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La cultura de la bicicleta

OpiniónEl Economista

Desde que me dieron permiso y bicicleta, me pude escapar a circular por la colonia. Más o menos tendría yo once años. No me veían ni el polvo. Iba al parque, a ver a mi amiga de la cuadra de atrás, al otro parque, a ver cómo era la calle de la primaria de la colonia de enfrente, a la tienda de Doña Mary, es decir, a recorrer el mundo. La bicicleta era mi vehículo de la felicidad. Los años pasaron y en la prepa mi vehículo de la felicidad no me interesó más.

Por ahí del 2008 de gira en Europa quedé fascinada por el uso de la bicicleta en Copenhague. Como estuve ahí un par de semanas, las personas con las que estuve trabajando, además de tener unos horarios envidiables, iban y venían en bici. Así que volviendo de mi gira me compré una bicicleta barata y me propuse dejar el automóvil lo más posible, aprovechando que mi trabajo estaba a 5 kilómetros de mi casa. Por esos mismos años empezó el Ciclotón y el sistema de Ecobici.

En el primer Ciclotón que asistí la estrategia ya era un éxito y había miles de personas. Recuerdo que cuando felicité a Martha Delgado, la entonces secretaria del medio ambiente, me contó brevemente de todas las resistencias que hubo que vencer para quitarle tantita calle a los autos y darle paso a la bicicleta.

La bici barata la vendí a los 6 meses y ya me compré una más decentita, sin canasta y con llantas ligeras. En el 2013 vendí mi auto y me compré una buena bici y así estuve unos años, de ciclista de tiempo completo muy feliz.

Poco, pero algo le entré al activismo ciclista. Recuerdo mucho cómo me sorprendieron las historias de todas las resistencias que ha habido para el avance de este hermoso medio de transporte.

Justo por esos años, tenía yo que recorrer veinte kilómetros diarios por calzada de Tlalpan para dar clases en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Lo que hubiera dado porque hubiera una ciclovía como la recién estrenada en Tlalpan que conecta el sur con el centro. La de sustos que me hubiera evitado con la manchadez de los coches.

El punto al que quiero llegar es que ninguna ciclovía ha sido un paseo por las nubes. Todas y cada una se han ganado con muchas resistencias. La preponderancia del automóvil por sobre todas las cosas es la preponderancia de lo privado sobre lo público. Cuando lo público se asoma, también se asoman las ronchas.

Estimado lector y estimada lectora, si siente usted un irrefrenable deseo de recordarme a mi señora madre por ser fan de la bici y celebrar las ciclovías y todo aquello que promueva el uso de tan bello invento humano, le invito a que vaya el domingo a reforma. Con su INE le prestan una bici – ¡es gratis! – y entréguese a una vueltecita por el ángel y por la Diana cazadora para que se le salga el mal humor y no caiga en la tentación de darse al insulto, el odio y la peladez. Es grosero eso, no lo haga.

Si usted odia a “los ciclistas” en realidad odiará a alguno que otro que se ha pasado de lanza, como tantos y tantos automovilistas o peatones que se pasan de verdura, porque hay personas pasadas de verdura en todos lados, el vehículo no tiene la culpa.

Si usted odia el tráfico, piense que cada ciclista es un auto menos. Ya verá como con esa perspectiva hasta le brota el amor.

La cultura de la bicicleta implica que entendamos que el derecho a la ciudad nos incluye a todas las personas, independientemente de nuestro color de piel o forma de transportarnos.

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