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Cómo aprendí que el seguro profesional se construye antes del despido
Construir algo propio implica trabajar en la marca personal, ampliar la red de contactos y comenzar a incomodarse como parte del proceso.
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Cuando me corrieron, no fue un shock, ni una tragedia. Lo sentí, pero no me rompí. Sobre todo, no me vi obligado a tomar decisiones desesperadas. Y no fue porque ya tuviera algo esperando; fue porque, aunque no lo tenía claro, me había preparado desde mucho antes con pequeñas decisiones que terminaron siendo las que marcaron la diferencia entre colapsar y caminar con la frente en alto.
Nunca fui paranoico con eso de perder el trabajo, pero siempre supe que si no eres dueño, eventualmente vas a ser reemplazado. Esa aceptación fue una forma de libertad, porque me quitó el peso de creer que mi valor estaba atado a un puesto, a un título o a una empresa, y me empezó a poner en movimiento sin que nadie me lo pidiera.
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Empecé por construir algo propio. No esperé a tener tiempo. Ni a que las condiciones fueran perfectas. Ni a que alguien me dijera que era buena idea. Empecé con las horas que tenía, con los recursos que había, y con una visión clara: tener algo mío, que no dependiera del presupuesto del próximo trimestre o del humor del siguiente jefe.
A la par, empecé a construir lo que hoy reconozco como mi marca personal: haciendo visible cómo pensaba, qué sabía hacer, en qué creía; mostrando mi forma de resolver, mi estilo de liderar, mi manera de hacer equipo. Y con eso fui construyendo una reputación, que fue la que me abrió otras opciones sin necesidad de salir a rogar nada.
Otra cosa que hice —que no tiene glamour, pero tiene impacto— fue controlar mis gastos. Mientras mis ingresos subían, no permití que mi estilo de vida se desbordara. Así que recorté cosas que solo servían para alimentar el ego y aligeré mi vida. Cuando llegó el golpe, no tuve que vender nada. No tuve que cambiarme de casa. No tuve que pedir prestado. Y eso, aunque no brille en redes, es un seguro emocional de alto nivel.
También aprendí que no se puede depender de una sola fuente de ingreso, y mucho menos de un solo jefe. Así que empecé a moverme lateralmente. Proyectos chicos. Asesorías. Colaboraciones. Relaciones. Nada grande, nada que quitara foco, pero sí suficiente para saber que tenía alternativas. No me volví millonario, pero me dio algo valiosísimo: el músculo para generar dinero sin pedir permiso. Así que el día que me corrieron, no empecé de cero. Ya llevaba pasos dados. Y eso cambia completamente el peso de la caída.
Por eso, cuando me preguntan cómo le hice para no colapsar, mi respuesta está en que me preparé mientras aún estaba bien y no confundí estabilidad con eternidad. Y no, no sobreviví porque tuve suerte. Sobreviví porque empecé a prepararme, a incomodarme, cuando todavía tenía estabilidad, cabeza fría y opciones reales. Ese es el verdadero seguro de vida profesional. ¿Ya estás construyendo el tuyo? Nos leemos la próxima.