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Opinión

Lectura 21:00 min

La cultura del cuidado

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Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

Jaime Cervantes Covarrubias

“Hay enfermedades que comienzan mucho antes de la fiebre.”

Una niña de cinco años observa la jeringa mientras aprieta la mano de su madre. No comprende qué contiene, cómo funciona ni por qué debe aceptar una molestia cuando se siente perfectamente bien. La madre intenta tranquilizarla, aunque también guarda preguntas. Escucha al personal de salud, revisa la cartilla, recuerda la siguiente fecha y finalmente decide y dice, —sí vacúnenla por favor.—

La aguja entra durante unos segundos pero, la protección durará mucho más. El cuidado, en cambio, comenzó antes.

Comenzó cuando alguien investigó un microorganismo, cuando otra persona desarrolló una vacuna, cuando una institución la adquirió, cuando un equipo la conservó a la temperatura indicada, cuando una enfermera explicó sus beneficios y cuando una madre llevó a su hija a recibirla. También comenzó cuando muchas personas decidieron evitar un contagio innecesario.

Esa escena aparentemente individual contiene una inmensa red humana. Ciencia, familia, instituciones, recursos públicos, trabajo sanitario, iniciativa empresarial, filantropía, voluntariado y confianza y confianza convergen en un acto pequeño que busca evitar un sufrimiento futuro.

Una vacuna no se aplica cuando la enfermedad ya produjo fiebre, dolor o dificultad para respirar. Se administra antes. Su sentido consiste precisamente en actuar cuando todavía parece que no pasa nada.

Ahí comienza la paradoja.

Vivimos en una sociedad que reconoce el valor de la prevención, pero suele esperar a que el daño aparezca para comenzar a cuidarse. Acudimos al médico cuando el cuerpo ya no puede sostenernos. Hablamos en familia cuando el resentimiento se volvió distancia. Diseñamos la sucesión cuando la persona fundadora enferma. Revisamos la cultura laboral después del agotamiento. Fortalecemos las instituciones cuando una crisis revela cuánto se habían debilitado.

Esperamos demasiado. Dejamos todo para el final, nos convertimos en bomberos de la circunstancia y aprendemos a apagar incendios en lugar de prevenirlos. La mexicanidad parece tener un doctorado honoris causa en resiliencia.

No porque siempre carezcamos de información, sino porque prevenir exige imaginar una consecuencia que todavía no vemos, aceptar una incomodidad presente y actuar pensando en otras personas, incluso en aquellas que nunca conoceremos. Solemos decir: ‘¿Para qué piensas en eso ahora? Vive el presente’. La ironía es evidente.

Por eso la vacunación no es sólo un asunto médico. Es una expresión de nuestra cultura del cuidado.

También necesitamos vacunarnos contra la ignorancia, la irresponsabilidad, la negligencia y la indiferencia preventiva, no sólo en salud, sino en todas las dimensiones de la vida nacional relacionadas con la ética del cuidado.

La vacunación, entonces, es una prueba de liderazgo.

Cuando el éxito de la prevención se vuelve invisible

Una de las mayores victorias de las vacunas contiene también una amenaza. Cuando consiguen que una enfermedad deje de formar parte de nuestra vida cotidiana, podemos comenzar a creer que nunca fue peligrosa.

Muchas generaciones ya no han visto a una niña morir de difteria, a un niño vivir con parálisis causada por poliomielitis ni a una familia perder a uno de sus integrantes por enfermedades que hoy pueden prevenirse. La ausencia del sufrimiento termina ocultando las decisiones que hicieron posible evitarlo.

Las vacunas contribuyen actualmente a prevenir entre 3.5 y 5 millones de muertes cada año. Un estudio global estimó que la inmunización salvó por lo menos 154 millones de vidas entre 1974 y 2024, alrededor de seis por minuto durante medio siglo. La mayoría fueron vidas de niñas y niños pequeños.

La viruela fue erradicada. La poliomielitis se encuentra limitada a pocos territorios. La vacunación contra hepatitis B ayuda a prevenir cirrosis y cáncer hepático. La del virus del papiloma humano disminuye el riesgo de cáncer cervicouterino y otros tumores asociados. Otras vacunas reducen neumonías, meningitis, discapacidad, hospitalizaciones y muertes.

Sin embargo, el éxito sanitario puede producir una ilusión de invulnerabilidad.

“Esa enfermedad ya no existe”, pensamos.

En realidad, muchas veces no la vemos porque varias generaciones decidieron protegerse.

La protección colectiva tampoco significa que una vacuna garantice inmunidad absoluta ni que carezca de posibles efectos secundarios. Ninguna intervención médica ofrece riesgo cero. La responsabilidad consiste en comparar magnitudes, considerar las condiciones particulares de cada persona y tomar decisiones con evidencia, acompañamiento profesional y vigilancia sanitaria.

La responsabilidad comienza en cada persona y su concepción de cuidado, personal y colectivo. La manera en que decidimos vacunarnos revela, en parte, nuestra concepción del cuidado y el capital cultural al que hemos tenido acceso.

Confundir seguridad con inocuidad absoluta conduce a una exigencia imposible. Tomar un medicamento, viajar, alimentarse, trabajar o atravesar una calle implica algún riesgo. La pregunta madura no es si existe cualquier posibilidad de daño, sino qué riesgo enfrentamos, cuál evitamos y qué consecuencias puede tener nuestra decisión para otras personas.

Tampoco toda duda merece burla.

Hay quienes desconfían debido a información falsa, pero otras personas han vivido desabasto, atención deficiente, mensajes contradictorios, imposiciones, conflictos de interés o instituciones que no explicaron con honestidad sus decisiones. La confianza no se decreta. Mucho menos se reconstruye ridiculizando a quien pregunta.

El liderazgo sanitario debe reconocer los límites de la ciencia al mismo tiempo que defiende con firmeza la evidencia acumulada. Escuchar no significa otorgar el mismo valor a una investigación rigurosa y a un rumor difundido en redes sociales. Significa comprender que detrás de muchas dudas existe miedo, incertidumbre, una experiencia previa o la necesidad legítima de conservar autonomía sobre el propio cuerpo.

¿Cómo pedir confianza cuando una institución no informa con claridad?

¿Y cómo construir salud pública cuando cualquier anécdota adquiere el mismo peso que décadas de investigación?

Entre el autoritarismo sanitario y el individualismo absoluto existe un camino humanista: información verificable, diálogo respetuoso, consentimiento responsable, acceso suficiente, conciencia de interdependencia y la dignidad de cada persona en el centro.

México no perdió la memoria; debilitó la continuidad

México desarrolló durante décadas una importante tradición de vacunación pública. Brigadas, centros de salud, escuelas, cartillas y campañas nacionales acercaron biológicos a millones de hogares. El Programa de Vacunación Universal permitió controlar enfermedades que habían marcado a numerosas familias. Ese logro no debe idealizarse ni olvidarse. Debe sostenerse, debe regenerarse.

Con el tiempo, México dejó de ocupar el lugar de referencia epidemiológica que alguna vez alcanzó.

La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua 2021-2023 estimó que sólo 45.6% de las niñas y los niños de 12 a 23 meses tenía documentado el esquema completo correspondiente a su edad. Entre quienes tenían de 24 a 35 meses, la proporción fue de 32.4%. En localidades rurales, la cobertura completa del primer grupo descendió a 32.4%, y en la región Península llegó a 23.1%.

Estos datos no significan que la mayoría de la niñez mexicana no hubiera recibido vacuna alguna. Indican que muchas niñas y niños no contaban oportunamente con todas las dosis requeridas y registradas para su edad.

La diferencia es importante, pero no tranquilizadora. Un programa humanista de salud protege a las infancias, fortalece la sostenibilidad y la soberanía sanitaria de la nación. Permitir enfermedades y muertes prevenibles no puede ser una opción.

Un esquema incompleto puede comenzar con una dosis que no llegó, una cita olvidada, un centro sin biológicos, una familia que no pudo regresar, una cartilla extraviada o una madre que tuvo que elegir entre acudir a vacunación y perder el ingreso de ese día.

En México, la cobertura insuficiente no puede explicarse únicamente mediante los movimientos antivacunas. También influyen la fragmentación del sistema de salud, las barreras geográficas, el desabasto, la falta de seguimiento, la pobreza de tiempo, la desigualdad territorial, horarios y prácticas laborales que dificultan el acceso a la prevención y la comunicación institucional deficiente.

Responsabilizar exclusivamente a las familias sería una forma de comodidad política.

El autocuidado requiere decisión personal, pero también necesita instituciones que lleguen a tiempo: el primer, segundo y tercer sector coordinados.

La reaparición del sarampión muestra las consecuencias de debilitar esa continuidad. Entre la primera semana de 2025 y la segunda de 2026, México confirmó 7,168 casos y 24 defunciones. Para mayo de 2026, la OPS registraba 10,920 casos confirmados durante ese año y 13 muertes adicionales, extendidos por 31 entidades federativas.

No son solamente números epidemiológicos, son personas en riesgo sanitario.

Detrás de cada caso existe una persona enferma, una familia preocupada, días escolares perdidos, ausencias laborales, consultas, vigilancia de contactos, recursos hospitalarios y la posibilidad de que alguien especialmente vulnerable enfrente una complicación. El costo humano, social y económico es alto.

El sarampión requiere coberturas cercanas a 95% con dos dosis para impedir una transmisión sostenida. Alcanzarlas no depende de una semana nacional ni de una campaña ocasional. Exige abasto estable, seguimiento nominal, coordinación entre instituciones, personal suficiente y una conversación pública capaz de recuperar confianza.

La prevención no puede administrarse como reacción. Necesita convertirse en cultura.

Yo sí me vacuno: me cuido y te cuido

Quiero expresar mi postura sin ambigüedad. Como mexicano, padre, abuelo y empresario, yo sí me vacuno.

Lo hago por dos razones sencillas y profundas: me cuido y te cuido.

Me cuido porque reconozco mi vulnerabilidad. No considero que la salud sea una garantía ni que mi cuerpo esté exento de enfermar. Procuro informarme, consultar a profesionales y tomar decisiones preventivas antes de que una enfermedad obligue a reaccionar.

Te cuido porque comprendo que mi organismo no vive aislado.

Convivo con mis familiares, colegas y personas con quienes coincido diariamente. Puedo encontrarme con alguien inmunosuprimido, una mujer embarazada, una persona adulta mayor, un bebé que todavía no recibe una dosis o alguien cuyo sistema inmunitario no desarrolló protección suficiente.

No necesito conocer su historia para reconocer su dignidad. Al protegerme, también puedo protegerla.

Vacunarme no significa creer que una vacuna me vuelve invulnerable. Tampoco supone renunciar a preguntar, exigir transparencia o reconocer la posibilidad de efectos adversos. Significa aceptar que la libertad personal no ocurre fuera de la vida común.

Mis decisiones tienen consecuencias y eso también es política.

No entiendo la política únicamente como elecciones, partidos, cargos públicos o disputas ideológicas. Esa es apenas una de sus expresiones. La comprendo como nuestra disposición para cocrear el bien común, con reciprocidad, igualdad y confianza en que cada quien aporta su mejor versión humana. Hay política en la manera de utilizar los recursos públicos, pero también en la forma en que cuidamos un espacio compartido, verificamos información, protegemos a quien tiene mayor riesgo y asumimos las consecuencias sociales de nuestras decisiones privadas.

Cuidar un parque es civismo.

Cuidar el medio ambiente es sostenibilidad.

Cuidar tu salud, vacunarse, es responsabilidad sanitaria colectiva.

No porque el Estado deba apropiarse del cuerpo de una persona ni porque toda recomendación deba obedecerse sin reflexión, sino porque vivir en comunidad implica reconocer que algunos riesgos se comparten.

Joan Tronto, politóloga dedicada a estudiar la ética del cuidado, propone comprender el cuidado como todo aquello que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro mundo común. Esa mirada permite superar la idea de que cuidar pertenece exclusivamente a las mujeres, las familias o el personal sanitario.

Cuidar es una responsabilidad humana y política.

La persona cuida cuando completa su esquema, consulta fuentes confiables y evita divulgar información no verificada. La familia cuida cuando revisa sus cartillas, acompaña sin imponer miedo y conversa con respeto. El Estado cuida cuando garantiza acceso, abasto y vigilancia. La empresa cuida cuando evita exposiciones innecesarias y permite que prevenir no represente perder salario. La sociedad civil cuida cuando traduce evidencia, acompaña comunidades y exige rendición de cuentas.

Nadie puede hacerlo todo.

Nadie debería desentenderse por completo.

Edgar Morin, pensador francés del pensamiento complejo, ha insistido en que la vida humana se teje mediante interdependencias: necesitamos de la otredad para vivir bien. Una crisis sanitaria vuelve visible aquello que la normalidad suele ocultar: lo que hace una persona puede proteger o vulnerar a muchas otras.

¿En qué momento confundimos autonomía con indiferencia?

¿Puede considerarse plenamente libre una decisión que niega sus consecuencias sobre la comunidad?

El Humanismo Mexicano Regenerativo parte de la dignidad individual, pero no termina en ella. Reconoce a la persona como libre, vulnerable, relacional y responsable. Toda transformación comienza por una misma o por uno mismo, aunque ninguna transformación verdaderamente humana concluye ahí.

Me cuido y te cuido.

La frase parece sencilla y, en realidad, contiene una filosofía política.

Las empresas también pueden enfermar por falta de prevención

La vacunación ofrece además una metáfora poderosa para comprender a las organizaciones.

Una empresa familiar que posterga la sucesión hasta que la persona fundadora enferma no actuó preventivamente. Una familia empresaria que evita conversaciones difíciles hasta que el conflicto llega a tribunales tampoco lo hizo. Una organización que ignora el agotamiento hasta que pierde talento, productividad y confianza está administrando síntomas, no construyendo salud.

Las empresas también necesitan defensas.

Gobierno corporativo, protocolos, consejos, formación, mecanismos de escucha, controles, planes de continuidad, seguridad ocupacional y conversaciones oportunas pueden resultar incómodos. Exigen tiempo, recursos y disposición para revisar hábitos arraigados.

Pero su incomodidad presente puede evitar una fractura futura. Una vacuna no reemplaza al sistema inmunológico. Lo prepara. Un protocolo no reemplaza el criterio humano. Lo orienta. Un consejo no sustituye a la familia. Le ofrece un espacio para dialogar antes de que las diferencias se conviertan en rupturas.

La prevención es liderazgo sobre el tiempo: la capacidad de reconocer señales, imaginar consecuencias y actuar, con sensibilidad y conciencia, antes de que el daño reclame toda nuestra atención.

Esto adquiere una urgencia particular en las MiPymes mexicanas. Cuando faltan dos o tres personas clave, una operación puede detenerse. Una enfermedad afecta a quien la padece, pero también a quien cuida, a la familia que pierde ingresos, al equipo que absorbe cargas adicionales y a la clientela que deja de recibir un servicio.

La salud ocupacional no es un beneficio periférico ni un recurso de imagen corporativa. Es continuidad operativa, estabilidad familiar y dignidad del trabajo.

La paradoja empresarial que he observado durante años de liderazgo es evidente: invertimos cantidades exorbitantes para prevenir virus informáticos, ataques cibernéticos y fallas capaces de detener el negocio, pero destinamos una fracción mínima a la salud ocupacional. Parece preocuparnos más el colapso de los datos que la protección sanitaria de quienes sostienen la organización. La ironía debería incomodarnos.

En México, la Ley Federal del Trabajo y el Reglamento Federal de Seguridad y Salud en el Trabajo obligan a las empresas a prevenir riesgos, operar sus centros conforme a las disposiciones sanitarias y laborales, integrar diagnósticos, programas y comisiones de seguridad e higiene, e informar a las personas trabajadoras sobre los peligros relacionados con sus actividades. La NOM-030-STPS-2009 regula las funciones de los servicios preventivos de seguridad y salud, mientras la normativa sanitaria establece condiciones para la aplicación y vigilancia de vacunas.

Cumplir la norma representa el mínimo. El liderazgo humanista debe ir más allá.

Una empresa responsable identifica los riesgos biológicos propios de sus actividades. No enfrenta la misma exposición un hospital que una oficina, una guardería, un laboratorio, una planta de alimentos o una organización cuyos integrantes viajan constantemente. Las medidas deben ser proporcionales, justificadas y diseñadas con apoyo profesional.

La vacunación tampoco sustituye la ventilación, la higiene, los equipos de protección, la vigilancia epidemiológica, la limpieza, el aislamiento oportuno ni una política adecuada de incapacidades.

Mucho menos autoriza a exhibir, perseguir o discriminar.

Los datos de salud pertenecen a la intimidad de cada persona. Una empresa humanista protege la confidencialidad, reconoce contraindicaciones, evita estigmatizar y facilita decisiones informadas. No convierte a quien lidera en médico ni al centro laboral en consultorio improvisado.

Sí puede organizar campañas con instituciones autorizadas, ofrecer tiempo para vacunarse, comunicar con evidencia, revisar esquemas cuando exista riesgo ocupacional, proteger a personas especialmente vulnerables y permitir una recuperación razonable ante reacciones temporales.

Obligar a alguien a escoger entre prevención y salario es una incoherencia empresarial.

También lo es presumir filantropía hacia afuera mientras se descuida la salud de quienes producen valor adentro.

La responsabilidad social comienza en la experiencia cotidiana de trabajar. Se expresa en horarios, seguridad, salario, liderazgo, descanso, protección, escucha y acceso oportuno a medidas preventivas.

La filantropía consciente puede ampliar ese compromiso. Fundaciones empresariales, cámaras, universidades y organizaciones civiles pueden apoyar campañas comunitarias, educación sanitaria, investigación, infraestructura y acceso en territorios rezagados. Pero la filantropía no debe sustituir las obligaciones públicas ni utilizarse para ocultar prácticas laborales dañinas.

Donar vacunas mientras se niegan condiciones dignas de trabajo no es regeneración.

Es incongruencia. La prosperidad regenerativa exige producir valor sin consumir las condiciones humanas que lo hacen posible. Una organización saludable no espera a que el cuerpo, la familia o el equipo colapsen para reconocer que necesitaban cuidado.

Cuidar la vida es una responsabilidad compartida

La vacunación revela con especial claridad el deber ser político de los tres sectores.

El primer sector debe garantizar una política nacional continua, accesible y basada en evidencia. Necesitamos abasto suficiente, registros confiables, vigilancia epidemiológica, comunicación transparente, investigación, personal capacitado y atención diferenciada a comunidades rurales, indígenas, fronterizas y urbanas con mayor rezago.

El gobierno no puede pedir corresponsabilidad ciudadana mientras traslada a las familias el costo de sus fallas institucionales. Tampoco debe utilizar la salud como propaganda. Informar implica reconocer avances, explicar riesgos, publicar datos, corregir errores y sostener una estrategia más allá de coyunturas políticas.

El segundo sector debe reconocer que la salud de quienes trabajan forma parte de su responsabilidad estratégica. Las empresas pueden facilitar vacunación, prevenir contagios, capacitar a sus liderazgos, proteger datos personales y fortalecer una cultura donde acudir al médico no se interprete como falta de compromiso.

El empresariado mexicano genera empleo, prosperidad y cultura cotidiana. Cada decisión empresarial enseña algo sobre cuánto vale una persona. Una organización que protege la salud educa en responsabilidad. Una que castiga la enfermedad enseña ocultamiento. Una que obliga a trabajar con síntomas puede convertir la lealtad en riesgo para toda la comunidad.

El tercer sector puede construir puentes allí donde la confianza se rompió. Universidades, colegios profesionales, asociaciones civiles, medios, organizaciones comunitarias y fundaciones pueden traducir la ciencia, acompañar dudas, investigar brechas, vigilar políticas públicas y acercar servicios a quienes permanecen fuera.

Ninguno de los tres sectores resolverá por sí solo los desafíos sanitarios de México.

El Estado posee obligaciones irrenunciables. La empresa cuenta con capacidad organizativa, recursos y cercanía cotidiana con millones de familias. La sociedad civil aporta conocimiento territorial, innovación, acompañamiento y vigilancia.

Necesitamos coordinación, no sustitución. Corresponsabilidad, no evasión. Confianza, no obediencia ciega.

La cultura del cuidado se debilita cuando cada sector espera que otro actúe primero.

Prevenir es cuidar el porvenir

Las vacunas también pueden contribuir a enfrentar uno de los mayores desafíos sanitarios contemporáneos: la resistencia antimicrobiana. Al prevenir infecciones, reducen la necesidad de utilizar antibióticos y disminuyen oportunidades para que algunos microorganismos resistentes se propaguen.

La Organización Mundial de la Salud estima que un mejor uso de vacunas existentes y futuras contra 23 patógenos podría reducir hasta 22% el consumo mundial de antibióticos, equivalente a aproximadamente 2,500 millones de dosis diarias definidas por año. No se trata sólo de evitar una infección presente, sino de conservar la eficacia de medicamentos que otras personas necesitarán en el futuro.

La prevención vuelve a unir generaciones.

Quienes desarrollaron y aplicaron vacunas antes de nuestro nacimiento contribuyeron a la salud que hoy disfrutamos. Las decisiones actuales influirán en las posibilidades sanitarias de quienes todavía no nacen.

Como abuelo, esta dimensión intergeneracional me toca profundamente.

Cuidar a mis nietas y nietos, y a las nuevas generaciones, no significa intentar eliminar toda dificultad de su camino ni prometerles una vida sin riesgos. Significa participar en la construcción de condiciones para que puedan crecer, aprender, enfermar menos, recibir atención cuando la necesiten y habitar instituciones más confiables que las que nosotros recibimos. Eso es sostenibilidad aplicada a la vida cotidiana.

La protección verdadera no encierra. Prepara.

En una empresa familiar sucede algo semejante. El mejor legado no consiste únicamente en transferir patrimonio. También implica entregar una cultura capaz de prevenir, dialogar, cuidar y responder. Una siguiente generación necesita activos, pero requiere igualmente instituciones, confianza y libertad para transformar aquello que ya no funciona.

Un país también hereda.

Puede transmitir sistemas debilitados, desconfianza y resignación. O puede heredar capacidades colectivas para reconocer riesgos, cooperar y actuar antes de la emergencia.

¿Qué México estamos preparando para las generaciones siguientes?

La pregunta no corresponde solamente a quienes gobiernan.

Comienza en cada persona.

Revisa tu Cartilla Nacional de Salud y comienza por tu esquema de vacunación, así como por el de quienes dependen de tu cuidado. Consulta a profesionales de la salud. Pregunta qué vacunas corresponden a tu edad, ocupación, embarazo, condición médica o situación de riesgo. Distingue una duda legítima de una afirmación sin evidencia. Evita compartir información cuya procedencia no puedes verificar.

Después, lleva la pregunta a tu familia.

¿Hablan de prevención o sólo de enfermedad? ¿Pueden expresar miedo sin ser ridiculizados? ¿Saben quién necesita un refuerzo? ¿Existe alguien que no puede acudir por tiempo, distancia, dinero o falta de acompañamiento?

Finalmente, llévala a tu empresa o institución.

¿La salud preventiva forma parte de la estrategia o únicamente aparece durante una crisis? ¿Las personas pueden cuidarse sin temer perder ingreso, reconocimiento o empleo? ¿La Comisión de Seguridad e Higiene comprende los riesgos biológicos? ¿La dirección recibe información sobre ausentismo, brotes y barreras de acceso? ¿La responsabilidad social comienza adentro?

Cambiar una cultura no ocurre mediante una sola campaña.

Comienza cuando dejamos de interpretar el cuidado como debilidad, gasto o asunto privado.

Comienza cuando una persona reconoce su vulnerabilidad sin sentirse disminuida.

Cuando una familia protege sin controlar.

Cuando una empresa previene sin invadir.

Cuando una institución informa sin manipular.

Cuando una ciudadanía ejerce libertad sin abandonar la responsabilidad.

De este tema conversaremos esta semana en nuestro espacio radiofónico Liderazgo, Salud y Sociedad. El martes 4 de agosto, Maribel Ramírez Coronel abordará la vacunación desde la salud, la prevención de infecciones y la resistencia antimicrobiana. El jueves 6 de agosto, Rafael Balderas Ledezma, la misma Maribel y yo profundizaremos en la confianza, el liderazgo, la responsabilidad empresarial y la construcción de una cultura del cuidado.

Nos escuchamos de 15:00 a 16:00 horas, tiempo del centro de México, por Radio Fórmula en la 1470 AM de la Ciudad de México y 1230 AM para Guadalajara y Monterrey, así como en sus plataformas digitales.

Pensar bien. Decidir mejor. Vivir mejor. Convivir mejor.

Yo sí me vacuno.

Me cuido y te cuido.

Porque una sociedad no comienza a sanar cuando aprende a atender mejor sus enfermedades.

Comienza a sanar cuando decide cuidar la vida antes de que aparezca el daño.

El autor es Doctor en Desarrollo Humano por la Universidad Motolinía del Pedregal; Maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana; Master Ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico por IE Business School y Licenciado en Comunicación Gráfica. Es desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico y columnista en El Economista.

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Jaime Cervantes Covarrubias

El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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