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Un viajero sensible, ?no sensiblero
El Museo de Arte Moderno hace una retrospectiva temática por la trayectoria de un fotógrafo versátil, explorador y conmovedor.
Enrique Bostelmann (Guadalajara, Jalisco, 1939 - México DF, 2003) fue un fotógrafo mexicano que abrazó una mexicanidad sin ideología , según la curadora Eugenia Macías. Una mexicanidad sin ideología, es decir, una identidad que no es sentimental, que nos busca el exotismo tan característico de nuestros artistas mexicanistas y que, sobre todo, quiere narrar a México desde todos los ángulos, bajo todas luces.
Quizá es que Bostelmann se formó en Europa, principalmente en Alemania y en Inglaterra, quizá es que amaba los viajes, o quizá es que siempre fue un fotógrafo poco convencional, alejado de corrientes principales de su arte y cercano a creadores de todo tipo: escultores, grabadores, dibujantes, narradores. El hecho es que Bostelmann retrató más que a México, a los mexicanos y lo hizo sin buscar un color local ya impuesto, sino que fue sorprendiéndose con lo que su andar le iba descubriendo.
Enrique Bostelmann. Imagen, espacio inagotable es la retrospectiva que el Museo de Arte Moderno (MAM) dedica al fotógrafo a 10 años de su muerte.
La exposición, curada por Eugenia Macías y Elva Peniche, es un recorrido por la obra de Bostelmann que no está ordenado cronológicamente sino que se divide en tres grandes grupos temáticos que dan cuenta de los intereses y la exploración del artista:
Paisaje del hombre , sobre los seres humanos y su complicado hábitat; La ola es agua y escultura , sobre la experimentación formal de la fotografía y su cruce con otros artes y técnicas como la serigrafía y la escultura; y, finalmente, El despliegue de la imagen , que muestra las obras que el autor hizo en el mundo de la publicidad y del ámbito industrial, su faceta, digamos, no artística .
Nada más llegar a la primera sección es posible darse cuenta que Bostelmann sufrió de wanderlust, el hambre por el viaje. Muchas de las fotografías de Paisaje del hombre pertenecen al proyecto América, un viaje a través de la injusticia . Según contó su esposa, Yeyet, ese viaje partía de la sensibilidad social del fotógrafo (e, inevitablemente, del aire de los tiempos de la década de los 60).
Tomaron prestada una camioneta y se fueron a hacer la América .
De ese viaje se trajo Bostelmann fotos de la gente y el paisaje de toda Latinoamérica, un documento estético y sociológico muy original. Pero también fue su encuentro con México. Imágenes como Solitario tomada en la Sierra Gorda de Querétaro muestran ya el coqueteo del fotógrafo con otras artes: hay en esta foto cualidades pictóricas innegables. De un gran dibujo realista uno suele decir que parece una foto. En este caso el elogio es al revés: Bostelmann logró que su cámara dibujara. Lo mismo puede decirse de Escalera en perspectiva , una fotografía con alma de Escher.
Paisaje del hombre se completa con fotografía extrañas, abstractas, que exploran el último paisaje: el cuerpo humano. Un acercamiento en gran formato de las líneas de la palma de la mano se convierte en un mapa, un territorio.
En La ola es agua y también escultura , frase tomada de un elogio de Mattias Goeritz a la obra de Bostelmann, se revisa la que puede ser la faceta más interesante del artista, históricamente hablando: su capacidad de mezclar técnicas, artes y referentes. La fotografía como escultura, eso es Con un nudo en la garganta , juego en tercera dimensión en el que tres autopistas atiborradas de coches se salen del plano. Sucedió en el metro es una sobreimposición de imágenes para crear un discurso irónico sobre el metro del DF: sobre una placa de los vagones del metro, una de carne molida, por ejemplo. Son exploraciones interesantes y hasta divertidas, aunque ya se le siente un tanto superadas, más atractivas como documentos que como obra. Lo mismo puede decirse del último módulo, el dedicado a la fotografía comercial.
Pero antes de terminar el recorrido, busque las muy bellas imágenes en gran formato con las que Bostelmann rindió homenaje a varios personajes notables y cercanos a él, verdaderas joyas de la exposición y último proyecto del artista. Son retrato personalísimos a partir de objetos: la pipa de Manuel Felguérez rodeada de cerillos de madera quemados; los tubos de pintura agotados por Arnold Belkin; la máquina de escribir, ya antigua y con las teclas despintadas, que Salvador Novo le regaló a un joven Emilio Carballido.
Son retratos que no son sentimentales ni mucho menos cursis, pero sí muy emotivos. Mantener ese equilibrio fue la mejor obra de Enrique Bostelmann.
concepcion.moreno@eleconomista.mx