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Opinión

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La economía de las invenciones

Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada

Hay quienes cuentan la historia de la humanidad a través de las guerras, los imperios o las revoluciones. Pero existe otra manera de entenderla: la de las ideas que, generación tras generación, han transformado la forma en que producimos, vivimos y nos relacionamos. En The Gifts of Athena, el historiador económico Joel Mokyr propone precisamente esa lectura. Sostiene que el progreso de las sociedades puede entenderse como la historia de la acumulación de useful knowledge ("conocimiento útil"): aquel que cada generación hereda, perfecciona y convierte en nuevas soluciones.

Así, la rueda dio paso a medios de transporte más eficientes; la imprenta multiplicó el acceso al conocimiento; la máquina de vapor impulsó la Revolución Industrial; la electricidad transformó la producción; el transistor hizo posible la revolución digital y, hoy, la inteligencia artificial abre una nueva etapa de cambio tecnológico.

Ninguna de estas innovaciones surgió de manera aislada. Todas fueron posibles porque alguien aprovechó el conocimiento existente para llevarlo un paso más allá. Esa capacidad de construir sobre las ideas de otros explica buena parte del desarrollo económico de las naciones. La innovación rara vez es un acto solitario de genialidad; suele ser el resultado de un proceso continuo de aprendizaje y acumulación de conocimiento.

Sin embargo, ese proceso plantea un dilema que ha acompañado a las sociedades durante siglos. El conocimiento genera mayor valor cuando se difunde, pero quienes invierten tiempo, talento y recursos para desarrollar una nueva tecnología necesitan incentivos para hacerlo. Si cualquier innovación pudiera copiarse de inmediato, muchas inversiones simplemente dejarían de realizarse. En el extremo opuesto, si el conocimiento permaneciera oculto, el progreso tecnológico sería mucho más lento.

El sistema de patentes nació precisamente para resolver esa tensión. Más que un mecanismo para restringir el acceso al conocimiento, representa un acuerdo entre la sociedad y los inventores: a cambio de revelar públicamente cómo funciona una invención, el Estado concede un derecho temporal de explotación exclusiva. Al concluir ese plazo, ese conocimiento pasa a formar parte del dominio público y puede servir de base para nuevas innovaciones. Las patentes no solo protegen las invenciones; también alimentan el ciclo continuo de generación y difusión del conocimiento.

Bajo esta perspectiva adquiere especial relevancia que el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) haya sido designado recientemente por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) como Administración encargada de la Búsqueda Internacional y del Examen Preliminar Internacional (ISA/IPEA), en el marco del Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT). Más allá del reconocimiento institucional, esta designación confirma que el IMPI ha desarrollado las capacidades técnicas, operativas y de calidad necesarias para fortalecer la participación de México en el sistema internacional de patentes y ampliar las opciones para personas inventoras y empresas que buscan proteger sus innovaciones.

El verdadero desafío, sin embargo, comienza ahora. En una economía donde el conocimiento representa una parte creciente del valor que generan las empresas y las naciones, proteger las invenciones es indispensable, pero no suficiente. El siguiente paso consiste en fortalecer el ecosistema que permita que ese conocimiento se transforme en innovación, inversión, productividad y bienestar. Ello exige una mayor articulación entre universidades, centros de investigación, empresas, inversionistas e instituciones públicas.

En ese contexto, iniciativas como INNOVAFEST, impulsadas por la Secretaría de Economía, adquieren especial relevancia al propiciar el encuentro entre quienes generan conocimiento, quienes lo transforman en innovación y quienes pueden llevarlo al mercado. Porque el verdadero éxito de una invención no se mide cuando obtiene una patente, sino cuando el conocimiento útil logra convertirse en bienestar y prosperidad compartida.

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Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York

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