En 1999, un año después de que Google presentara al mundo su buscador, el escritor británico Julian Barnes publicó la novela Inglaterra, Inglaterra, una farsa repudiada por la crítica que, en términos generales, narra el proceso en el que un magnate del estilo de Rupert Murdoch, o quizá de Mark Zuckerberg, crea un parque de diversiones que concentra los íconos de la cultura británica. Así, en esta nueva Inglaterra, encerrada en una isla mucho más pequeña que la real, los visitantes pueden tomar el té; conocer el Big Ben; visitar las ruinas de Stonehenge; acudir a una representación de las aventuras de Robin Hood y saludar a la reina, todo en menos de un día.       

Hace tiempo que ronda por mi mente la idea de que compañías tecnológicas como Facebook y Google han creado una internet dentro de la internet, una Internet, Internet.

En ella, no hace falta complicarse la vida realizando investigaciones profundas, comparando fuentes o intentando conocer a los demás a través de largas y tediosas entradas de blogs, que den cuenta de lo que una persona a la que no conocemos piensa o siente, sino que sólo es necesario hacer clic en “Buscar”, en “Conectar” o en “Me gusta” para sentir que sabemos todo acerca de un tema o que hemos hecho un nuevo amigo, todo en menos de un segundo.  

Este pensamiento no había logrado consolidarse hasta que explotó el escándalo de Cambridge Analytica, el nuevo villano de esta red dentro de la red, en la que, entre otras muchas cosas, los datos de las personas son usados para realizar perfiles que sirvan como una plataforma de análisis de las intenciones electorales de una población, como lo demuestran los 50 millones de usuarios que vieron comprometida su información personal después de contestar una sencilla encuesta en Facebook.

Para entender mejor esta analogía entre la novela de Barnes y Facebook es necesario presentar, aunque sea de forma somera, a quien es el centro de la narración de Inglaterra, Inglaterra, Martha Cochrane, una psicóloga mordaz e irónica, que da la razón a todos y cada uno de los disparates de Sir Jack Pitman, el magnate que consigue que los reyes británicos se muden al parque de diversiones que ha creado por una buena cantidad de dinero.

Podría decirse que Cochrane es la ejecutora de las ideas de Pitman, a tal grado que, en algún punto de la historia, es ella quien toma el control de la nueva Inglaterra, después de chantajear al megalómano empresario. 

Para continuar con la comparación, hay que destacar que los datos usados por Cambridge Analytica para influir en la elección estadounidense, y en quién sabe cuántos otros procesos electorales más, no fueron obtenidos a través de una filtración, sino que Facebook, vía los acuerdos comerciales que comúnmente realiza con muchos desarrolladores y empresas alrededor del mundo y a la laxitud con la que comparte información mediante aplicaciones de terceros, entregó la información para que fuera utilizada de acuerdo con los fines que el investigador de Cambridge, Aleksandr Kogan, estableciera.                

Al igual que en el caso de la relación entre Pitman y Cochrane, la cual fue consensuada hasta que la psicóloga traicionó la ambición del magnate, en el caso de Facebook y Cambridge Analytica, el vínculo se rompió hasta que The New York Times y The Guardian revelaron el uso que le había dado la compañía de análisis de datos a la información provista por la red social, con lo que Facebook eliminó las páginas de Cambridge Analytica en un intento por mitigar la crisis que ya veía venir.  

En este sentido, para Jacobo Nájera, investigador de Enjambre Digital, la relación entre Facebook y Cambridge-Analytica es un ejemplo de un entramado industrial que explota los datos de las personas con diferentes fines, como los de las compañías de seguros, y en este caso, para conseguir cierto grado de influencia sobre las decisiones de los votantes.

“Este tipo de empresas, como Cambridge Analytica, coincide con el modelo de servicios que explota Facebook, en donde nosotros somos el producto”, dijo Nájera.     

Para el investigador, es complicado en este momento aventurar una hipótesis mayor al respecto de este escándalo, por la inmediatez que representa. Su visión responde a un análisis estructural y general de la relación entre Facebook, las empresas con las que realiza estos acuerdos comerciales y sus usuarios.  

Lo cierto es que hace tiempo que varios medios de comunicación e instituciones académicas vienen dando cuenta de lo que supone una red social como Facebook y de cómo la opacidad con la que esta maneja la información que obtiene de sus usuarios representa un riesgo no sólo para la privacidad de cada individuo sino para la privacidad colectiva de una nación. 

Censura, monetización de la conducta, desinformación, análisis de los patrones de consumo y el uso de algoritmos como cajas cerradas que encierran el core business del modelo de negocios de Facebook son solo algunas de las consecuencias de las que se ha venido advirtiendo, al menos desde el 2011, como afirma TechCrunch, cuando la red social ni siquiera había alcanzado su mayor auge.

Apenas tres días antes de que se diera a conocer este escándalo que ha hecho que Facebook pierda 74,659 millones de dólares de capitalización en tan solo una semana, Tim Berners-Lee, a quien se conoce por ser el creador de internet, lanzó dos preguntas en una columna publicada por el periódico español El País: 1) ¿Cómo hacemos para que la otra mitad del mundo pueda acceder a la web? y 2) ¿Estamos seguros de que el resto del mundo quiere conectarse a la web que tenemos hoy en día? 

En el texto, Berners-Lee retomó sus advertencias acerca de que la web enfrenta varias amenazas, entre las que destaca “la desinformación y el uso de propaganda política cuestionable hasta la pérdida de control sobre nuestros datos personales”.

A la luz del escándalo de Facebook, cabe reformular estas preguntas con la ayuda de la novela de Julian Barnes: 1) ¿Estamos seguros de que el resto del mundo quiere conectarse a este parque de diversiones que es la Internet, Internet? y 2) ¿Cómo hacemos para que la otra mitad del mundo no se conecte a la Internet, Internet? Incluso, podemos formular una tercera pregunta: ¿Queremos seguir conectados a esta Internet, Internet? Para muchos, la respuesta ha sido clara en los últimos días.

rodrigo.riquelme@eleconomista.mx