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Siri Hustvedt, Paul Auster y un país que lucha con sus monstruos (y va perdiendo)

Hay varios duelos posibles. Siri Hustvedt tiene que lidiar con dos: uno personal y otro colectivo.

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

No soy una gran lectora de Paul Auster. Sus libros siempre me cayeron de rebote: alguien me recomendó tal, me prestaron ese, me encontré en un Sanborns aquel. Lo del Sanborns es real: en sus estantes encontré el primer libro de Auster que leí, Creía que mi padre era Dios (originalmente publicado por Anagrama. Hoy las traducciones al español de Auster están en Seix Barral y su sello Booket). Si bien no es un libro escrito sino editado por Auster, hizo que el autor me atrajera. Luego leí Leviatán: sentimientos ambiguos. La noche del oráculo: mejor. Tombuctú: aplausos de pie.

La literatura de Auster ha crecido en mi corazón de a poco, pero su vida y obra no han sido una constante de mi interés. Podría seguir sin saber mayor cosa de él. Enterarme de su enfermedad y muerte, oh-qué-mal, y continuar con mi día. Pero no pude pasar de largo de la noticia porque tengo amigos que sí son muy fans de Auster y lloraron su muerte como si fuera un amigo más. El final de la vida de Auster fue una serie de eventos tristes: la muerte de su nieta, Ruby, luego la sobredosis de Daniel, su hijo mayor, el cáncer. Tan fácil de enumerar.

Pero tan difícil de vivirlo en primera persona. Un tour por el dolor es Historias de fantasmas de Siri Hustvedt (Seix Barral). Gran escritora por derecho propio, Hustvedt fue esposa de Auster por 43 años, y a la sombra de él, creó su propio universo literario.

A Hustvedt quizá se llega por “ser la esposa”, pero se le lee porque es una maestra. A mí me parece más profunda y poética que su adorado marido. Suele ser ocioso comparar autores, pero en el caso Auster-Hustvedt es todavía más absurdo, sus literaturas son divergentes como pueden serlo las naranjas y las mandarinas: hay tal vez una saborcito compartido, pero sin duda no son lo mismo.

Historia de fantasmas: triste, penosa, implacable progresión del duelo. Pero también muy bella y con el sentido del humor que sólo una persona sensible puede encontrar en cualquier circunstancia.

“Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto”. En su casa de Brooklyn, en el vecindario de Park Slope, Auster murió el 30 de abril de 2024 después de dos años de batalla contra el cáncer. Con ese hecho comienza Hustvedt su diario de viuda: alguien que formaba parte esencial de su vida ha muerto, ella sigue viva.

Si han leído a Hustvedt antes, sentirán que el libro abreva de sus temas comunes, el más importante la enfermedad vista con el catalejo de la ciencia, el tratar de entender lo terrible desde la distancia de lo médico. La autora enlista hechos como si fueran síntomas: duermo con somníferos. Me llega el olor a los cigarros de Paul. Siento su presencia y creo que alucino. Me topo con el gorro que Paul usaba cuando iba a su quimioterapia, lo veo lleno de su cabello —su último cabello— y quiero gritar.

Escribo esta reseña con todo respeto: el respeto que me inspira Hustvedt. Hay momentos en los que el lector entiende que su única manera de seguir adelante es escribir, agarrarse del último madero del naufragio de la cordura. La viuda que lidia. La observadora que examina. La escritora que intenta crear a partir de los trozos dispersos de su percepción. Encontrarle sentido a esto.

En cierto momento Hustvedt recuerda a su esposo en invierno, cómo se sentaban a ver películas bajo una manta roja y él le masajeaba los pies (Paul tenía mano para los masajes, “pulgares fuertes”, nos dice Siri). “Vivir sin el contacto de Paul es una privación que, con el tiempo, se ha vuelto más dolorosa en lugar de menos”. Recordar, dice en algún momento citando a Kierkegaard, y repetir son el mismo movimiento de conciencia pero en sentidos opuestos: el que repite mira hacia delante, a una especie de disciplina de la reiteración (¿una práctica, una forma de entrenamiento para lo que ha de venir?).

El que recuerda viaja al pasado, regresa a lo que ya fue. Puede recordar de manera tan compulsiva como el que repite para el futuro. La diferencia es que el pasado ya es intangible, sólo se puede regresar al él de manera casi siempre equivocada aunque punzante, pues la memoria es tan frágil como el papel firmado que se moja y ya no se puede leer. Pero la mancha persiste. Hustvedt recuerda y repite: recuerda como viuda, repite como escritora.

Historias de fantasmas es duro pero también es fácil de leer; la autora es brillante, narra con inteligencia y hasta con humor. El título del libro viene de una ocurrencia de Auster. Ya muy enfermo, le dice a Siri que sueña con regresar como fantasma para acosarlos y seguirlos viendo: a su esposa, a su hija, a su yerno y a Miles, su nieto recién nacido. Hustvedt se figura al fantasma de su esposo fumando, leyendo, viendo el beisbol.

Auster murió en la biblioteca de su casa —su último deseo, morir rodeado de sus libros, no fue el de un escritor sino el de un lector— pero también se puede decir que murió escribiendo. Su último proyecto quedó inconcluso, una serie de cartas a Miles. Auster imagina a su nieto ya como un muchacho de quince, dieciocho años, que se va enterando de la historia de su familia. Hustvedt incorpora esas cartas a Historias de fantasmas.

En ellas Auster, con gran ternura y diversión, le cuenta a su nieto la vida y origen de cada personaje de esa pequeña familia (sus abuelos, Paul y Siri; su madre, Sophie; su padre, Spencer) y le entrega a Miles la estafeta de un futuro sobre el que el abuelo hace conjeturas. Quizá el mundo de Miles sea mejor que este tan triste.

Además de hacernos sentir el duelo por su esposo, Hustvedt escribe en su libro una especie de reporte de trincheras. La viuda trata de resolver dos lutos, el de su marido y el de su país.

Nos cuenta Siri que Paul sólo se refería a Donald Trump como “número 45” (Trump en su primer período fue el presidente número 45 de su país) para no darle la dignidad de un nombre. Número 45 encarnó todas las pesadillas de la generación de Auster y Hustvedt. Se pensaba que Estados Unidos estaba blindado contra el fascismo y su camino era el de una democracia más justa para todo mundo. Hoy sabemos, reconoce la autora con vergüenza, que ese sueño era una tremenda tontería. O la fantasía operó de otro modo: pregunta a quién le parece más justo Estados Unidos bajo el gobierno de Número 45. Muchos, muchísimos votantes dirán que la justicia al fin llegó a América. El país del sueño americano lucha contra monstruos y va perdiendo.

Uno de los últimos trabajos de Auster fue un libro a cuatro manos con su yerno, el fotógrafo Spencer Ostrander. Ostrander viajó a las escenas del crimen de tiroteos masivos a lo largo de Estados Unidos para hacer una colección fotográfica del desconsuelo. Auster escribió los textos que acompañan a cada imagen.

El resultado, Un país bañado en sangre, nació de la inquietud de hacer algo importante y útil: confrontar a su país con la violencia descontrolada consecuencia de su política sobre armas de fuego. Invitar a una conciencia colectiva de la tragedia. La realidad: para una cantidad desproporcionada de estadounidenses los tiroteos son mero efecto secundario de la libertad. This is America, rapeó Childish Gambino.

El derecho de tener armas está en el ADN de ese país: el derecho de defenderse no sólo del enemigo sino del propio gobierno. Hoy hay otra agravante: los locos, casi siempre blancos y cristianos, que antes sostenían teorías de la conspiración contra el gobierno de Estados Unidos, el FBI, los impuestos, el sistema financiero y demás, hoy están el poder y son felices como cerdos que se revuelcan en su propia inmundicia. Con sus armas de asalto en ristre.

Hustvedt narra la gran decepción de Auster con esta nueva cara de su país. La narradora de Historia de fantasmas no está decepcionada: está aterrorizada. Justo cuando parece que Trump (que para la sobreviviente Hustvedt ya es “Número 47”) va a ser detenido por un mero sentido de decencia y decoro del pueblo estadounidense, sus gobernados le piden que siga más más más. Dónde estás, lady Columbia, señorita Liberty, dama de los valientes. ¿Mueres de tristeza o este fue tu verdadero destino desde 1776?

Historia de fantasmas es un libro obligado para todos los lectores de Auster, pero también es un portal a la obra de Hustvedt. Su pensamiento nunca es superficial ni cobarde y sus palabras son complejas aunque honestas y sencillas de seguir. Cada idea de Historia de fantasmas es fascinante e inicia una cadena de pensamientos desafiantes que uno se devora con hambre. Por más Siri Hustvedt en nuestra biblioteca.

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