Tarde, mal y (casi) nunca, los tres partidos principales y tradicionales del sistema político mexicano reaccionaron ante los acontecimientos del 2018. El contexto les indicaba a las claras el rechazo que los ciudadanos sentían por el PAN, el PRI y el PRD, tres tipos de partidos distintos, tradicionales, eso sí; uno de cuadros, otro de masas y uno más de tipo electoralista. Y todos enfrentados a un partido movimiento: Morena.

El PRI, un partido de masas originalmente, no entendió la oportunidad histórica del 2012. Pero seamos justos, no fue todo el priismo el que llevó a la debacle del 2018, sino ese sector aglutinado en torno al grupo Atlacomulco, esa condensación del priismo con usos y costumbres añejas que supo tomar el poder hace seis años y que creyó poder perpetuarse en la silla presidencial bajo esquemas poco ortodoxos para la lógica del partido. Sin importar las virtudes personales, trayectoria e idoneidad técnica, la candidatura de José Antonio Meade fue un balde de agua fría para el priismo nacional. Ello explica los brazos caídos internos ante un rosario de errores garrafales que minaron de raíz el espíritu del priismo. Los resultados están a la vista.

Por lo que hace al PRD, la hegemonía de Los Chuchos tuvo un costo altísimo, más cuando se enfrentaron a López Obrador que veía en el PRD la base partidista necesaria. En el 2011, AMLO institucionalizó su propio movimiento interno y la ocasión se dio, casi naturalmente, para desafanarse de una izquierda que había perdido identidad en aras de la consecución de canonjías para la dirigencia. Tras la salida del López Obrador, el perredismo cayó en picada; tanto que su supervivencia en el 2018, a pesar de que nominalmente contaba con cinco gubernaturas, incluida la CDMX, dependió de la alianza con Acción Nacional.

El PAN, el partido más moderno y democrático del país desde un punto de vista procedimental, fue víctima de un tsunami. Después de la debacle del 2012 (que ahora se ve como juego de niños), el PAN se convirtió en una arena de conflicto por todos los grupos que quisieron hacerse de su dirigencia. Gustavo Madero logró, por fin, derrotar a los calderonistas y hacerse del control del gracias a los resortes de democracia interna. Nunca se imaginó que el joven queretano al que apoyó para ser diputado y líder de la bancada panista en la Cámara lo habría de traicionar de singular manera. Ricardo Anaya se apoderó del PAN, cuatro meses como interino, de septiembre del 2014 a enero del 2015. Luego fue electo presidente del PAN, cargo que ostentó hasta diciembre del 2017, cuando se confirmó su precandidatura presidencial, suscrita por el PRD y Movimiento Ciudadano. El 5 de septiembre del 2017 surgió la coalición Frente Ciudadano por México. Parecía una alianza contra natura, el escenario más difícil en términos teóricos, la alianza de derecha e izquierda con exclusión de centro parecía gozar de buena reputación popular, era opción interesante. Tanto que las huestes gubernamentales, oliendo el peligro, se dedicaron a denostar a Ricardo Anaya, dándole justo en la línea de flotación con la acusación de tráfico de influencia, lavado de dinero y otros delitos por la compraventa de una nave industrial. Anaya no pudo explicar el origen de los recursos y eso le impidió crecer como el candidato opositor, antisistema, alternativo a López Obrador. Tenía toda la razón cuando acusó al gobierno peñista de instigar la campaña en su contra, pero Anaya hizo todo lo posible por echarse el alacrán a la espalda. ¿A quién se le ocurre amenazar antes de llegar al poder? De parvulitos.

Con todo y que quedó en segundo lugar en la elección, la diferencia de 30 puntos con López Obrador fue una durísima derrota para la alianza concebida por Anaya y Alejandra Barrales, que dejó en estado de indefensión al panista frente a las críticas internas y al PRD, léase Los Chuchos y Barrales, convertidos en fantasmas políticos.

Tras reconocer su derrota, con un dejo de berrinche como nota al calce, Anaya se escondió. Hasta el momento, él no ha aparecido públicamente, pero sus personeros sí, porque además de la inminente necesidad de cambiar a la dirigencia —Damián Zepeda hizo un trabajo tan mediocre que terminó echándose en contra a los gobernadores panistas—, Anaya y Zepeda, aunque responsables directos de la rebambaramba, creen que aún pueden mantener la dirigencia panista para su grupo. Inocentes o ilusos, tienen la peregrina idea de que pueden lograr que el casi exgobernador de Guanajuato, Miguel Márquez, sea el presidente del PAN, porque Anaya no quiere ni busca reelegirse como presidente nacional del PAN. Menos mal, porque otras ideas geniales de Anaya, tipo la alianza izquierda-derecha, no sólo no las aguantaría el PAN sino acabaría con el sistema de partidos. Incluso Fernando Rodríguez Doval, actual vocero del PAN, aseguró que Anaya no piensa ser el Plutarco Elías Calles del PAN, es decir, Anaya no pretende ser el líder del Maximato panista. Ver para no creer. Por lo que hace a Miguel Márquez, aunque es de ultraderecha, logró que en su estado ganara Anaya, proeza que hay que reconocerle, porque Guanajuato fue el único estado donde AMLO no avasalló y donde el voto panista fue más o menos parejo, a diferencia de otros estados en donde, como bien documento Jorge Fernández Menéndez, la votación por Anaya siempre fue menor a los candidatos locales de la alianza PAN-PRD-MC. Otra ventaja de Márquez es que tiene el apoyo de dos gobernadores, Kiko Vega de Baja California y Antonio Echavarría, de Nayarit.

Los antianayistas —que son muchísimos por las rupturas de Anaya con sus exjefes: Francisco Garrido, Roberto Gil, Felipe Calderón, Gustavo Madero y los daños colaterales como Margarita Zavala, Rafael Moreno Valle, Ernesto Cordero y Eufrosina Cruz— van a operar para impedir que Anaya siga mandando en el PAN. 

Existe otro sector contrario a Anaya, un panismo más regional y vetusto, el de Ernesto Ruffo, que pretende contender por la presidencia del PAN; pero éste se halla enfrentado con quienes parecen ser los próximos líderes internos: Moreno Valle y los Calderón, la expareja presidencial a través de interpósita persona: Gil Zuarth.

Por lo pronto, Moreno Valle —ya con la gubernatura de Puebla en la bolsa de su mujer— y Gil Zuarth parecen haberse acercado para hacer una elección abierta en agosto próximo que, dadas las circunstancias, parece ser lo más conveniente. A los panistas les urge definir el tema de la dirigencia para emprender lo más rápido posible las tareas de reestructuración institucional e ideológica del partido. A diferencia de los perredistas, los panistas, con todo y la estrepitosa derrota derivada del infausto negocio de la coalición, aún tienen más de 200,000 militantes y varias gubernaturas —Aguascalientes, las dos Baja California, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Nayarit, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, Tamaulipas y Yucatán, Veracruz ya no se cuenta— que defender y, como sea, son la principal oposición en el Legislativo.

Urge la reconstitución del PAN, por el partido en sí, y por el país en su conjunto.