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Adán Augusto o el arte del silencio

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Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Manuel Ajenjo

Hay políticos que hablan tanto que uno termina rogando que se apaguen los micrófonos. Y hay otros que descubrieron la fórmula inversa: no decir absolutamente nada. En esa segunda categoría milita con entusiasmo el senador Adán Augusto López Hernández, quien ha elevado el mutismo al rango de política pública.

Cada vez que un reportero —ese incómodo personaje que insiste en hacer preguntas porque para eso le pagan— se le acerca con un micrófono, el senador responde con la precisión de una contestadora automática: —No acostumbro dar declaraciones. Y asunto concluido.

No importa si la pregunta es sobre seguridad, gobernabilidad, la agenda legislativa o cualquier otro asunto de interés nacional. La respuesta es siempre la misma, como si el senador hubiera sido programado por una Inteligencia Artificial barata que únicamente aprendió esa oración.

Lo que llama la atención es que, al tomar posesión de su cargo, los senadores no hacen votos de silencio, como si fueran monjes cartujos o trapenses. Por el contrario, un senador ocupa un cargo cuya materia prima son las palabras; su trabajo consiste en debatir, argumentar, convencer, representar y explicar. Explicar. Ahí comienza el problema.

Desde julio de 2025, cuando su nombre comenzó a aparecer ligado al escándalo que involucró a quien fue su secretario de Seguridad en Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, Adán Augusto decidió que la mejor estrategia era perfeccionar el arte del silencio. Desde entonces, los periodistas pueden preguntarle la hora, el clima o quién ganó el Mundial, porque la respuesta será idéntica: —No doy declaraciones.

Ahora bien, uno podría entender que un ciudadano cualquiera no quiera responder preguntas. Está en su derecho. Pero un senador no es un ciudadano cualquiera mientras ejerce el cargo. Es un representante popular. Popular significa del pueblo. Y el pueblo resulta que es quien paga su salario. No es un detalle menor.

Los reporteros no preguntan por simple curiosidad. Preguntan porque representan el derecho de millones de ciudadanos a saber qué piensan quienes toman decisiones públicas. Cuando un periodista formula una pregunta, detrás del micrófono no está solamente una empresa de comunicación. Estamos nosotros. Los contribuyentes. Los electores. La población interesada en escuchar una opinión.

Por eso resulta tan peculiar oir a un servidor público negarse sistemáticamente a informar y, acto seguido, reclamar: —Respeten mi opinión. Perdón, Su Señoría: ¿Y nuestro derecho a conocerla? Porque es complicado respetar una opinión que nunca aparece. Es como exigir que admiremos un cuadro cubierto permanentemente con una sábana.

La discusión cobra todavía mayor interés ahora que tanto se habla de proteger a las audiencias. Excelente propósito. Pero quizá la protección debería comenzar garantizando que existan respuestas. Porque una audiencia protegida, pero desinformada, termina siendo algo parecido a un enfermo bien atendido pero sin saber el diagnóstico de su padecimiento.

Nadie propone invadir la vida privada de los funcionarios. Nadie tiene derecho a preguntar qué desayunaron, con quién pasaron el domingo o qué serie de tele vieron anoche Pero los asuntos públicos pertenecen al espacio público. Y cuando un senador rehúsa explicar su postura sobre temas nacionales, no está protegiendo su intimidad. Está dejando vacía una parte de la representación que los ciudadanos le encomendamos.

La democracia no consiste únicamente en votar cada x tiempo. También consiste en rendir cuentas todos los días. Incluso cuando las preguntas son incómodas. Porque responder únicamente cuando llegan aplausos y guardar silencio cuando aparecen interrogantes embarazosas es una modalidad muy peculiar de entender el servicio público.

Morena ha insistido, una y otra vez, en que la llamada Cuarta Transformación representa un cambio respecto de las viejas prácticas políticas. Precisamente por eso, conductas como las del expriista López Hernández, terminan haciendo un daño grande e innecesario al movimiento. No porque un senador tenga obligación de contestarlo todo, sino porque parece decidido a no contestar nada. Y entre la transparencia absoluta y el mutismo profesional existe un amplio territorio llamado rendición de cuentas. Sería saludable recorrerlo.

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Manuel Ajenjo

Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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