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El changuito Punch y el poder de la ternura
Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
Hace unos días, uno de mis pacientes llegó muy entusiasmado a consulta mostrándome la pantalla de su teléfono.
—Doctora, ¿ya vio al changuito Punch?
En su pantalla aparecía un pequeño mono en un zoológico de Taiwán. Según contaba la historia que circulaba en redes, había sido rechazado por su madre y apartado de su grupo. Los cuidadores, para consolarlo, colocaron en su espacio un pequeño peluche. En el video se le ve abrazándolo con una intensidad que desarma.
La escena se volvió viral: millones de personas comentando, compartiendo y enterneciéndose ante la imagen de un animal diminuto aferrado a un objeto de tela, como si en ese gesto se jugara algo profundamente importante. Y quizá lo sea. Pero lo verdaderamente interesante de la historia de Punch es lo que revela sobre nosotros.
¿Por qué nos conmueve tanto esta escena? La ciencia ofrece algunas respuestas. Hace décadas, el zoólogo Konrad Lorenz describió lo que llamó baby schema, un conjunto de características físicas —como los ojos grandes, la cabeza redondeada y los movimientos torpes— que activan en los humanos una respuesta automática de cuidado y protección. Es el mismo mecanismo que se dispara cuando vemos a un bebé.
La neurociencia moderna ha confirmado que, cuando observamos rostros o criaturas que evocan ternura, se activan regiones del cerebro vinculadas al apego y a la recompensa. Circuitos dopaminérgicos, áreas de la corteza orbitofrontal y estructuras profundas relacionadas con el impulso de cuidar se ponen en marcha casi de inmediato.
En otras palabras, la ternura, lejos de ser un simple sentimiento ingenuo, es un mecanismo biológico profundamente ligado a la supervivencia.
A esto se le suma el fenómeno de las llamadas neuronas espejo, descubiertas por el neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti. Estas neuronas se activan no solo cuando realizamos una acción, sino también cuando observamos a otra persona realizarla o experimentar algo similar.
Al ver al changuito abrazando su peluche, nuestro cerebro reproduce internamente esa escena de vulnerabilidad y de búsqueda de consuelo. Por eso muchas personas describen que el video “les rompió el corazón”. Su sistema emocional está literalmente replicando ese estado.
Pero hay un detalle en la escena que resulta aún más poderoso: el peluche.
En psicología existe el concepto clásico de los objetos transicionales, desarrollado por el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott. Son esos objetos —una manta, un muñeco o una tela, por ejemplo— que los niños utilizan para sentirse seguros cuando la figura de apego no está presente. Funcionan como reguladores emocionales, como un puente entre la angustia y la calma.
Visto desde ahí, el gesto del changuito abrazando su peluche deja de ser solo una escena tierna. Se vuelve el acto profundamente mamífero de buscar desesperadamente consuelo cuando el sistema de apego ha sido fracturado.
También es interesante observar que muchas veces reaccionamos con mayor intensidad ante el sufrimiento de un animal que ante el de un ser humano. Diversos estudios en psicología social han mostrado que las personas suelen responder con más empatía cuando la víctima es un animal. Esto ocurre en parte porque los animales se perciben como seres completamente inocentes. No activan los juicios morales ni las narrativas complejas que solemos proyectar sobre los humanos.
Todos hemos sentido el impulso de proteger a un animal vulnerable. Pero también puede ser que el changuito esté tocando algo más profundo en nosotros. En esta época marcada por el aislamiento, la hiperconectividad digital y una creciente crisis de salud mental, la imagen de un pequeño ser buscando consuelo se convierte fácilmente en un espejo.
Porque todos, en algún momento, hemos necesitado un “peluche”, algo —o alguien— que nos sostenga cuando el mundo se vuelve demasiado grande o demasiado hostil.
Tal vez por eso millones de personas se quedaron mirando ese video. No solo porque se trataba de un animalito tierno, sino porque la escena nos recordó una necesidad profundamente humana.
El problema es cuando esa capacidad de enternecernos se queda únicamente en la viralidad de una pantalla. Vivimos en un mundo donde las imágenes de sufrimiento humano pasan frente a nosotros con una velocidad vertiginosa: migrantes, guerras, violencia cotidiana, jóvenes atravesando crisis emocionales profundas. Consumimos tantas imágenes de este tipo que terminamos insensibilizándonos.
Nos detenemos ante un changuito abrazando un peluche, pero seguimos desplazando con el dedo cuando se trata de un ser humano que sufre. Conviene preguntarnos qué estamos haciendo con esa capacidad innata de sentir ternura.
Una sociedad sana no es aquella que solo se enternece. Es aquella que transforma ese enternecimiento en estructuras reales de cuidado como la comunidad, las políticas de salud mental, los espacios seguros para la infancia y las redes de apoyo para quienes atraviesan dolor. La ternura puede ser una emoción pasajera o el catalizador de una fuerza política.
Tal vez ese pequeño changuito abrazando su peluche nos esté recordando algo esencial. Que todos los seres humanos, sin importar la edad, la historia o el lugar que ocupemos en el mundo, seguimos necesitando lo mismo.
Alguien que nos sostenga cuando la vida duele.
Y una sociedad que no aparte la mirada cuando eso sucede.
Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.