Decenas de migrantes tiritan en la fila para recibir comida en el albergue acondicionado en Ciudad Deportiva, en Magdalena Mixhuca. La mayoría de ellos apenas llegó a la Ciudad de México durante la madrugada del miércoles. Son centroamericanos integrantes de la segunda y tercera caravana que cruza territorio mexicano para llegar a Estados Unidos.

Luego de salir de sus países —El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua— hace dos semanas y enfrentar las altas temperaturas en el sur de México, ahora la capital los recibe con lluvia y fríos que los hace mantenerse encogidos.

Apenas están cubiertos con sudaderas y chamarras delgadas. Los de mayor suerte alcanzaron a escoger entre los cientos de prendas que la ciudadanía ha donado, alguna chamarra más abrigadora, una bufanda o gorro. Tener guantes se convierte en algo extraordinario.

En sus países hace calor y pocos cambios de temperatura se notaron durante su travesía por el sur de México. Ahora es diferente y la falta de prevención ante el clima invernal se deja ver en su vestimenta: muchos con bermudas, chanclas y calcetines para atenuar en lo que se pueda el frío, los tenis mojados.

La mayoría espera en la fila mientras otros deambulan por el Estadio Jesús Martínez “Palillo”. Se cubren con las capuchas de las sudaderas, con sus gorras, con plásticos, algunos con cobijas que envuelven la cabeza y el torso.

Esperan a la intemperie con las manos en las bolsas del pantalón, tratando de mantener un poco el calor ante el chipi chipi incesante y la humedad que se cuela por los pies. Algunos fuman y platican, otros se mantienen en silencio enconchándose, levantando la cabeza a ratos para ver que la fila avanza con lentitud. Los que ya pasaron buscan lugar bajo los alerones del estadio para resguardarse de la humedad y comer los platos humeantes de arroz, frijoles, un guiso y el café que les ayudará a mantener un poco el calor.

Abajo de los alerones está Kevin Granados, de 25 años y proveniente de Sonsonate, El Salvador, lleva dos semanas de camino. Está más pálido que la mayoría de los centroamericanos. Espera sentado y fumando, apenas abrigado por una chamarra que está empapada; bajo ésta, una sudadera y una playera.

Su palidez es porque en el 2017 recibió cuatro disparos. Peluquero de profesión, trabajaba en una barbería y ayudaba a su padre en un negocio de venta de pinturas para automóviles para juntar para la manutención de su esposa y su hija de dos años. Un día no pudieron pagar la “cuota” a las pandillas y sin más llegaron y lo balearon.

Un año hospitalizado, siete meses sin poder probar bocado. Siete meses viviendo sólo con suero, cuenta. Ahora desde hace dos semanas viaja con la caravana de migrantes de El Salvador sólo con una meta en mente: “sacar a mi familia adelante, trabajar unos años, comprarme una casita y regresar a mi país, porque no estoy al 100 con el cuerpo”.

“Me da miedo, no crea, pero si Dios quiere vamos a estar ahí”, cuenta mientras fuma. Y es que él va viajando solo. Ha ido conociendo gente durante el viaje pero va solo. Estos sueños se construyen en solitario.

Ya antes había intentado una mejor forma de vida en su país. Cambió de residencia a San Salvador, pero la pandilla lo identificó como foráneo y lo amenazó. Originario de Sonsonate, municipio dominado por la Mara Salvatrucha no puede estar en San Salvador, donde el control lo tiene la Mara 18. Tras un año de trabajar en una barbería se fue como llegó, solamente con sus herramientas de trabajo: unas tijeras, su máquina rasuradora y sus peines.

Y ahora va en la caravana, con las fuerzas disminuidas por el trayecto y cuatro impactos de bala que mermaron su salud. “Si no veo solución he pensado en regresarme y que ya pase lo que tenga que pasar”, dice mientras ve la lluvia apenas cubriéndose del frío.