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Y la fiesta se acabó como un cometa
Justo Sierra dijo que la fecha debería recordar el sufrimiento por la sangre derramada que le dio a la nación su libertad .
Cuando pensaron en la gran fiesta ya lo tenían decidido. No sólo iban a ser bailes, discursos y desfiles. El Centenario de la Independencia Mexicana iba a conmemorar no sólo el final de 300 años bajo el yugo español. No nada más a los héroes que nos habían dado patria. También que el gobierno de Porfirio Díaz había logrado convertir a México en una nación importante, progresista y confiable. Y aquello no se iba a demostrar con puro baile y cochino. Políticos, intelectuales, lo más alto e ilustre de la sociedad, desde una década antes de llegar la fecha señalada ya tenían sus planes. (Y tampoco había que olvidar a los caídos; Justo Sierra lo había dicho, la celebración debería recordar el sufrimiento por la sangre derramada que le dio a la nación su libertad y el compromiso, era realizar unos festejos que, más allá de la fiesta, implicarían la memoria lúcida de la Patria ).
Fue en la primavera de 1907 cuando se formó la comisión encargada de los festejos del Centenario. Justo Sierra y Vicente Riva Palacio eran personajes honoríficos para el asunto. Y el general Díaz, muy claro en sus lineamientos: El primer centenario debe denotar el mayor avance del país con la realización de obras de positiva utilidad pública y no lo dijo tan claramente, pero la intención también era mostrar la mejor cara posible a la comunidad mundial, ofrecer garantías y privilegios a los inversionistas extranjeros (cualquier parecido con alguna que otra fiesta es pura coincidencia).
Una de las primeras medidas fue lanzar a la circulación los nuevos pesos mexicanos, moneda que en el anverso lucía el águila liberal y en el reverso la efigie de la Patria sobre un caballo. En el canto de la moneda estaban grabadas las palabras Independencia y libertad . Aquella fue la primera imagen que se reflejó en el espejo de aquel brillante imaginario político y social del año del Centenario. Cada vez que había oportunidad, el presidente declaraba que era indispensable trabajar sin descanso y lograr que, en todo el país, las fiestas del Centenario se reflejaran en obras que contribuyeran al progreso. Y el mejor ejemplo de progreso era la exportación petrolera, la minería, los ferrocarriles y la obra pública.
Durante todo el año, aquello de las obras públicas de importancia fue cumplido a cabalidad con una institucional adenda: de aquel enorme festejo surgieron instituciones como la Escuela Nacional de Arqueología y Antropología, el Servicio Sismológico Nacional y la Escuela Normal para Profesores pero también el manicomio de La Castañeda; el nuevo lago de Chapultepec, reinaugurada la Universidad Nacional de México y abierto el Palacio de Bellas Artes. Los héroes nacionales tuvieron sus excelsos monumentos: la inauguración de la columna de la Independencia, con su victoria alada se convirtió en emblema de la nación moderna, con los caudillos esculpidos en su base, las figuras de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Vicente Guerrero, Francisco Javier Mina y Nicolás Bravo, en un inquebrantable y justo homenaje sólido como el mármol de Carrara , de la patria a sus espíritus heroicos. Incluso el Hemiciclo a Juárez fue inaugurado el 18 de septiembre para también reconocer la deuda que la República tenía con el impulsor de las Leyes de Reforma.
Así se completó el eje patriótico que había imaginado 20 años atrás Vicente Riva Palacio: el Paseo de la Reforma ya era como una lectura de la Historia que se podía hacer a pie. Y para fecha tan señera no podía haber sido de otra forma. Todos los mexicanos quedaron llenos de asombro ante la inauguración de museos, estatuas a los héroes, el ángel dorado desde lo alto de una torre nos miraba desde lo alto y quedaron satisfechos de patriótica admiración, pero dejaron espacio en el estómago para el convite y muchas ganas fiesta en el corazón. El banquete y los bailes, pues, habrían de sacarle brillo a los acontecimientos.
La sociedad porfiriana fiel al sistema y a las últimas tendencias de la moda de París se sumó completa y feliz a la parte más elegante y frívola de las celebraciones. En aquel mes de septiembre de 1910, más de 20 banquetes tuvieron lugar en Palacio Nacional y en el Alcázar del Castillo de Chapultepec. En un pequeño carné de baile que todavía hoy puede verse en el Museo Soumaya, se lee lo que se esperaba, en el terreno de los bailes de salón, ejecutaran los invitados en una de las grandes fiestas. Primero, por supuesto, un vals, que había cautivado a la aristocracia y todavía era símbolo de abolengo, después habría de bailarse al son del moderno two-step, una variante anglosajona de la polka, y ejecutar una o dos cuadrillas de origen galo y español en grupos bien ordenados. Ya los que quisieran, podían seguirse con el danzón y mover las caderas a su gusto.
Para la cena ofrecida después del baile, se había mandado a hacer una vajilla con filamentos en verde, blanco y rojo, de platos decorados con un delicadísimo encuadre en oro y que en el centro tenía al águila porfiriana. Sobre ella, como primer platillo, un regio chile en nogada para abrir el apetito. Las mujeres vestían chiffon, shantung, gasas, rasos y tafetas de seda, bordados con hilos de oro y plata, los hombres, uniformes militares aderezados con condecoraciones o bien elegantísimos fracs y suntuosos jackets. Sería el evento más importante.
Sin embargo, ni tanto esplendor podía ocultar el descontento.
Cuentan que durante el brindis que se ofreció tras la ceremonia del Grito de la Independencia en la noche del 15 de septiembre, Federico Gamboa platicaba con Karl Bünz, embajador especial de Alemania. Al observar la fiesta popular que se desarrollaba en la Plaza Mayor, se dieron cuenta que una muchedumbre avanzaba hacia el Palacio Nacional profiriendo furiosos gritos que nada tenían ver con la celebración. Se escucharon algunas detonaciones. Gamboa las explicó como cohetes o tiros disparados al aire por el júbilo que la fecha provocaba . Después, se oyeron ovaciones a Francisco I. Madero. Gamboa, en su diario relata aquel momento:
¿Qué gritan? me preguntó Bünz .Vivas a los héroes muertos y al presidente Díaz, le dije. Y el retrato que enarbolan, ¿de quién es? tornó a preguntarme. Del general Díaz le repuse sin titubeos. ¡Con barbas! insistió algo asombrado Bünz. Sí, le mentí con aplomo, las usaba de joven, y el retrato es muy antiguo . La falacia, lo sabemos, halló pronto su derrumbe.
La fiesta había sido de tal magnitud y esplendor que intentaba esconder, bajo una cortina de humo, la realidad desigual, injusta y desbordada de 1910. Pero no lo logró. Y todavía faltaba un invitado: el cometa Halley: La gran bola de fuego cruzaría el firmamento de México.
La aparición de este cometa en las celebraciones Centenarias supuso el tema perfecto de muchas cosas: desde una comprobación de que los cielos se unían al luminoso derroche y festejaban con nosotros, hasta la señal del fin, un anuncio de cambio y destrucción. Muchos sintieron pánico. La prensa no supo muy bien si tratarlo de desastre o maravilla. Pero José Guadalupe Posada sí. Retrató al cometa en tres grabados, una crítica a los festejos del Centenario de la Independencia y con títulos que con un aire de chunga lo predecían todo: Gran Cometa y Quemazón, que muy pronto se va a ver: El mundo se va a volver toditito chicharrón , se llamaba uno de ellos. Menos de dos meses después Francisco I. Madero derrocaría a Porfirio Díaz.
La campaña maderista había llegado con el cometa, con su fin de fiesta y con su grito propio. Cuentan que algunos cantaban: Llegó el cometa por fin, con su inmensidad de cola y armó la de San Quintín/ unos dicen que es la paz y otros dicen que es la guerra/ y otros que tal cosa encierra una evolución fugaz...