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Arte e Ideas

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Baila Bellas Artes al ritmo que le tocan

La agrupación dancística francesa prácticamente arrastró ?al público mexicano en un revuelo de emociones.

Lo que el Béjart Ballet Lausanne hizo en sus presentaciones en el Palacio de Bellas Artes el fin de semana, con motivo del 80 aniversario de este recinto cultural mexicano, dio muestra de su excelente técnica y estilo, características que lo convierten en un referente del mundo coreográfico.

Lo clásico y lo moderno se conjugaron en el programa y los 40 bailarines procedentes de 15 países se entregaron por completo en cada una de las piezas que interpretaron: Lo que el amor me dice, Siete danzas griegas y Bolero.

El vestuario e iluminación sencillos permitieron que el espectador centrara su atención en los movimientos de los bailarines, en sus gestos, su ritmo. En cada pieza la energía de la música y la fuerza de los movimientos llevaron al público por diversas emociones y sentimientos, de la incertidumbre a la euforia; de la tristeza, a la alegría, del amor a la pasión y sensualidad.

ROMÁNTICO, FESTIVO, HIPNÓTICO

La noche inició con Lo que el amor me dice, ballet de 1974 con música de la Sinfonía número 3 de Gustav Mahler. La música iba marcando las pausas, espacios en los que los intérpretes hacían (y nosotros con ellos) una especie de búsqueda interior, de introspección sobre qué es el amor y, aunque por supuesto es imposible de explicar, sí se puede decir que encuentran una respuesta y la compartieron con nosotros: cuando una pareja se ama, pareciera que se funde en uno y cada uno representa una guía para el otro.

Esa atmósfera de romanticismo se convirtió en fiesta y alegría cuando se interpretaron las Siete danzas griegas (1983), con música de Mikis Theodorakis.

Desde la primera pieza, los movimientos corporales y sonrisas pícaras de los bailarines invitaban al público a bailar, a lo que seguramente muchos, incluida esta reseñista, aceptaron al menos moviendo los pies al ritmo de la música griega, especialmente cuando el grupo de bailarines formó dos hileras con los brazos entrelazados, levantando los pies y yendo de atrás hacia adelante.

En el escenario, hombres y mujeres tuvieron oportunidad de demostrar sus habilidades en una especie de reta coreográfica. Destacó el solo del bailarín Oscar Chacón, quien fue ovacionado por la precisión y fuerza de sus movimientos.

Y llegó la tan esperada última pieza, Bolero, de Maurice Ravel. Una mesa roja redonda al centro fue el escenario en donde un bailarín (Julien Favreau, quien alternó las funciones con Elisabet Ros) llevaba la melodía y a su alrededor unos 30 bailarines representaban el ritmo.

En esta coreografía de 17 minutos, creada por Maurice Béjart, con sus movimientos regulares y continuos, el bailarín solista parecía hipnotizar a los demás, quienes giraban en torno a él de manera enérgica. Y los realmente hipnotizados éramos nosotros, el público.

El final estaba cerca. Los bailarines habían dejado todo en el escenario para que fuera una presentación única e irrepetible. Así, las ovaciones no se hicieron esperar; muchos, de pie, no dejaban de sonreír con satisfacción ante lo que acababan de ver y, sobre todo, sentir.

Como bien escuché de un par de espectadoras al final del evento, aunque uno no sepa mucho de ballet, bien puede distinguir y decir cuando un ballet es excelente en su técnica, cuando es bueno, porque te provoca un revuelo de emociones con su danzar impecable.

diana.salado@eleconomista.mx

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