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Opinión

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Pagar impuestos, ¡qué friega!

Nunca en el tiempo que llevo publicando en El Economista me he sentado a escribir tan enojado como hoy. Lo he hecho triste, nostálgico, deprimido o enfermo, pero nunca con el enojo que siento en este momento. Les cuento:

De pronto, me percate que es día 9 y tengo que entregar los recibos de mis cobros y las facturas de mis gastos a mi contador que tiene que declarar la provisional de septiembre a más tardar el día 17. De atrasarse un solo día, el Sistema de Administración Tributaria (SAT) me enviará un mensaje donde además de recordarme mi atraso, me conminará a ponerme al corriente lo antes posible bajo la amenaza de una multa. En lo que va del año he recibido dos, coincidentemente las dos en días 19, es decir, a los dos días de mi supuesto atraso. (Digo supuesto, porque en ambos casos ya había pagado cuando recibí los avisos).

Confieso que en el primer aviso con sólo ver el membrete del SAT me puse tan nervioso como ahora mismo debe estarlo Víctor Manuel Vucetich. La rapidez con la que te envían la reclamación de la falta de tu declaración mensual contrasta con la lentitud con la que te dan una cita para inscribirte en el Registro Federal de Contribuyentes o para pedir un cambio de domicilio fiscal -de recibir una devolución ya ni hablamos-.

Pero no es, en sí, tener que pagar impuestos lo que me tiene enfadado (vulgo: encabronado). Aunque debiera estarlo sólo con saber que 13 policías federales a los que se les paga con nuestros impuestos fueron detenidos por secuestrar ciudadanos. Debiera estarlo sólo con pensar que en estos momentos se está gestando la malversación de fondos por parte de algún político bien colocado del que hablaremos escandalizados el próximo sexenio cuando el sujeto no esté localizable o esté -muerto de la risa- tomando un máster de Comunicación y Educación en la Universidad de Barcelona.

Lo anterior me fastidia y me harta, me desagrada, mas no llega a encolerizarme porque a pesar de la friega (vulgo: chinga) que el SAT nos pone a los causantes cautivos, entiendo la previsión del organismo gubernamental para que nadie -con excepción de los consentidos- se atrase en declarar y pagar impuestos. Pensemos que nuestras contribuciones son necesarias para solventar los bien nutridos sueldos y prebendas de nuestros legisladores y altísimos funcionarios que en lo único en lo que jamás fallan es en cobrar -y bien-.

Lo que en este momento me tiene muy disgustado (vulgo: emputado) es que de un tiempo acá, además de pagar impuestos, los ciudadanos tenemos que lidiar con las facturas electrónicas. Al parecer, la Secretaría de Hacienda supone que la Cédula de Identificación Fiscal lleva implícita una certificación de solvencia cibernética mediante la cual el poseedor de la misma, en automático, por el simple hecho de tenerla, sabe manejar una computadora.

Ignoro en qué parte del reglamento fiscal -el actual- se estipule que el comerciante o prestador de servicios, emisor de facturas, puede hacerlo en tres modalidades: Una, la lógica, entregar al comprador que lo pida una factura física -impresa- por el valor de su compra y, en el caso correspondiente, el IVA desglosado. Con esa factura material impresa, el causante se la da a su contador o el mismo la maneja para su correspondiente declaración.

El segundo caso, que está tomando auge de manera absurda -a mi ver- porque no todos los causantes tienen computadora ni pueden alquilar una porque no la saben manejar, ni -mucho menos- tienen un correo electrónico, es el hecho de que el emisor envía la factura, no necesariamente en el momento de la compra, sino cuando ellos lo consideran conveniente (vulgo: cuando se le hinchen los huevos) a la dirección de Internet del contribuyente y éste la imprime para dársela a su contador o manejarla en su declaración de impuestos. Esta modalidad -pienso que usada por quien emite la factura para desalentar la petición y evadir impuestos- nos pone a trabajar horas extras a quienes mes con mes cumplimos con nuestra obligación fiscal, imprimiendo los documentos que nos mandan por Internet. Esto es una de las causas de mi enojo inusitado del día de hoy: tuve que imprimir las facturas que recibí vía electrónica en septiembre. Mientras imprimía, acción que considero una tremenda pérdida de tiempo, surgió en mí el síndrome de Fox, a cada impresión me preguntaba:

¿Y yo por qué?

Pero la tercera opción es la que me parece abusiva en grado extremo (vulgo: son chingaderas) es aquella en la que le dan al comprador, al pedir la factura, un link de Internet para que entre a la página de la empresa emisora, baje su factura y la imprima. Hay veces que, imperiosamente, sólo le dan al cliente tres días para bajarla. En ocasiones, pone uno el link y da con un aviso de página no encontrada .

Hoy he invertido más de seis horas entre imprimir, bajar e imprimir las facturas de septiembre que debo enviar con urgencia a mi contador. Son las 4 de la tarde y tengo que mandar esta colaboración a más tardar a las 8 de la noche. Por eso estoy encabroemputado.

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