El transporte público en Ciudad de México, además de presentar problemáticas en cuanto a su eficiencia y suficiencia, también muestra dificultades para garantizar un ejercicio igualitario hacia  sus usuarios. Las mujeres son uno de los grupos vulnerables que enfrentan cotidianamente barreras para acceder efectivamente a su derecho a una movilidad segura, digna y accesible.

Las mujeres son en comparación con los hombres, más acosadas y violentadas sexual, física y verbalmente, las que tardan más tiempo en llegar a sus destinos y las que gastan más dinero en sus traslados, de acuerdo con información de la Secretaría de Movilidad (Semovi) de la Ciudad de México.

Ser víctima de acoso o violencia en alguna unidad del transporte público genera efectos psicológicos importantes, mismos que las mujeres buscarán prevenir con modificaciones en sus rutinas, aunque éstas impliquen tardar más tiempo en llegar a un destino o pagar un medio de transporte que cueste el doble.

De acuerdo con cifras de la Semovi, los tiempos máximos de traslado de los hombres ascienden hasta 2 horas y 29 minutos por viaje; mientras que en 10 regiones de la Ciudad de México se registran mujeres que tardan más de 2 horas con 30 minutos.

Las mujeres han incrementado de manera importante el uso de taxis (libres o de aplicación) priorizando su seguridad. De 100 viajes que hacen las mujeres 18 utilizan este tipo de transporte, que es significativamente más caro que el metro, los camiones o las combis. De 100 viajes que hacen los hombres sólo 10 ocupan taxis.

Las brechas que se generan de estos gastos extras de tiempo y dinero en los que incurren las mujeres se convierten en barreras más pronunciadas para el ejercicio efectivo del derecho a la movilidad segura, digna y accesible en comparación con las que enfrentan los hombres.

¿Por qué las mujeres evitan el transporte público?

El 96% de las mujeres han sido víctimas por lo menos una vez de algún acto de violencia en el transporte público, desde agresiones verbales, contacto físico forzado o persecución. El acoso sexual se ejerce desproporcionadamente contra las mujeres y en 9 de cada 10 casos los agresores son hombres.

Uno de los datos más importantes a resaltar es que los agresores tienden a ejercer este tipo de violencia cuando las mujeres están solas; el 72% de las víctimas expresa que es acosada o agredida cuando está sola y sólo 4% ha sido víctima cuando está acompañada, de acuerdo con una encuesta realizada por la ONU Mujeres y el gobierno capitalino.

De cada 100 mujeres, 77 aseguran que tienen miedo a ser agredidas sexualmente mientras utilizan alguna unidad de transporte público en la Ciudad de México. Y no importa si son jóvenes o no, cerca del 70% de las mujeres de todos los rangos de edad se siente muy insegura usando el transporte público.

 

La percepción de inseguridad y la sensación de miedo que reflejan las mujeres puede entenderse observando la prevalencia de las situaciones que enfrentan cotidianamente en los microbuses, camiones, taxis o metro. Las usuarias del transporte público son víctimas de actos que van desde una mirada con morbo hasta una violación.

En el transporte público un hombre eyaculó enfrente de 3 de cada 100 mujeres y a otras 3 de cada 100 las obligaron a tener relaciones sexuales.

Las miradas con morbo son la forma más común de violencia, al menos 82 de cada 100 mujeres han sido víctima alguna vez en su vida. El 81% ha sido agredida con frases ofensivas o de carácter sexual, a 66% se le han recargado con el cuerpo con intenciones sexuales; a 57% le han dicho palabras despectivas acerca de las mujeres; a 50% le tocaron el cuerpo sin consentimiento; a 37% le dieron una nalgada; a 26% un hombre le mostró los genitales; a 24% le susurraron cosas al oído y se tocaron o masturbaron frente a ellas.

A 22 de cada 100 mujeres las persiguieron en unidades del transporte público con intenciones de ataque sexual, a 21 de cada 100 le hicieron propuestas sexuales indeseadas, a 9 de cada 100 le tomaron fotos a su cuerpo sin su consentimiento.

Las repercusiones sobre la libertad

Además de los efectos sociales y económicos que surgen de la violencia sexual en el transporte público las mujeres también traducen su percepción de inseguridad en un recorte a sus libertades individuales.

De acuerdo con la encuesta realizada por ONU Mujeres y el gobierno capitalino, las mujeres declaran que han cambiado sus hábitos para protegerse de los actos de violencia. El 17% de las mujeres evita estar sola en el transporte, el 15% procura no salir de noche o antes de que amanezca y el 9% prefiere utilizar ropa muy holgada o estar cubierta mientras utiliza el transporte público.

Ser víctima de acoso en el transporte público no sólo implica tener miedo y coraje. También implica llegar más tarde a la escuela o al trabajo, pagar un Uber al triple de precio del que se pagaría usando el metro, renunciar a la autonomía y pedir a un amigo que me acompañe, no asistir a eventos cuando no haya luz e incluso usar ropa con la que no me siento cómoda.

No poder acceder de la misma manera que los hombres a la movilidad es otra forma de desigualdad.

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