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Opinión

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#Ni uno más

El de la foto es Rubelio Fernández+, el mejor periodista de Seguridad, q.p.d.

El sábado estuve en la manifestación de periodistas #Ni uno más . Es la segunda vez que marcho para demandar respeto al derecho de informar. También es la segunda vez que he roto mi compromiso de que el periodista no debe ser la noticia.

La primera vez fue en 1994 y no fue marcha... fue una protesta que duró días. Durante semanas reportee, edité y vendí periódicos en las esquinas de la ciudad para demandar respeto a la libertad de emprender, a la libertad de comercio, y la libertad de que el diario donde yo trabajaba, pudiera circular para informar a los capitalinos. Fuimos a la Procuraduría General de Justicia del DF y a la Cámara de Diputados y encabezaban la manifestación Alejandro Junco y Ramón Alberto Garza.

En ese 1994 como en este 2010, Miguel Angel Granados Chapa estuvo allí en El Angel de la Independencia.

El sábado marché otra vez para exigir respeto a la vida de los periodistas que trabajan como ojos, voces y oídos de la sociedad; para recordar a mi amigo asesinado Roberto Mora, y para no olvidar que como periodista tengo mucho trabajo por hacer, que tengo que seguir preparándome, capacitándome y aprendiendo. Que en este momento tan crítico del país, es más importante que nunca informar seria y éticamente a la sociedad.

Dicen que los reporteros más curtidos, los que más saben que un error cuesta caro y hasta la salud o la vida, son los de la fuente policiaca.

En los 10 años que me tocó el privilegio de fundar y coordinar al equipo de Seguridad Pública y Justicia de un periódico de esta ciudad, aprendí mucho gracias a mis errores, y los aciertos y la experiencia de los reporteros novatos, y de otros periodistas que nos precedieron en la fuente. El más famoso: Miguel Angel Granados Chapa. Recuerdo que nos decían para que no nos sintiéramos los patitos feos de la redacción:

La policiaca es importantísima y muy formativa ¡Granados Chapa comenzó en La Prensa!

De ese grupo casi todos seguimos en activo ; muchos de los reporteros, fotógrafos, editores y directores que hacen las coberturas que hay ahora en la tele, el radio y la prensa escrita pertenecen a esa generación.

En 1994 el modelo de cobertura policíaca era La Prensa con los clásicos Matola y violola . Nosotros no queríamos eso. A esta generación que les cuento nos tocó escribir la nota del nombramiento del Doctor Luis De la Barrera como primer Ombudsman de la Ciudad de México; ya en 1990 se había fundado la CNDH con Jorge Carpizo McGregor al frente. Queríamos hacer una cobertura policiaca apegada a los Derechos Humanos, lo que implicaba el respeto a la dignidad de las víctimas, la ética periodística, y el apego a la ley.

También queríamos escribir bien. Recuerdo que Marisa Macías, la primera editora en esa sección, además de insistir en que los muchachos supieran que existe la Constitución y las leyes... a cada uno le regaló un ejemplar de A Sangre Fría de Truman Capote. No es que quisiéramos hacer literatura; lo que queríamos era escribir bien. Narrar, detallar, cronicar.

En esa década aprendimos mucho. Recuerdo que llegaban los reporteros novatos con los casquillos de bala a la redacción emocionados porque tenían una prueba. Nosotros poníamos el grito en el cielo: Pero si es una prueba pericial, ¡cómo se te ocurre!

Recorrimos una y mil veces con cronómetro, brújula y cinta métrica las escenas del crimen en los homicidios a plena luz del día de José Francisco Ruiz Massieu y del cómico Paco Stanley. Publicamos infográficos con la reconstrucción de los hechos que hacían los testigos a quienes entrevistábamos. Queríamos hacer periodismo científico, como si fuéramos peritos, pues. Allí aprendimos y nos organizamos cursos para conocer qué hace un experto en grafoscopía, balística, química, fotografía, y una docena más.

Después del cierre de la edición, asistíamos a charlas, pláticas y talleres con abogados penalistas para conocer los principios del Derecho; con personal de las comisiones de Derechos Humanos para saber por qué era importante anteponer la palabra presunto a todos los detenidos y cómo estaba conformado el Poder Judicial; organizamos talleres con el extraordinario criminólogo Rafael Ruiz Harrel –cómo nos hace falta- para conocer el delito como un fenómeno social, económico, político y estadístico.

En esos años, los 90’s, en esa generación sabíamos que el reportero debía trabajar solo, pues no debíamos compartir la información con otros medios, como algunos acostumbraban. Yo les decía a los reporteros en los talleres:

No te vayas con el boletín, tú reportea por tu lado; cultiva tus fuentes, consigue documentos, investiga, investiga La exclusiva es nuestro premio; que los lectores sepan que nosotros investigamos y preguntamos por ellos, para que puedan estar enterados, para que tomen decisiones .

Estas prácticas ya no pueden seguir, pues les cuestan la vida a los periodistas. El reportero no debe trabajar solo, debe estar acompañado de personas de su medio y/o de otros medios. No debe publicar filtraciones, debe esperar a que las autoridades emitan un comunicado oficial de hechos violentos; no debe ser el primero en llegar a la escena del crimen, debe portar chaleco antibalas y casco en zonas de balacera

Durante esos 10 años yo estuve enterada de cada uno de los muertos y actos delictivos más dolosos y terribles del DF y zona metropolitana. Sabía dónde habían aparecido los muertos y cómo los habían asesinado –baleados, envenenados, a golpes, acuchillados -. Conocí a mujeres y jovencitas violadas; platiqué con papás de bebés secuestrados y asesinados. Me entrevisté con policías, judiciales, procuradores, directores de penales y abogados. Esa experiencia terminó por enfermarme y comencé a vivir paranoica. Dejé la fuente y de hecho dejé el diarismo pues, encima de eso, renació el fenómeno de los tabloides policiacos en el DF.

La "estrategia de mercado" era hacer una doble edición: una, donde publicáramos escenas dantescas, con el rostro ensangrentado o las muecas terribles de los muertos y de preferencia con un titular chusco o con jiribilla . La otra edición era para el diario de alto perfil donde se respetaban la ética, a las víctimas y los lectores; las fotos se tomaban de lejitos y los cadáveres aparecían cubiertos con la sábana. No quise hacerlo.

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Seis años después regresé a los diarios, y fue para hacer una consultoría de Recursos Humanos en un periódico. Para mi decepción y preocupación vi que las cosas habían cambiado para mal, para mucho más mal. Aprendí que no sólo el reportero y el fotógrafo-camarógrafo de a pie están en peligro, como piensa la mayoría, somos t.o.d.o.s los que trabajamos en una empresa de comunicación, desde el que está hasta arriba del directorio, hasta el vigilante de la entrada.

La cobertura periodística en situaciones de violencia extrema y falta de autoridad le cuesta la paz, la tranquilidad y hasta la vida no sólo del reportero o el editor responsable, sino de los trabajadores administrativos, los publicistas, los de recursos humanos y hasta los de limpieza. No sólo está en riesgo el de la fuente de policía, sino el de política, espectáculos, cultura, deportes y hasta sociales. No exagero.

La marcha fue buena, pero el trabajo lo tenemos que hacer ahora al interior de nuestras redacciones y entre los periodistas preocupados. Debemos establecer y compartir protocolos que garanticen que podamos hacer nuestro trabajo y cumplir con nuestra función de ser ojos y oídos de la sociedad.

Con cariño, Marisa Macías, Juan Veledíaz, Emilio Deheza, Daniel Esqueda, María Idalia Gómez, David Vicenteño, Alfredo Joyner, Gustavo Adolfo Hernández, Bety Vargas, Rolando Herrera, Arturo Sánchez, Agustín Márquez, Rubelio Fernández+, Karloz González, María Luisa Pérez, Gerardo Jiménez, Mario Torres, Francisco Rodríguez, Ma. Dolores Carpio estoy segura que me faltan más. Gracias: Luis Guillermo Hernández, Daniela Pastrana y Elia Baltazar.

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