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Libro recupera la vida analógica y excéntrica de Gonzalo Tassier
La publicación póstuma Trazos de una vida recupera, con sus propias palabras, apuntes, dibujos y reflexiones del creador de logos como Pemex y Correos de México, así como del inolvidable Aguigol.
Tassier prefería las plumas fuente, las hojas llenas de apuntes y la escritura a mano.
Conocí a Gonzalo Tassier en 2017. Al publicista, diseñador, dibujante y vehemente coleccionista le antecedían sus enormes lentes circulares y las profundas comisuras entre los ojos y las sienes, propias de quien sonríe con todo el rostro.
De voz rasposa y trato bondadoso, era evidente que Gonzalo no había terminado de divertirse con lo que llevaba haciendo por décadas: tomar un lápiz, un carbón o una pluma fuente y ponerse a dibujar caricaturas, identidades y campañas para algunas de las marcas e instituciones más importantes del país, como Pemex o Correos de México —ambos logos autoría suya—, o sencillamente ayudar a sus nietos con la tarea.
También fue el creador de Aguigol, la mascota de la Selección Mexicana durante el Mundial de 1994: un águila rojiza de pico curvo y enormes tachones que sobrevive en la memoria visual de varias generaciones.
A Gonzalo le obsesionaban las plumas fuente. Dibujaba con ellas, hablaba de ellas y las coleccionaba. La primera vez que lo entrevisté en su oficina, Retorno Tassier, al sur de la Ciudad de México, la conversación derivó rápidamente hacia sus colecciones: lápices, juguetes, libros, placas de nomenclatura, latas y bolígrafos apilados por todos lados.
En aquel 2017, en medio de aquella montaña de objetos tomó un lápiz y dibujó, como dedicatoria, a Marine Le Pen durante un mitin político, pero convertida en una espigada pluma fuente. El dibujo se llamaba simplemente “Le Pen”. Era absurdo, ingenioso y completamente tassieriano.
Arqueología de un enorme archivo
Gonzalo Tassier murió en enero de 2023, a los 82 años, dejando pendiente un deseo: publicar un libro propio. No uno sobre su obra, sino uno escrito desde él mismo.
Ese vacío terminó convirtiéndose en Trazos de una vida. Gonzalo Tassier, volumen recién publicado por su hija, la también diseñadora Berenice Tassier, quien decidió reconstruir la voz de su padre a partir de diarios, apuntes, dibujos, conferencias y cuadernos acumulados durante décadas.
“La idea original era que alguien más escribiera la publicación”, cuenta Berenice. Pero pronto apareció una posibilidad mucho más poderosa: “¿Y si Gonzalo escribiera su propio libro? (...) Me encerré en mi casa y ya no me quería levantar. Se volvió compulsivo: buscar, buscar, buscar”, recuerda.
Entre las cajas y libretas apareció incluso un cuaderno donde Tassier había comenzado a esbozar el libro que quería hacer. De ahí salió también el texto de bienvenida al lector incluido en las primeras páginas, una especie de saludo póstumo que hizo sentir a Berenice que a su padre, desde el más allá, todavía le quedaban ocurrencias para echar al vuelo. “A veces sentía que me hablaba”, admite.
El libro está construido casi enteramente con la voz del diseñador: sus reflexiones, dibujos y obsesiones. Incluso las frases destacadas fueron compuestas con una tipografía creada a partir de su caligrafía, misma que el tipógrafo Antonio Lechuga gestó y que ahora está disponible para su venta.
Completamente análogo
La decisión de hacer un libro exclusivamente físico, con su propia letra, parece coherente para alguien que nunca terminó de reconciliarse con la digitalización. Gonzalo Tassier no tenía correo electrónico, apenas usó un celular y jamás trabajó con computadora. Prefería las plumas fuente, las hojas llenas de apuntes y la escritura a mano. “Quería seguir siendo análogo”, resume Berenice.
Quizá por eso una de las enseñanzas que más repetía a sus alumnos no tenía que ver con tendencias gráficas ni software, sino con algo mucho más elemental: aprender a mirar. “Le desesperaba que la gente no viera”, recuerda su hija. “Decía: ‘tienen que aprender a ver’”.
Y acaso ahí siga estando hoy la parte más vigente de Gonzalo Tassier: no solamente en los logos, campañas, ironías gráficas o personajes que sobreviven en la memoria colectiva, sino en esa manera casi infantil, pero profundamente seria, de observar el mundo como si todavía pudiera ser rescatado blandiendo una libreta, una pluma fuente y una buena carcajada.