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Opinión

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Sin Silicon Valley estaríamos en recesión

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Jorge A. Castañeda | Columna invitada

Jorge A. Castañeda Morales

La semana pasada escribí en este espacio sobre el fenómeno que hoy sostiene a la economía mexicana: el auge de las exportaciones de servidores y equipo para los centros de datos que EU construye a marchas forzadas. Esta semana, Christine Murray retomó el tema en el Financial Times, con énfasis en Ciudad Juárez, que parece volverse la principal beneficiaria del boom.

El nearshoring del que hablamos tantos años nunca llegó como nos lo imaginábamos, con fábricas huyendo de los aranceles para instalarse en el Bajío. Pero a México —un país al que las oportunidades de fuera le siguen tocando la puerta, casi a pesar de sí mismo— parece haberlo salvado uno de los sospechosos menos probables: Silicon Valley. Nos volvimos la plataforma de ensamble de la infraestructura física de la inteligencia artificial y hoy los servidores ya desplazaron a los autos como la principal exportación del país.

La paradoja, como le dijo al Financial Times Carlos Serrano, de BBVA México, es que sin ese aumento de exportaciones el país estaría hoy en recesión. La economía mexicana crecerá, según el Banco Mundial, 1.3% este año; el consumo está plano, la inversión está en pausa por la incertidumbre del T-MEC y la reforma judicial, y el gasto público permanece amarrado. Lo único que evita que el tablero se pinte de rojo es este auge exportador. Estamos recargando la salud aparente de toda la economía sobre un solo motor, y uno que, como argumenté la semana pasada, es prestado.

Pero hay algo más incómodo en los números: este boom casi no genera empleo. Paradójicamente, la IA sí desplazará empleo aquí, aunque no como se predijo. El empleo manufacturero en Ciudad Juárez tocó techo en 2023, mientras las exportaciones se duplicaban. La razón es que son plantas altamente automatizadas. Un directivo de Pegatron le explicó al Financial Times que hace 20 años un supervisor vigilaba a 10 o 20 obreros; hoy la proporción es de uno por cada dos y medio. Un tráiler cargado de servidores vale lo mismo que 1,000 automóviles, pero emplea a una fracción de la gente. La industria automotriz, otrora joya de la corona del T-MEC, tejió durante décadas una cadena de proveeduría a lo largo y ancho del país, con 39% de contenido nacional y cientos de miles de empleos de autopartes mejor pagados que el promedio; el servidor es un enclave que se ve en la balanza comercial, pero no en el mercado laboral.

Y ahí aparece el segundo techo. Escalar hacia partes de mayor valor —chips, tarjetas y diseño— topa con una pared que no es solo de voluntad política. TSMC, el mayor fabricante de semiconductores del mundo, decidió invertir 265 mil millones de dólares en Arizona y no en México, su vecino. La razón que dan los funcionarios y la representación taiwanesa no son los impuestos ni los aranceles, sino la falta de ingenieros —un chip complejo requiere 1,000 pasos y cientos de especialistas—, de agua y de electricidad firme. Hoy, calculan, México podría aspirar a entre 3 y 7% de contenido nacional por servidor, contra el 39% del automóvil.

Nada de esto quita que el boom sea bienvenido; nos salvó de la recesión, y algo es algo. Pero no conviene confundir el respiro con el desarrollo. Si seguimos sin garantizar estado de derecho, capital humano, agua y energía firme en el corredor fronterizo y del Bajío, cuando el ciclo de inversión en IA se enfríe —y los mercados ya coquetean con esa idea—, nos quedaremos viendo cómo se desinfla la balanza comercial, con un país que exportó muchísimo y desarrolló muy poco. Ojalá esta vez sí alcancemos el tren.

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