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Los seis grupos que hoy disputan el poder en Washington

Opinión
Durante años, buena parte del análisis sobre Donald Trump se ha concentrado en su personalidad. Su estilo impredecible, sus declaraciones y su capacidad para dominar el debate público han llevado a interpretar muchas de sus decisiones como simples impulsos políticos. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. Trump no gobierna solo ni representa una corriente ideológica homogénea. Su administración reúne una coalición de grupos que comparten la idea de que el liberalismo estadounidense atraviesa una crisis profunda y que el funcionamiento del Estado debe replantearse. Aunque discrepan sobre el camino a seguir, coinciden en que el modelo político surgido después de la Segunda Guerra Mundial ha perdido capacidad para responder a los desafíos actuales.
Diversos analistas han comenzado a describir esa convergencia como una coalición posliberal. El término no alude a un movimiento único ni a una organización centralizada, sino a la coincidencia temporal de distintas corrientes intelectuales y políticas que buscan redefinir el papel del Estado, la democracia, la economía y la identidad nacional. Comprender esa coalición resulta más útil que explicar cada decisión presidencial como una ocurrencia de Donald Trump.
En las próximas semanas revisaré a algunos de los pensadores que, desde distintas tradiciones, han influido en ese debate: Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Ayn Rand, Murray Rothbard, Leo Strauss, Carl Schmitt, Patrick Deneen, Curtis Yarvin, René Girard y otros autores cuyas ideas hoy reaparecen en el debate público estadounidense. Antes de entrar en ellos conviene responder una pregunta más inmediata: ¿quiénes representan hoy esas corrientes dentro del gobierno de Estados Unidos?
En ese sentido, el libro Donald Trump y la rebelión en la granja, de Ángel Jaramillo, ofrece una contribución valiosa. Su principal mérito no consiste en presentar una teoría conspirativa ni en atribuir a Trump un proyecto filosófico coherente, sino en identificar las redes intelectuales, políticas y financieras que convergen alrededor de su administración. Más que un plan único, lo que existe es una coalición de actores que comparten diagnósticos semejantes sobre la crisis del Estado liberal, aunque discrepan respecto al tipo de orden político que debería sustituirlo.
Una de esas corrientes corresponde al antiguo establishment republicano y a los neoconservadores. Aunque su influencia ha disminuido dentro del trumpismo, todavía conservan presencia en materia de política exterior y mantienen una visión internacionalista del liderazgo estadounidense. En algunos casos conservan vínculos con tradiciones intelectuales asociadas al originalismo constitucional y, de manera indirecta, con el legado de Leo Strauss.
Una segunda corriente es el nacionalismo cristiano, para el cual la discusión sobre inmigración, educación, identidad nacional o políticas de diversidad constituye, ante todo, un debate cultural y moral. Su influencia puede observarse en diversas iniciativas impulsadas durante los últimos años sobre ciudadanía, educación y programas de diversidad e inclusión.
El tercer grupo reúne a empresarios y tecnólogos cercanos a Silicon Valley. Figuras como Peter Thiel representan una combinación singular de libertarismo económico, escepticismo frente al Estado administrativo y confianza en que la innovación tecnológica puede transformar las instituciones públicas. Su influencia trasciende el financiamiento político y alcanza la formación de nuevos cuadros empresariales y gubernamentales.
A ello se suma el llamado bannonismo, que combina nacionalismo económico, proteccionismo comercial y una crítica constante a las élites burocráticas. Aunque Steve Bannon ya no ocupa un papel central en la administración, muchas de sus ideas sobre reindustrialización, soberanía económica y reducción del aparato administrativo continúan presentes en distintos sectores del movimiento.
Más radical resulta la corriente neorreaccionaria, asociada a Curtis Yarvin. Su influencia suele exagerarse, pero algunas de sus críticas a la democracia liberal y al funcionamiento de la burocracia federal han encontrado eco en determinados círculos tecnológicos y políticos. Finalmente, el originalismo constitucional impulsado desde instituciones como la Federalist Society y el Claremont Institute probablemente constituye la corriente con mayor impacto institucional, al haber contribuido a la formación de buena parte de los jueces federales nombrados durante la primera administración Trump y al fortalecimiento de una interpretación más amplia de las facultades del Poder Ejecutivo.
Estas corrientes no responden a una sola dirección ni forman una organización homogénea. Coinciden en algunos objetivos, discrepan en otros y compiten por influir en el rumbo del gobierno. Trump ha funcionado, sobre todo, como el punto de convergencia de esa coalición posliberal, más que como su principal arquitecto intelectual.
Frente a ello, el Partido Demócrata enfrenta un desafío distinto. Dispone de gobernadores, legisladores y posibles candidatos competitivos para 2028, pero todavía no articula un relato capaz de responder a las críticas que estas corrientes formulan al liberalismo contemporáneo. Mientras los republicanos discuten proyectos alternativos de organización política e institucional, los demócratas aparecen concentrados, sobre todo, en administrar y preservar el orden vigente.
Para México, esta discusión trasciende el interés académico. La relación bilateral ya no dependerá únicamente del comercio, la migración o la seguridad. También estará determinada por las ideas que orienten a quienes ocupen el poder en Washington. Comprender esa nueva coalición posliberal será indispensable para anticipar hacia dónde puede evolucionar Estados Unidos durante la próxima década. Los gobiernos cambian; las ideas, con frecuencia, permanecen mucho más tiempo.
