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El Pato Merlín y el rostro de una tragedia colectiva: la desaparición

Marisol Ochoa | Columna invitada
En medio de la euforia del mundial de fútbol, y el apoyo incondicional a la selección mexicana, los fans fest, la fiesta y la gran celebración que nos une, hay cosas que no podemos ni debemos ignorar. Sí, estamos en una época para festejar, y el mundial es un espacio para unirnos, fortalecer nuestra unidad nacional y cohesión social. Pero a su vez, no podemos evitar el reconocer, que, tras estos momentos de orgullo y esperanza, hay realidades que también exigen de nuestra atención, apoyo y solidaridad, por más dolorosa que esta sea, como es el fenómeno de la desaparición. Para este año, y de acuerdo con cifras del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, se contabilizan 132,534 personas de las cuales 89,870 continúan sin ser localizadas.
A su vez, y de conformidad a conteos independientes de cuerpos no identificados, se estima que alrededor de 70,000 cuerpos se encuentran bajo custodia del Estado, esto de acuerdo con el informe sobre Desapariciones en México, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos este 2026. Estas cifras son terribles, pero más allá de un dato, tenemos que entender que son personas que no han podido ser encontradas, y no han podido regresar a los brazos de sus seres queridos. La dolorosa atrocidad no termina aquí. Desde hace años, miles de familias han tenido que arreglárselas por su cuenta para llevar a cabo la búsqueda de sus familiares. La furia, el coraje y la esperanza han llevado a miles de madres, padres, hermanos y amigos a aprender a buscar, a mapear, a trazar y cavar.
En muchos casos, son estos grupos de colectivos, que han tenido que enseñarles a las autoridades a investigar en zonas de riesgo, y en áreas complejas. Como si esto fuera poco, los colectivos de madres buscadoras han tenido que sortear amenazas y poner su vida en riesgo. En los últimos años, de acuerdo con reportes de la Fundación para la Justicia, entre 2010 y 2015, fueron asesinadas 22 mujeres buscadoras, de las cuales se estima que aproximadamente 15 de ellas eran madres que buscaban a sus hijos. Por su parte, Amnistía Internacional registró que desde el 2011, 35 personas buscadoras han sido asesinadas -21 mujeres y 14 hombres-, siendo Guanajuato el estado con mayor número de muertes, seguido de Jalisco y Sinaloa. Una madre buscadora más se suma a esta trágica lista, Martha Patricia Negrete, atacada a balazos Pénjamo, Guanajuato.
La presencia de los colectivos de madres buscadoras en la Ciudad de México en espacios públicos en medio de la celebración del mundial necesita más que nunca nuestra atención, solidaridad y apoyo. Su dolor, desesperación y disputa por llamar no solo la atención de las instituciones del Estado, sino para exigir acción es un derecho implícito, que no puede ni debe minimizarse y mucho menos ignorarse. La respuesta por parte de las instituciones de gobierno estas últimas semanas ha sido verdaderamente insensible y desafortunada. En un primer momento, insinuando que la movilización de los colectivos no tenía un fundamento legítimo, y que estaba auspiciado por otros intereses, y en un segundo momento, convirtiendo a los colectivos de búsqueda y en específico a las madres buscadoras en adversarias políticas. Esto sumado a una exigencia amplia de colectivos de buscadoras que lamentan que la atención de las mesas de diálogo sostenidas por la Secretaría de Gobernación ha sido insuficiente y no ha dado en muchos casos los resultados esperados.
Como si esto fuera poco, la atención de presidencia se enfocó en el “Pato Merlín” que fue recibido en la mañanera por la presidencia y llegó hasta las oficinas de la Secretaría de Economía en un abrir y cerrar de ojos. Sí, esta es la realidad, a la cual no podemos ni debemos darle la espalda. No debemos olvidar que todo sentido de urgencia determina la acción política, de ahí que la indignación sea el motor de la movilización social en todas sus formas. Reconocer la magnitud de la desaparición no es un gesto político; es un deber ético, moral y jurídico. La memoria de quienes faltan y la dignidad de quienes los buscan exigen mucho más que discursos y apariencias, exigen un Estado que deje de administrar la ausencia y empiece, por fin, a combatirla, pero como ciudadanos también nos toca apoyar, presionar y contribuir a que esto ocurra.

