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Opinión

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Una flor perdida

Si las ventas dicen algo, es claro que la carrera de Diana Krall, desde su primer álbum en 1993 despegó y se ha sostenido en su interpretación de clásicos del cancionero americano (los llamados estándares, que comprenden música compuesta entre los años treinta y cincuenta del siglo pasado).

Su voz y solvencia con el piano encajaban perfectamente con un estilo que la coronó después de When I look into your eyes (1999) como una de las reinas del nuevo jazz (junto a la más talentosa Norah Jones), variante fronteriza con ese engendro que los estadounidenses llaman easy listening.

La canadiense ganó Grammys, sus discos se vendieron en todo el mundo, y se convirtió en una de las estrellas del jazz a principios del milenio, cuya cima fue Live in Paris (2002). Sólo The Girl in another room (2004) rompió ese esquema, cuando apostó por canciones originales y material original en colaboración con su marido (Elvis Costello). El esfuerzo tuvo una recepción mixta, y la Krall decidió volver a la senda que le había funcionado. Grabó canciones navideñas en 2005, se aventuró brillantemente en el bossa nova con Quiet Nights (2009) y finalmente volvió a los estándares con Glad Rag Doll de la mano del omnipresente sello de calidad que es T.Bone Burnett.

Tres años después, la cantante deja prácticamente el piano por completo y decide abordar en Wallflower una etapa musical muy distinta, la música de su infancia. Una selección de baladas pop que flotaban en la radio de los años setenta. Álbum a cargo de David Foster, el productor de megaéxitos responsable de la proyección de las carreras de Andrea Bocelli, Michael Bublé, Celine Dion, Rod Stewart y muchos más.

El acercamiento de Foster es pragmático (y simple): arreglos de cuerdas suaves y poco imaginativos escritos por William Ross: un tono melódico sin muchos aspavientos que crea una atmósfera casi monotonal y se sostiene ahí. Música de fondo relajante y casi soporífera.

Su mayor riesgo es abordar un cancionero archiconocido que ha sido grabado e interpretado en docenas de versiones a lo largo de los años. Un riesgo porque detrás del reconocimiento inmediato de quien escucha está más de una referencia, pero para la Krall, y presumiblemente para Foster, es una selección de los nuevos estándares , canciones reconocibles que después casi medio siglo deberían considerarse clásicos.

El disco inicia con una versión soñolienta de California Dreamin’ , canción icónica de The Mamas and the Papas, que en la voz de la Krall parece transportada a una geografía muy distinta. Aún así, es una buena versión. Sigue Desperado , que la Krall aborda en el mismo estilo de Eagles en el original, otra buena nota en un disco que parece despegar bien. Entonces viene una súper lenta versión de Superstar de los Carpenters, y nos empieza a quedar claro que la manera en que Krall buscara dejar su sello en las canciones es a través de la anestesia.

El nombre del álbum viene de Wallflower una oscura y bella canción de Bob Dylan que Diana Krall definitivamente no escuchó en su infancia. Dylan la escribió y grabó en 1971, pero nunca se publicó el disco sino hasta veinte años después como parte de The Bootleg series volumes 1-3 (Rare & Unreleased). La Krall la aborda en versión soft country lo cual hace que sea la única que escapa a los melosos arreglos de cuerdas de Ross.

En la doce pistas, aparecen dos duetos: Alone Again con Michael Bublé y Feels like home con Brian Adams. Ambos canadienses, ambos cercanos a Foster. La primera es uno de los aciertos del disco, probablemente el mejor track. La segunda, de Randy Newman, uno de sus momentos más flojos.

Y es que detrás de Sorry seems to be the hardest word de Elton John se apilan Operator , I’m not in love de 10cc y Don’t dream it’s over de Crowded House , y tal pareciera que la Krall va perdiendo energía y sus versiones cruzan la delgada línea entre lo suave y lo automático. El cierre del disco, ese one-hit wonder australiano parece cantado sin ganas, el tipo de cóver que suena, y perdón si tomo prestada una frase de Simon Cowell, como algo escuchado en el bar de un Holiday Inn en los suburbios de Filadelfia.

Diana Krall vive una crisis de identidad estética que no requiere reinventarse ni descubrir el hilo negro. Lo suyo sigue (y debiera seguir) siendo el jazz, el piano y sus clásicos. Wallflower podrá venderse bien, particularmente si se elige para acompañar un ramo de flores en los próximos días (la fecha del lanzamiento no es coincidencia), pero no merece más futuro que las bocinas ambientales de nuestro café favorito.

Descargar: California Dreamin , Alone Again , Desperado .

Twitter @rgarciamainou

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