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Mujer divina
De las mujeres es imposible no hablar. En todos los ámbitos de las letras, son las mujeres personajes principales.
García Márquez, que ha escrito las mejores novelas de este lado del planeta, lo sabe perfectamente. Por ello -y otra vez hablando de ellas- en algún momento confesó: En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces .
Tenía toda la razón ¿no es así lectora querida? No todos los grandes hombres -por ilustres o arrojados- han tenido tan excelsa impresión de las mujeres. Más allá de un amable Rubén Darío, que decía que sin las mujeres la vida es pura prosa, Napoleón, ejemplo de irreductible valentía, solía decir que las batallas contra las mujeres sólo se ganaban huyendo.
Con una gran capacidad de autoanálisis, otros, como Benjamín Franklin, aconsejaban que quien quisiera ver progresar sus negocios tenía que consultar a su mujer.
Pero quizá en este rubro, el mejor en ruda crítica para su sexo fue Ruyard Kipling cuando dijo (una verdad más grande que una casa): que la más tonta de las mujeres puede manejar a un hombre inteligente, pero es necesario que una mujer sea muy hábil para manejar a un imbécil.
Sirva lo anterior como un entremés para este muy próximo Día Internacional de la Mujer. Por un momento no vamos a pensar en cosas tristes y certeras como la discriminación que parece no acabar nunca, el machismo, la desigualdad de géneros y la cantidad de mujeres que son cabeza de familia y se las han arreglan muy bien y como pueden.
Vamos a resistir la tentación de citar a Marlene Dietrich cuando dijo que a cualquier mujer le gustaría ser fiel, pero que lo difícil era hallar al hombre que se lo mereciera. Vamos a dejarlo de lado, de todos modos somos mayoría.