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Trump en plural

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OpiniónEl Economista

Alexia Bautista

En los Globos de Oro de este año, algunos actores aprovecharon el escenario para manifestarse contra la administración de Donald Trump. Mark Ruffalo, por ejemplo, calificó al presidente estadounidense como un delincuente convicto y violador, y vinculó su denuncia con el asesinato de Renee Good en Mineápolis, ocurrido la semana pasada a manos de un agente del ICE. Las palabras de Ruffalo resumen el malestar de una parte (subrayo, una parte) de la sociedad estadounidense.

Trump puede ser todo lo que Ruffalo describe. Pero no sólo es eso. Nada es blanco y negro, y pretender que lo sea suele conducir a diagnósticos fallidos. Como cualquier persona, Trump tiene múltiples facetas, con la diferencia específica de ejercer el poder desde la Oficina Oval. Desde ahí, su volatilidad adquiere una capacidad de impacto sin precedentes.

Periodistas del New York Times captaron muy bien esto en una entrevista reciente con él, en la que subrayaron las distintas facetas que les mostró durante más de dos horas: el líder global, el presidente en modo batería llena —en un esfuerzo por desmentir especulaciones sobre su salud— y el rencoroso, obsesionado con el reconocimiento y con un Premio Nobel que se le resiste.

Si traigo esto a colación es para señalar que el peligro reside no tanto en que Trump sea una sola cosa, sino en que sea todas al mismo tiempo. Cuando el poder se ejerce así, de forma desordenada y errática, el riesgo está en la pérdida de control más que en enfrentamientos frontales. Cuando los mecanismos creados para regular y contener el conflicto comienzan a amplificarlo estamos ante un momento crítico. Y eso es precisamente lo que ocurre hoy con Estados Unidos.

Se trata de un problema de simultaneidad. En una misma semana, el presidente estadounidense puede amenazar a aliados, imponer aranceles, socavar la autoridad judicial o extraer militarmente a un dictador de Venezuela. Nada de esto ocurre por separado. Es el efecto acumulado de todas las facetas de Trump operando a la vez.

Para América Latina —para Cuba, Colombia y México en particular—, tras la operación en Venezuela quedó claro que Trump no está jugando. Es capaz de ir más lejos de lo que muchos estaban dispuestos a admitir. La presión estadounidense es y será permanente.

En el caso de México, ante amenazas reiteradas de acciones unilaterales contra cárteles o incluso de poner fin al tratado de libre comercio, el gobierno haría bien en tomarlas con absoluta seriedad e incluso anticiparse. México podría, por ejemplo, revisar su relación con Cuba más allá de afinidades políticas presentes o pasadas. En cuanto a las acciones contra cárteles o narcopolíticos, se trata de un tema delicadísimo para la presidenta Claudia Sheinbaum y para su partido.

He leído numerosos argumentos que sostienen que ir contra narcopolíticos equivale a aceptar que México es un narcoestado. En entidades como Sinaloa, donde hasta hace un año prevalecía una suerte de pax narca, esa discusión es casi ociosa. No conozco a nadie en este país que niegue que el narcotráfico y el crimen organizado forman parte del paisaje cotidiano.

La presidenta y su equipo han hecho esfuerzos; no hay duda de ello. Tampoco la hay en que no han sido suficientes. Trump lo sabe. Marco Rubio lo sabe. Lo sabemos todos. Estados Unidos, además, cuenta con la ventaja de la inteligencia acumulada por tener bajo custodia a narcotraficantes de alto perfil.

Y aunque, por ahora, las llamadas entre presidentes han contenido el apetito intervencionista de Trump, lo cierto es que nadie puede prever con qué faceta despertaremos mañana, pasado mañana o dentro de un mes. Es un riesgo mayúsculo. No Trump en singular, sino Trump en plural.

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