Lectura 4:00 min
La ventaja no se hereda: un Mundial de sorpresas

Javier Núñez Melgoza | Competencia y mercados
En el Mundial de 2026, el dinero y el prestigio no bastaron. Alemania y los Países Bajos quedaron fuera antes de octavos, y Brasil, la mayor potencia en la historia del torneo, no pasó de esa ronda. En contraste, Cabo Verde, el país menos poblado en llegar a la etapa de octavos, solo cedió ante la campeona vigente en la prórroga. Si los recursos y la historia no determinan el resultado, conviene preguntar de dónde nace la ventaja. Tres selecciones pequeñas ofrecen algunas respuestas; una selección grande e histórica, como Brasil, representa una alerta.
Cabo Verde es un archipiélago de 525.000 habitantes que carece de capacidad para formar en casa futbolistas de alto nivel. Su ventaja estaba fuera de su territorio. Más caboverdianos viven fuera de las islas que en ellas. De esa diáspora, que se reparte entre Portugal, Francia, Países Bajos, EE. UU. e Irlanda, salió la mayoría de la selección, que fue integrada tras construir durante más de veinte años un sistema de rastreo con el que la federación identificó y convenció a jugadores con raíces en las islas.
El país lleva generaciones viviendo parcialmente de sus emigrantes (las remesas equivalen a más del 10% de la economía) y ahora recurre a ellos para armar su selección.
Marruecos es el único equipo africano en cuartos de final. Hace cuatro años alcanzó las semifinales en Catar. Su constancia suele atribuirse a la diáspora, el mismo recurso que Cabo Verde. Sin embargo, hay otro elemento, de naturaleza estructural, que explica por qué este equipo se ha sostenido entre los mejores de un torneo al siguiente. En 2009, Marruecos inauguró la Academia Mohammed VI, primera de una red de centros regionales de enseñanza del fútbol que cada año observa a centenares de niños en todo el país, forma a los seleccionados y funciona como cantera de todas sus categorías nacionales. Formar ese talento ha exigido más de quince años de inversión.
Noruega también construyó capacidad, aunque por un camino distinto. Su historia futbolística es breve y carece de títulos, aunque cuenta con una singularidad de la que puede presumir: Brasil nunca le ha ganado. En 2026, tras veintiocho años sin jugar un Mundial, volvió, eliminó a la pentacampeona y alcanzó los cuartos de final por primera vez en su historia.
Aunque el mérito suele recaer en su estrella nacida en Reino Unido, Erling Haaland, el éxito proviene de una reforma que su federación emprendió hace más de una década. Para sobreponerse a un invierno que deja pocos meses de juego al aire libre, en los últimos diez años el país construyó una red de canchas de césped artificial (539 canchas nuevas y 586 renovadas), financió la formación de 17.000 entrenadores y prohibió descartar a los niños menores de trece años por falta de nivel. Hoy tiene una de las mayores participaciones deportivas del mundo (nueve de cada diez niños de seis a doce años practican algún deporte).
Las tres selecciones deben su rendimiento a años de inversión sostenida y un objetivo claro. Cabo Verde tardó más de dos décadas en localizar y reunir a sus jugadores repartidos por el extranjero, en tanto Marruecos y Noruega dedicaron al menos diez años a formarlos en casa.
Una capacidad lograda así no se improvisa. Un rival que solo tiene más presupuesto o historia no puede igualarla. Brasil hizo lo contrario.
Tenía más talento que cualquier rival y lo consideró suficiente. Supuso que el prestigio heredado era una ventaja permanente y terminó en su peor Mundial en más de tres décadas. En el ámbito empresarial ocurre algo similar: desarrollar capacidades puede ser costoso y tardar en dar frutos, pero puede conducir a ventajas duraderas que los rivales difícilmente logran replicar.

