en una sola.
La aritmética que nos espera, que no parece estarse discutiendo, debería tenernos muy preocupados como nación. La razón de dependencia —cuántos niños y viejos hay por cada cien personas en edad productiva— pasó de 99.7 en 1970 a 50.3 en 2020, y tocará su mínimo histórico hacia 2030. Después vuelve a subir, pero ya no por niños sino por adultos mayores. Para ese mismo año habrá, por primera vez, más mexicanos mayores de 65 que menores de 15: 20.7 millones, contra 8.5 millones en 2007. La edad mediana pasó de 22 años en 2000 a 30.5 hoy, y llegará a 43 en 2050. CEPAL fecha el cierre del bono demográfico en 2034. Llegamos con un PIB per cápita de 15,770 dólares. Japón entró a la misma fase con 40 mil; Corea, con 30 mil. Vamos a envejecer antes de habernos enriquecido, lo que tendrá implicaciones profundas sobre las instituciones de cuidados y salud, de por sí endebles, del Estado mexicano.
El meollo es que la factura mexicana no se parece a la de ningún otro país que esté envejeciendo. El gasto federal en pensiones representa hoy 6.1% del PIB, casi la mitad de la recaudación tributaria, y el CIEP proyecta que rebase 7% hacia 2030. El pasivo actuarial consolidado supera el 120% del PIB. Y todo descansa sobre una pirámide laboral en la que 55% de los ocupados trabaja en la informalidad. La CONSAR reconoce que apenas el 24% de la generación AFORE-IMSS reunirá las semanas mínimas para pensionarse; al resto le tocará la pensión universal no contributiva, que pasó de 0.3% del PIB en 2019 a 1.2% hoy y seguirá subiendo en automático. Las pensiones universales no contributivas ya están estresando las finanzas públicas, y esto solo se va a poner peor. Nadie más en el mundo emergente combina caída demográfica acelerada, recaudación tributaria de 14% del PIB e informalidad estructural del 55%.
La caída de la natalidad es, en palabras de Jesús Fernández-Villaverde, citado por el FT, la pregunta definitoria de nuestro tiempo. Japón, Italia y Alemania llegaron al envejecimiento con productividad acumulada, instituciones sólidas y una base fiscal robusta. Nosotros vamos a llegar con productividad estancada, un sistema de salud fragmentado y con enormes carencias y una conversación pública obsesionada con cualquier otra cosa que no sea la inminente pirámide poblacional que tenemos. El bono demográfico fue nuestra última oportunidad para hacer la tarea —reforma fiscal, formalización, productividad— y se cierra en cuatro años. Peor mientras sigamos discutiendo de los shows de la mañanera.